Por Claudio Pizarro Más humanidades y más ingeniería

Cinco años atrás escribí una columna donde sostenía que la confianza crea valor y que su ausencia lo destruye. El tiempo no ha hecho más que ratificar esa premisa: la confianza es una capacidad profundamente humana, basada en la facultad de establecer conexiones legítimas entre personas. Y con confianza se logran mejores resultados.
El debate público sobre el rol de las humanidades surge nuevamente con fuerza tras la decisión del gobierno de priorizar ciencias exactas y tecnología en Fondecyt de postdoctorado y Becas Chile. Desde la perspectiva de la empresa, la pregunta relevante no es solo qué financia el Estado, sino qué competencias se requieren para crecer y lograr mejores resultados. Cuando Chile invierte en I+D menos del 0,5% del PIB —frente al 2,5% promedio de la OCDE y sobre el 4% en países como Corea del Sur e Israel—, la brecha de productividad se concentra en la incapacidad de la empresa privada para conectar de manera estratégica con el conocimiento, y por lo tanto, para competir con opciones en la cancha del valor agregado.
Al mismo tiempo, Lucía Santa Cruz advierte días atrás sobre la “sobrevaloración de la ciencia y la técnica”. Como ingeniero y profesor de una facultad de ingeniería, con casi 35 años de experiencia, suscribo plenamente sus palabras. Los desafíos corporativos son técnicos y económicos, pero su resolución es esencialmente humana, ya que el proceso de deliberación es humano. Cabe recordar a Kahneman, quien demostró que la racionalidad económica y técnica es compleja y acotada; a su vez, la neurociencia nos enseña que la emoción es previa y guía a la razón, actuando como un filtro que da confianza, antes de que la corteza prefrontal justifique cualquier decisión.
Sin duda, las empresas necesitan más ingeniería, investigación y desarrollo, además de innovación. Sin embargo, en un entorno de creciente complejidad, la toma de decisiones no puede sino incorporar frameworks de las humanidades. Sin confianza —con trabajadores, clientes, reguladores y proveedores, competidores— ningún modelo de negocios es sostenible. Negociar contratos, implementar soluciones complejas de ingeniería, diseñar esquemas de compensación o retener talento crítico no solo requiere entender a la persona que está al frente, sino al conjunto de ellas.
En este contexto, ¿cuál es la presencia o espacio que tienen las humanidades y las ciencias sociales en los directorios, gerencias generales y gerencias de primera línea? ¿Cuánto tiempo destinamos a la literatura para estimular la convivencia en la empresa? La evidencia sugiere que muy poco. Avanzar en competitividad exige más desarrollo técnico, para lo cual es clave la conexión entre las empresas y los centros de investigación de alto nivel; pero sobre todo, requiere formación humanista, aquella que permite descifrar la complejidad humana sobre la cual se construye el valor que es sostenible en el tiempo.
En definitiva, se trata de más humanidades y más ingeniería. No se puede sacrificar una a costa de la otra. Ese es un juego de suma cero, siendo que necesitamos un juego virtuoso, donde ambas partes ganen. Bien nos haría leer El extranjero o Novela de ajedrez para comprender a las nuevas generaciones del siglo XXI —como clientes, ciudadanos y trabajadores— en un mundo que idolatra la ciencia y la tecnología, pero que depende de nuestra condición humana.
*El autor de la columna es profesor adjunto de ingeniería industrial en la Universidad de Chile y managing partner en CIS Consultores.
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