¿Un nuevo terremoto silencioso?

Hace medio siglo Chile se vio sumido en lo que por entonces fue calificado por autoridades y la prensa como un "terremoto silencioso". Esto, en referencia a la gran sequía que se extendió entre 1967 y 1970 pero que tuvo en 1968 su año más crítico. Ese año la zona central alcanzó déficits de lluvia en torno al 80%. Hoy tenemos cifras similares, lo que se ha visto agravado por una sequía prolongada que está llevando a la zona central de Chile a un estado semiárido.
Tradicionalmente, al menos en los últimos 50 años, el Estado ha jugado un papel importante en el manejo de las sequías. Lo ha hecho apelando a soluciones de carácter institucional y técnicas primordialmente, dejando de lado muchas veces las variables socio-culturales. Un buen ejemplo de lo anterior es lo que ocurrió a propósito de la gran sequía de fines de los años 60 e inicios de los 70, cuando se creó, provisionalmente, la Comisión Nacional de la Sequía y se fortalecieron, aunque muchas veces de manera pasajera, las atribuciones de ministerios y reparticiones a las que se les encomendó desarrollar políticas y acciones en lo que se calificó entonces como el "combate" o la "lucha" contra la sequía. La ciencia y la tecnología también tuvieron su espacio en medio de la crisis, de la mano de instituciones estatales. Esto se manifestó a través de iniciativas como la construcción de embalses y pozos profundos, programas de lluvias artificiales e iniciativas de desalinización de agua. Pero a pesar de que la ciudadanía fue movilizada como nunca antes bajo los gobiernos de Frei Montalva y Allende, fue apartada de su relación con la naturaleza. La lucha contra la sequía, en materia ciudadana, se restringió a campañas estatales que solicitaron apego a las políticas de ahorro y racionamiento de agua potable y electricidad.
Sequías posteriores como la de fines de los 90 o la mega sequía que nos afecta hoy día nos deben hacer meditar sobre las limitantes de este tipo de estrategias restringidas a lo institucional y lo técnico. La escasez hídrica del Chile central, antes un tipo anomalía frecuentemente circunscrita a breves lapsos de tiempo, parece tener expresiones más prolongadas o puede agravarse incluso, si es que el espacio donde habita la mayor cantidad de la población chilena termina convirtiéndose en una zona definitivamente árida.
Si la baja de precipitaciones o la reserva de agua en los glaciares no estuviese acompañada de un aumento histórico exponencial en la demanda por este importante recurso, no estaríamos en una situación de crisis. Pero a diferencia de 1968, tenemos el doble de población, una superficie de explotación agrícola-ganadera muy superior a la de esos años y una elevada presión desde la minería por contar con esos recursos.
Todo lo anterior explica que se esté reflotando, bajo un nuevo nombre, el estudio de iniciativas como la del Sistema Río de la Unidad de los años de Allende, que pretendía tomar aguas desde el Sur del país para llevarlas al Norte árido. Pero lo técnico no parece ser suficiente. Las respuestas a los desafíos de escasez hídrica deben considerar estudios y acciones integradas. No avanzaremos lo suficiente llenando el país de embalses o tuberías que preserven o movilicen el agua hacia donde más se necesite, si es que la demanda por el agua aumenta por sobre las necesidades proyectadas, que es lo que ha ocurrido históricamente. Junto con el desarrollo científico-tecnológico en torno a la disponibilidad y eficiencia en el uso del agua, la historia nos dice que debemos pensar primero cómo lidiar con la escasez, factor relacionado, pero independiente de las precipitaciones y la realidad hidrológica del país. Debemos diseñar estratégicamente el desarrollo del agro y la minería chilena juntando al Estado y los privados, de modo de garantizar la sustentabilidad; a esto se agrega la necesidad de pensar qué nuevas actitudes, propias del ámbito socio-cultural, debemos asumir e impulsar para poder adaptarnos a una nueva realidad como la que estamos viviendo. Para todo esto se requiere una institucionalidad del agua mucho más integrada, a diferencia de lo que ocurre hoy, mayor desarrollo científico-tecnológico en torno al agua, fortalecimiento del vínculo entre el Estado y el mundo privado, pero por sobre todo la consideración y estudio de factores socio-culturales relacionados al consumo y valoración del agua. El problema del agua no es sólo técnico; cada vez es más social y cultural, lo que obliga a pensar muy bien el presente y el futuro para que el próximo "terremoto silencioso" no socave los cimientos de nuestra sociedad a partir de formas de conflicto que puedan llevarnos a situaciones lamentables.
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