El año de las mujeres: la ola y el hastío

La llamada “ola feminista” de 2018 puede ser interpretada como una posta generacional de un agotamiento centenario y como el levantamiento contra la opresión cotidiana, pero no como un suceso pasajero que luego de golpear las rocas, se resigna a la retirada. Lo que está ocurriendo es la respuesta colectiva al cansancio privado como modo de vida, al abuso impune; es el alarido que avisa que en adelante nada será como solía ser.


Katherine Switzer pasó a la historia por una secuencia de fotos. Imágenes simples, a primera vista, en donde ella aparece corriendo en el Maratón de Boston de 1967. Era un día frío -llevaba un suéter grueso- y en las fotos se la ve rodeada de hombres. En cada imagen de la serie ella aparece sobreponiéndose al boicot de los competidores masculinos que la tironean y empujan. Hasta que Switzer se inscribió en el maratón, la idea general, aquello que todos aceptaban como un hecho, era que las mujeres no podían correr esas distancias sin arriesgar un daño físico tremendo -se les podía “caer” el útero, decían- o el fracaso innecesario. El maratón era un asunto de hombres. Eso le habían advertido a Switzer, pero ella no hizo caso y perseveró. La imagen de la corredora avanzando, a pesar de las zancadillas, capturó la manera en que una idea arbitraria, pero generalizada -las mujeres no pueden correr distancias largas- se transformaba en una norma -las mujeres no deben correr- y tomaba cuerpo en un hombre que le impide seguir el paso y le grita que se vaya, que ese no es su lugar. Años después- la propia Sweitzer relató el episodio en una entrevista en la que dijo que durante la carrera debió esforzarse por controlar la rabia que le provocaron los ataques que sufrió mientras corría. Si la rabia se apoderaba de ella, su cuerpo no resistiría y no podría terminar el trayecto.

Recordé ese detalle -la rabia, el agotamiento- de las declaraciones de Sweitzer cuando vi hace unas semanas el monólogo Nanette, de la comediante australiana Hannah Gadsby. En un momento del espectáculo, Gadsby bromea sobre las exigencias de pertenencia y de reconocimiento identitario que usualmente le exigen como mujer, feminista, lesbiana y figura pública. La comediante cuenta en el monólogo que después de pensarlo mucho, concluyó que lo que más la identifica es un estado mental y físico: el cansancio. Gadsby resume en su rutina una vida constante de dificultades, de violencia de baja y alta intensidad, de obstáculos y desafíos. Relata lo que debió enfrentar como niña pobre de una provincia conservadora de Australia, esquivando la ignorancia ajena y buscando los trucos para sobrevivir haciendo comedia de su propia desgracia. Una vida escuchando el coro persistente que la alertaba sobre los límites a los que debía ceñirse y la aconsejaban en el delicado arte del cultivo del miedo. Si algo podía describir su existencia en una palabra era un adjetivo: “Cansada”. Como en el caso de Switzer, otra vez las ideas, las creencias, que pasan a ser normas y luego controles, acaban en un síntoma físico que se apodera del cuerpo, la última frontera de la libertad. Ambas mujeres con medio siglo de diferencia daban cuenta de una misma extenuante carrera.

El presente año ha sido el de la mujer y del feminismo como eje de los debates públicos. Lo que ha ocurrido en 2018 puede describirse con la figura de una ola que en Chile estalló en mayo, cuando las tomas universitarias y las marchas se hicieron masivas, pero también por las corrientes submarinas que la generaron. La convergencia de condiciones históricas, sociales, políticas y demográficas que impulsaron un movimiento que, a pesar de las burlas y el desdén, se impuso y obligó a cuestionar el orden de las relaciones y la disposición del poder en torno a un fenómeno: el abuso. Un tema omnipresente en los vínculos de género y las jerarquías sociales en Chile. Hasta hace pocas décadas la violencia contra la mujer era un asunto doméstico, privado, en donde ni siquiera el lenguaje podía inmiscuirse: matar a una mujer porque sí era un “crimen pasional”. Algo que sencillamente ocurría, un arrebato en una relación que no merecía mayor reparo, como tampoco las violaciones a niñas y adolescentes silenciadas por la costumbre. Actualmente sabemos, por ejemplo, que diariamente en Chile se cometen más de tres violaciones a niñas menores de 14 años. Ese es el punto de arranque en una carrera que continúa con los sesgos de enseñanza en el sistema, las dispares expectativas familiares y la impronta de las ambiciones apropiadas a su condición: las princesas no estudian, no desean, no alzan la voz, ni disienten; las señoritas se acicalan para el príncipe -solo para uno- y esperan un anillo que sellará su futuro y anunciará la reproducción como la cumbre vital, el momento en que la princesa se transforma en madre. Si el guion tarda en cumplirse o se altera, sobreviene el peligro y la sospecha del fracaso. Algo le faltó, algo no funcionó, algo falló y ese algo es responsabilidad de ella.

En enero de 2000, una instalación artística agitó el centro de Santiago. En un sitio eriazo, rodeado de muros, fue instalada una casa de vidrio. Allí debía vivir una actriz que, sin embargo, no pudo completar el proyecto. La razón para desertar fue el acoso que sufría cuando se duchaba. Cada mañana decenas de varones se arremolinaban a fisgonear y esperar que saliera para acosarla con gritos, manoseos y bromas picantes. El revuelo fue nacional. ¿Para qué se expone? ¿Para qué hacen eso? ¿De qué se queja si ella provoca? La actriz fue reemplazada por un varón y la alarma pública cesó. La intervención artística llamada Nautilus, la casa transparente fue montada hace casi 20 años, sin embargo, muchos de los discursos que desató persisten. La misma alarma que se disparó en esa oportunidad cundió en mayo, cuando un grupo de mujeres estudiantes decidió protestar por el acoso sexual y la discriminación de género en las universidades, marchando a torso desnudo. Ir descamisadas fue suficiente para que toda la atención se detuviera en sus cuerpos, en los límites que se traspasaban exhibiendo algo que solo pueden exhibir bajo determinadas condiciones, mucho más limitadas que las exigidas a los varones. Nuevamente el juicio, nuevamente las burlas, nuevamente el espanto. Detrás de cada argumento se podía escuchar el murmullo contradictorio: en el porno sí, en las calles no; dispuestas al deseo ajeno sí; reclamando por sus derechos no. En los meses posteriores, las máscaras comenzaron a caer en la medida en que las denuncias de acoso sexual y violencia en contra de la mujer en los más variados ámbitos hicieron evidente el nudo ciego entre los desequilibrios de poder, el cuerpo femenino como mercancía y el deseo masculino desatado como salvoconducto. También evidenciaron el tejido de complicidades que permiten el abuso. No había exageración, lo que había era hastío.

La llamada “ola feminista” de 2018 puede ser interpretada como una posta generacional de un agotamiento centenario y como el levantamiento contra la opresión cotidiana, pero no como un suceso pasajero que luego de golpear las rocas, se resigna a la retirada. Lo que está ocurriendo es la respuesta colectiva al cansancio privado como modo de vida, al abuso impune; es el alarido que avisa que en adelante nada será como solía ser.

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