Mepco: estabilizar sin negar la realidad del mercado
El histórico aumento de los precios de los combustibles ha reabierto el debate sobre el rol del Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco). Desde una perspectiva económica y de política pública, la evidencia apunta a que mantener el Mepco sigue siendo una decisión razonable. No obstante, el instrumento requiere ajustes que mejoren su eficiencia, transparencia y sostenibilidad fiscal.
El precio de los combustibles se transmite a múltiples sectores productivos, generando presiones inflacionarias y afectando las expectativas económicas. En este sentido, el Mepco actúa como un amortiguador que suaviza la velocidad del traspaso de los shocks externos hacia los precios internos.
Desde el punto de vista macroeconómico, esta función es particularmente relevante. El Banco Central ha advertido que el aumento del precio del petróleo elevará la inflación durante 2026, acercándola al 4%. En ese escenario, permitir que los precios internos de los combustibles se ajusten de manera inmediata y completa podría amplificar el impacto inflacionario en el corto plazo. El Mepco, al distribuir el ajuste en el tiempo, contribuye a evitar que estos shocks se transformen en presiones inflacionarias persistentes.
El Mepco permite una transición más gradual frente a shocks internacionales. No elimina la señal de precios —los consumidores finalmente pagan el aumento—, pero reduce la velocidad del ajuste. En términos de política pública, esto es coherente con la idea de suavizar los ciclos sin distorsionar permanentemente el funcionamiento del mercado.
Sin embargo, reconocer la utilidad del mecanismo no significa ignorar sus limitaciones. El Mepco tiene costos fiscales relevantes y, en determinadas circunstancias, puede generar incentivos poco eficientes.
Un primer ajuste posible es reforzar la regla de acumulación y uso de los recursos del fondo asociado al mecanismo. En periodos de precios internacionales bajos, el sistema debería permitir una acumulación más sistemática de reservas que luego puedan utilizarse en episodios de alzas abruptas. Esto contribuiría a reducir la presión fiscal en momentos de crisis energética.
Un segundo cambio recomendable es mejorar la transparencia del mecanismo. Publicar de forma periódica estimaciones claras sobre el costo fiscal, el nivel de subsidio implícito y la trayectoria esperada de los precios ayudaría a fortalecer la legitimidad del instrumento.
Un tercer ajuste se relaciona con la velocidad de convergencia de los precios. Actualmente, el Mepco suaviza las variaciones en ambas direcciones: cuando los precios internacionales suben, el ajuste interno se modera; cuando bajan, también se distribuye en el tiempo. Una alternativa sería permitir una mayor rapidez en la transmisión de las caídas de precios, manteniendo la moderación en los periodos de alzas.
Finalmente, el debate sobre el Mepco debería integrarse en una discusión más amplia sobre la transición energética y la movilidad. A largo plazo, la dependencia de los combustibles fósiles seguirá exponiendo a Chile a shocks externos.
Mientras esa transición se consolida, eliminar el Mepco sería una decisión imprudente. El mecanismo cumple una función de estabilización que resulta particularmente valiosa en un entorno internacional volátil.
Por Vera Voitova, académica FEN UNAB
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