Las tres Bachelet

¿Habrá una “cuarta Bachelet”? Ninguna negativa es concluyente. Todo depende, como en el 2013. Pero la inopinada erupción de precandidatos de la actual oposición -Ricardo Lagos Weber, José Antonio Gómez- sugiere una cierta alarma en la centroizquierda respecto de lo que por ahora es solo una sombra larga.


Santiago, Parque Forestal. Mayo del 2004. Departamento del senador por el Maule Jaime Gazmuri. Entre ocho y 10 asistentes. Solo una mujer: Michelle Bachelet. Implícito uno: los “barones” del PS toman examen a quien lleva la ventaja en las encuestas para decidir si el partido se embarca en la primera candidatura presidencial de una mujer de sus filas. Implícito dos: los “barones” auscultan si querrá competir con ella José Miguel Insulza, presente en la cena.

El presidente del partido, Gonzalo Martner, plantea la necesidad de una decisión unitaria. Para sorpresa de todos, Insulza declara su amable respaldo a Michelle Bachelet. Los presentes despliegan una panoplia de elogios. Cuando le llega el turno de hablar, Michelle Bachelet expone su visión: la sociedad chilena ha cambiado, ha surgido una nueva ciudadanía, los partidos ya no responden a las demandas de la modernidad. Y agrega, de manera súbita: “¡Mírense! Si se pudieran ver en un espejo, se darían cuenta de lo lejos que están de los ciudadanos”.

Este puede ser uno de los “momentos estelares” de la política chilena, siguiendo esa iluminada expresión con que Stefan Zweig designó a las pequeñas encrucijadas que cambian el curso de la historia, y el lector de Zweig hallará una cierta analogía simétrica en otro mayo, el de 1453, cuando un detalle inadvertido hace caer al masculino, invencible Imperio de Bizancio.

Carlos Ominami, uno de los relatores de aquella cena, anotó más tarde, en su libro Secretos de la Concertación: “En esta oportunidad nos tocaba relacionarnos con el lado B de la doctora: glacial y sin concesiones”. Varios de los asistentes recuerdan que pensaron en responder algo fuerte, pero nadie dijo nada. Ominami: “Los barones nos comportamos como desconcertadas señoritas”. El presidente Martner presenta su renuncia al día siguiente, que solo retira para no perjudicar las próximas elecciones internas, donde cae derrotado por Ricardo Núñez.

A decir verdad, aquella noche Michelle Bachelet solo le doblaba el brazo a su partido, marcado por una larga tradición varonil en la que descollaban, como solitarias excepciones, Graciela Contreras de Schnake, Carmen Lazo, Laura Allende y pocas más. Porque, como quiera que fuese, en las elecciones del 2005 la candidata principal sería una mujer. La precandidata de la DC, Soledad Alvear, no alcanzó a competir quizás porque no hizo lo mismo, porque no se impuso con esa rudeza avasalladora ante sus adversarios internos.

El reinado de Bachelet marcó un punto culminante en el ascenso de las mujeres en la política chilena. Como todos los fenómenos sociales de cierta profundidad, fue paulatino y progresivo, en modo alguno una revolución. Medido en los tiempos generacionales, tomó mucho tiempo y quizás significó la pérdida de grandes oportunidades. Pero medido en los tiempos intergeneracionales, en los de la historia, ha sido un proceso relativamente rápido, y más aún si se lo compara con otras formas de discriminación, como las raciales, religiosas o educacionales. Y no fue ni muy por delante ni muy por detrás del resto de América Latina.

En 1877, el Presidente liberal Aníbal Pinto, y sobre todo su ministro de Educación, Miguel Luis Amunátegui, dieron los primeros pasos alentando por decreto la admisión de mujeres en las universidades. El derecho a voto no estaba tan lejos, porque su sucesor, el más autoritario Presidente Domingo Santa María, dictó siete años después otro decreto prohibiendo la participación de mujeres en las elecciones. Las mujeres no eran entonces las únicas discriminadas: Santa María había sido elegido por un padrón con un total de 305 electores.

El siguiente paso pertenece al entonces coronel Carlos Ibáñez del Campo, que durante su gobierno de facto dictó en 1931 un decreto de ley autorizando el voto femenino, aunque solo para las elecciones municipales, lo que permitió que los alcaldes de 1935 ya fueran elegidos por hombres y mujeres, en un padrón todavía fuertemente desigual, esta vez debido a las condiciones de escolaridad.

Pedro Aguirre Cerda, el primer Presidente radical, murió peleando en el Congreso la interpretación de que la expresión “los chilenos” usada en la Constitución debía entenderse como inclusiva de hombres y mujeres, lo que era y sigue siendo lingüísticamente correcto. En ese caso, el derecho a voto sería universal. Pero la oposición conservadora negó ese camino, hasta que el último Presidente del ciclo radical, el anticomunista Gabriel González Videla, impuso en 1949 la interpretación adecuada y abrió el voto femenino en todas las elecciones. Además, designó a la primera ministra, Inés Enríquez, y a las primeras embajadoras, y creó la primera Oficina de la Mujer. Entre ese despacho y el Sernam pasaron 40 años.

El novato Partido Feminista apoyó con toda su fuerza el regreso de Carlos Ibáñez en 1952, y de ahí en más el voto de las mujeres favoreció decisivamente a la derecha y al centro, hasta el grado de que Ricardo Lagos estuvo a punto de perder lo que parecía un triunfo seguro solo por el descuido izquierdista del voto de las mujeres. El punto de quiebre solo vino a producirse el 2005, cuando Bachelet aventajó a sus adversarios en las dos rondas por unos 250 mil votos femeninos. Para el 2013, la derecha intentó recuperar ese hándicap en la primera elección con dos mujeres finalistas, pero su candidata, Evelyn Matthei, entró sin chances a un ruedo marcado por la debacle interna de su coalición.

Bachelet fue muy áspera en el “momento estelar” del 2005, pero ya no necesitó serlo en el 2013, cuando regresó ungida para su reelección. El entonces presidente de la DC, Ignacio Walker, ha escrito en su libro más reciente, La Nueva Mayoría, que la candidata impuso de hecho la creación de la nueva coalición, entregó a los partidos el programa sin discusión y estableció las prioridades con un equipo privado. La participación de los partidos fue reducida a cero desde el primer acto público: lo único relevante serían de ahí en más la conducción de la Presidenta, lo que Walker denomina “extrema personalización” del gobierno. ¿Cómo ocurrió este salto? Hay un cierto misterio, y si la psicología sirve poco en política, nunca es totalmente inútil.

En sus años fuera de Chile, muchos jefes socialistas desarrollaron (o aceptaron) la tesis, más izquierdizante, de que su primer gobierno había sido continuista, conservador y hasta “neoliberal”, opinión que la expresidenta parece haber hecho suya, cuando menos parcialmente, con algún dolor culposo. El regreso tenía que significar algo distinto, la liberación de esas rémoras del pasado y la aceptación de que su intuición sobre el cambio social podía traducirse, en clave crítica, como el “malestar” que venía diagnosticando el PNUD desde 1998… a lo largo de 15 años.

La que asumiría el 2014 sería, entonces, una “tercera Bachelet”, según la descripción de un socialista: primero, la doctora entusiasta y contemporizadora; después, la presidenta con solo algunas seguridades y muchas dudas; y luego la presidenta con pocas dudas y solo algunas inseguridades. Tener que entregarle el gobierno a la derecha en el primer gobierno tuvo que servir de agente acelerador para el segundo. Y volver a hacerlo en el segundo… bueno, puede explicar la idea (hasta ahora abstrusa) del “legado” y las conductas de los días venideros.

Y bien, ¿habrá una “cuarta Bachelet”? Ninguna negativa es concluyente. Todo depende, como en el 2013. Pero la inopinada erupción de precandidatos de la actual oposición -Ricardo Lagos Weber, José Antonio Gómez- sugiere una cierta alarma en la centroizquierda respecto de lo que por ahora es solo una sombra larga.

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