No conozco la respuesta

01 Abril 2020 Gente con mascarillas por precaucion de Coronavirus, espera para tramitar su seguro de cesantia en la AFC de calle Miraflores. Foto : Andres Perez



Que la recesión será hija de las cuarentenas, y de los miedos a la pandemia, ya nadie lo discute. Y la terrible decisión entre cuarentena y economía es hoy una discusión abierta. Hay quienes afirman que una vida tiene un “valor social” infinito, que la economía es algo secundario, y hay quienes no están tan de acuerdo.

Afirmar que una vida tiene valor medible, y no infinito, puede aparecer muy chocante. Pero, como decía Galileo Galilei, “mide lo que sea medible, y haz medible lo que no lo sea”. La gente del mundo de las finanzas ha calculado el valor económico de una vida. Se mide tomando en cuenta la calidad de vida, el tiempo de vida restante, y su potencial de ingresos. Se denomina “valor estadístico de la vida” (VSL, por sus siglas en inglés). Y la OCDE recomienda un valor entre US$ 1,5 y 4,5 millones. Teniendo las tablas adecuadas, uno puede calcular el valor de su propia vida. A muchos les parecerá escandaloso, pero, como decía Marco Antonio en el funeral de Julio César: “No estoy aquí para rebatir a Bruto, porque Bruto es un hombre honorable. Estoy aquí, para decir lo que sé...”.

Antes, la muerte era algo natural. Veíamos pasar caravanas de deudos detrás de un furgón funerario, y nos molestaba su obstrucción. Íbamos a misas de difuntos, esperando que no fueran muy largas. Hoy, por la globalización, los medios y las redes sociales, parece que todos los muertos por el virus fueran de personas cercanas: los contamos día a día, entrevistamos a sus deudos. Detalles que antes no eran noticia ahora lo son.

Pero volvamos a la gran pregunta: ¿cuál es el “valor social” de una vida (o de una muerte)? Antes de la pandemia, no era muy alto: hasta la OCDE nos dice cómo valorarla. Hoy, además, hay una dicotomía entre el “valor social” de una muerte por el virus, y otra por causas de otro tipo, como accidentes de autos o paros cardíacos. Y, fríamente hablando, el “valor social” de una vida no debiera depender de sus orígenes: no es justo discriminar a quienes mueren de causas naturales, poniéndolos en un escalón de importancia menor.

Uno antes salía a caminar al barrio, y la probabilidad subjetiva de morir atropellado era casi nula. Hoy, salir a la calle lleva implícita una probabilidad de morir significativa. Y, por eso, hay clamores por cuarentenas totales. Y muchos países así lo han hecho. Pero, estos clamores están mutando, desde el miedo al virus, al miedo a quedarse sin ingresos. Y ha comenzado con fuerza el miedo a la pobreza. Y la rabia contra la indisciplina. Ésta debe ser la primera gran recesión gatillada por ese miedo atávico que produce una pandemia, comunicada online/real time, que se conozca.

Poca cuarentena asusta. Mucha cuarentena también. Y es difícil de controlar, sobre todo en Chile, donde la disciplina social no es nuestro mejor activo. Somos descendientes de españoles que, como dice un historiador, llevan consigo un artículo constitucional según el cual “hago lo que se me da la gana”.

Pero, volviendo al dilema, ¿cuántos cesantes estamos dispuestos a cambiar por una cuarentena más extensa, más larga y más estricta? ¿Cuánta cuarentena, a costa de cuanta recesión? Yo no presumo como la OCDE de tener la respuesta. Y no me atrevería siquiera a insinuarla. Y parece que nadie se atreve todavía.

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