Por Óscar Guillermo GarretónLo que está en juego

Desde hace años la política comenzó a inclinarse hacia los extremos y el desacuerdo. El viraje a una izquierda anticoncertacionista desde Bachelet II no es ajeno al nacimiento de una derecha conservadora con su mote “derechita cobarde”. Todos descubrieron que para ganar elecciones debían situarse en extremos. Así pasaron a segunda vuelta Kast y Jara, dejando en la vera a Tohá y Matthei.
Esta evolución determina que para ganar, la clave no es tener propuestas viables sino extremas y tener simultáneamente como objetivo el fracaso de quien este gobernando. Ha sido la historia de la alternancia tóxica que vivimos hace ya varios períodos presidenciales. El problema es que ya triunfantes, para gobernar bien en un país cuyos perdedores existen y tienen poder, deben concordar con la oposición; única manera de aprobar propuestas que implican cambios profundos y por ende legales, que sean estables en el tiempo.
Ganar una votación con uno o dos votos díscolos no convence a nadie. Aunque ofrecieran impuesto cero, ¿quién va a hacer una gran inversión cuyos frutos comienzan a fluir luego de 5 o 10 años, si se corre el riesgo de que poco después, nuevamente por uno o dos votos díscolos, todo vuelve atrás o a algo peor?
Solo una democracia con una cultura dominante de acuerdos hace a estos creíbles y duraderos. La ausencia de ellos lleva al fracaso de todo el espectro político, sea como gobernante o como opositor. Y, así las cosas, una ciudadanía hastiada de fracasos de derecha e izquierda, comienza a tentarse con mesianismos populistas que se venden como no integrantes de esa política tradicional estéril, salvo para los que usufructúan de ella.
Lo digo pensando en el Plan de Reconstrucción. Su medida central, la que marcará su éxito o fracaso, es la baja de la tasa tributaria de primera categoría de 27% a 23%. Por lo dicho, no sirve a nadie si se adopta por uno o dos votos y menos si busca disminuirse gradualmente, arriesgando rediscusiones a poco andar.
Economistas influyentes de gobierno y oposición coinciden que la rebaja es una buena medida. Sin embargo, varios de oposición, como Manuel Marfan y Mario Marcel, pero también cercanos al gobierno, piden que haya compensaciones para no agravar la crisis fiscal que con razón a todos preocupa. Lo que piden no altera lo principal y ayuda en un déficit fiscal que también preocupa al ministro. Hay compensaciones posibles y razonables que mejoran la recaudación tributaria, así como recortes fiscales posibles de concordar en entidades de mal desempeño listadas desde tiempos de Marcel. Sería el éxito de todos.
Que no logren concordar en una ley aquello en lo que todos concuerdan, es incomprensible. No es una norma tributaria la que está en juego. Es la verdad sobre la capacidad de los protagonistas de la política para dar gobierno sólido a Chile.
Por Óscar Guillermo Garretón, economista
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE

















