Los hijos impensados del estallido
El 18-0 hizo visible a una nueva generación de derecha cuyas críticas -a veces- deslenguadas al proceso constituyente los terminó poniendo en primera fila. Varios de ellos en marzo asumirán como ministros y parlamentarios. ¿Podrán ser mejores que la izquierda que por años criticaron?

Francisco Orrego tiene la certeza de que ese fue el momento en que cambió.
–Yo en la universidad me consideraba un tipo mucho más liberal –recuerda el diputado electo.
Sólo que, después, pasó el estallido.
–Ahí yo endurecí mi postura.
Ese octubre de 2019, Orrego era un abogado RN que acababa de cumplir 33 años. Vivía en Santa Isabel con Carmen, en el centro, y pedaleaba en su bicicleta para llegar a su trabajo en Providencia. Recuerda las piedras que le tiraban a la prefectura de Carabineros que tenía cerca, las salidas del “zorrillo”, las manifestaciones que observaba mirando por su ventana y todas las veces que tuvo que cerrarlas para detener el humo que subía de las lacrimógenas, antes de que entraran a la pieza de su hija.
Si la desigualdad había sido el llamado por el que la ciudadanía acudió transversalmente hacia las calles durante esos meses, registrando la marcha más masiva de la historia bajo el deseo de una sociedad más equitativa, fue la otra cara del 18-0, la del desorden, la violencia y el fuego, la que produciría la respuesta menos imaginable por esos días.
–Obviamente que había razones justificadas para exigir un mejor trato social –sostiene el psicólogo Gonzalo Rojas May–. Pero lo que ocurrió fue lo que pasa cuando una sociedad y sus sectores políticos, aparentemente razonables, callan y, por lo tanto, se vuelven cómplices frente a la quema de iglesias, del Metro y el intento de derrocar a un presidente democráticamente elegido. Fue un cisma psíquico para un grueso de la población.
Ese fue el punto de quiebre para Orrego:
–Te estaban destruyendo el país, y la derecha, esa derecha culposa, que anda pidiendo credenciales democráticas, que está todo el día pensando en qué le va a decir a la izquierda, no estaba defendiendo nuestra posición política. Y ahí es cuando nosotros decimos ‘no, váyanse un ratito a la cresta’.
No fue el único.
El arquitecto Iván Poduje, que antes había apoyado a Ricardo Lagos, salió a caminar por las zonas donde el estallido había ocasionado más daño. “Yo no lograba entender cómo esa destrucción de La Cisterna, de Puente Alto, El Bosque, Macul, La Granja, cómo eso puede tener una épica. Racionalmente creo tener una explicación: ellos nunca fueron ahí. Entonces el estallido tenía romanticismo desde la Plaza Italia para arriba. La división territorial del estallido fue muy segregadora” dijo a La Tercera en 2020.

Enrique Bassaletti era general de Carabineros y el jefe de la Zona Santiago Oriente. Todavía recuerda cuando, meses después, en marzo de 2020, el senador Jaime Quintana dijo que si el Presidente Piñera quería seguir gobernando debía “aceptar un parlamentarismo de facto”. Más tarde, el mismo Congreso doblaría la Constitución al promulgar un proyecto de ley que permitía un retiro de los fondos previsionales.
–Yo había hecho un juramento de defender con mi vida la Constitución. Y aquí se la estaban saltando.
La periodista Javiera Rodríguez entonces era una practicante en el matinal de Mega. En su equipo sabían que era hija de carabineros y que había sido parte del Movimiento Gremial de la UC y, por lo mismo, cuenta, trataba de no involucrarse cuando escuchaba gritos de “Renuncia Piñera” y se incomodaba en los momentos en que le preguntaban si condenaba la represión institucional.
–Yo les contestaba que a los carabineros me los bancaba a morir.

Después del Acuerdo por la Paz de noviembre de 2019, Mega, al igual que los otros canales, abrió espacios de debate para discutir sobre la posibilidad de cambiar la reformada Constitución de 1980.
–El productor me decía Javi, tú eres la única de derecha de producción de este matinal. Necesito que me traigas a gallos que defiendan la Constitución de Pinochet. Ese era su tono. Y era difícil, porque no había voces en la derecha que quisieran estar en los espacios de los matinales o las redes sociales. Los consideraban muy de segunda categoría. Así que empecé a invitar a los que conocía, los que habían sido mis compañeros en la universidad.
Esa fue la oportunidad para empezar a darle una salida visible a toda esa rabia que había estado acumulándose desde octubre y para ajustar ciertas cuentas.
–Nosotros no estamos marcados por el régimen militar, no tenemos nada que ver con esa época –dice Orrego–. Nos sentimos sumamente orgullosos de decir que somos de derecha y no hacemos política desde la culpa.
La fachósfera
Hay una generación sub 40 de derecha que vio en el estallido un nuevo capítulo de la batalla cultural que habían dado en la universidad, donde aprendieron a no tenerle miedo a ser minoría.
Javiera Rodríguez lo vio el 2018, cuando se opuso a la toma feminista de Casa Central.

–A los Jaime Bellolio, a los Guillermo Ramírez no les tocó una universidad tan de izquierda como a nosotros. Porque nosotros conocimos a los que querían asamblea constituyente y No+AFP en los patios. Entonces no teníamos miedo a que nos dijeran fachos, porque nos dijeron fachos toda la vida en la universidad.
Es como dice Francisco Orrego:
–A nosotros no nos sorprendió el estallido, porque en la universidad nos tocó enfrentarnos a una izquierda que la política nacional aún no conocía: esa izquierda extraparlamentaria, del autonomismo y del NAU, que se venía fraguando en las universidades. Nosotros vimos crecer a Giorgio Jackson, a Gabriel Boric. Nos tocó enfrentarlos en las aulas, en las elecciones de federaciones. Por eso somos tan duros en el debate con estos muchachos, porque sabíamos hacia dónde iban.
Ser sus adversarios, agrega, significaba aceptar los costos de estar en política en la era de las redes sociales, donde había funas, ridiculización y, a veces, amenazas. Ese pasado es el que explica que esa nueva derecha haya identificado en el FA el principal impulsor del proceso constitucional que comenzó luego de la victoria del Apruebo por 78,28 % en el plebiscito de entrada.
Sólo que en ese escenario, explican, tenían ciertas ventajas: no sólo el de no sentir complejos al momento de enfrentar a una mayoría, sino que también su uso de redes sociales y la formación que, por ejemplo, habían tenido en los talleres de Axel Kaiser en la Fundación Para el Progreso.
–El origen de esto sería mi libro La fatal ignorancia (2009) –dice el abogado y cientista político–. Ahí yo hacía el diagnóstico de que si no disputábamos con nuestras ideas los espacios de discurso público, la izquierda nos iba a pasar por encima, destruyendo el país y el sistema económico. Y eso fue lo que se intentó con la nueva Constitución, ¿no?
Kaiser consiguió mayor notoriedad con sus siguientes publicaciones y era un asistente recurrente a programas de debate y foros. Todo eso, asegura, atrajo más gente a sus clases en la FPP. Hasta ahí llegaron Francisco Orrego, Mara Sedini, Ricardo Neumann y Katerine Montealegre, entre otros, a leer sobre Friedman, Hayek y a escuchar exposiciones de economistas como Rolf Lüders y Klaus Schmidt-Hebbel.
Hubo otros institutos que hicieron ese trabajo también, como Res Pública donde estaba Juan Francisco Lagos, y formaron a Julio Isamit y Tomás Bengolea. Este último, de hecho, encabezó el proyecto Nuevas voces en Radio Agricultura: un programa político para dar a conocer a figuras menores de 35 años.
–En ese minuto culturalmente éramos más bien minoritarios, pero sabíamos que la discusión pública da muchas vueltas y que las batallas en política son de largo plazo –explica Bengolea–.
La más grande, de todas formas, no estaba en las radios, sino que en los teléfonos, pensaba Kaiser:
–Yo tengo casi un millón de seguidores sumando mis distintas redes. No creo que haya otro intelectual que tenga ese impacto digital en Chile. ¿Por qué? Porque está mal visto en ese mundo estar en redes ahí. Sobre todo en la derecha, donde se quedan cómodos en sus salones universitarios, yendo a los programas de siempre. Si como FPP tuvimos más impacto en los jóvenes que cualquier otro centro de estudios fue por eso: porque las redes sociales fueron decisivas.
La mezcla de formación teórica, conocimiento digital y una postura capitalista sin complejos fue especialmente útil durante los meses de la Convención Constitucional, donde se multiplicó la creación de contenido político para redes.
A la misma Javiera Rodríguez la llamaron de El Líbero para hacer un programa para YouTube llamado Box Pópuli. Ahí conoció a Mara Sedini: una actriz y cantante que también vio en el estallido un punto de inflexión en su trayectoria profesional hacia la política. Cada uno de esos capítulos fue visto por 200 mil personas.
Es como comprobó el hermano de Kaiser, Johannes, quien entonces era un youtuber libertario con una audiencia que sólo crecía.
“Empezamos a hacer videos, porque no había resistencia, no había contradiscurso –dijo a La Tercera en 2025–. Nosotros no teníamos la calle, pero teníamos las redes. Ahí nos articulamos”.
Francisco Orrego admite que incluso le tenían un nombre a ese ecosistema que nacía.
–Lo bautizamos como ‘la fachósfera’.
Animales sueltos
Mientras la derecha tradicional era arrasada electoralmente, sobre todo en las votaciones que eligieron a quienes redactarían el borrador de la nueva Constitución, hubo otra que se multiplicaba y tomaba forma en perfiles de Instagram, mensajes en X y videos viralizados por TikTok.
–Ahí la izquierda nos hizo un gran favor –sostiene Axel Kaiser–: se mostraron tal cual eran.
En ese proceso los convencionales, especialmente los independientes, cometieron sus propios errores, realizando discursos y mostrando conductas que terminaron distanciándola del sentir de una ciudadanía que había comenzado apoyándolos mayoritariamente.
–Hubo mucha cancelación –recuerda la convencional UDI Constanza Hube–. Nos cortaban el micrófono cuando no les gustaba lo que estábamos diciendo y nos hicieron trampa 800 veces, porque, además, tenían la mayoría para hacer cambios a los propios reglamentos y saltarse las reglas: las mismas que ellos habían dado.
Poco a poco el país que apenas había elegido a 37 convencionales de derecha dentro de un universo de 155 posibles, y que le había dado la victoria presidencial a Gabriel Boric sobre José Antonio Kast por una aplastante diferencia de casi 12 puntos en la segunda vuelta de 2021, empezaba a empujar el péndulo hacia la dirección contraria.
El programa de debate político Sin Filtro, que partió en enero de 2021 y podía verse por YouTube, intentó conectar con ese sentimiento. Su apuesta, como dice Gonzalo Feito, quien conducía el espacio, era que los panelistas pudiesen decirse las cosas “sin miedo, sin complejos”.
–Básicamente, era instalar el tema de conversación, que era el proceso constituyente, con las posturas del Apruebo y el Rechazo. Partimos con tres panelistas por lado y después nos dimos cuenta de que había personajes que estaban buenos, que estaban funcionando bien en las redes sociales y los llevamos al programa –recuerda Feito–.

Esa fórmula popularizó a nombres como Gabriel Alemparte, Iván Poduje, Magdalena Merbilháa y, también, a Orrego y Sedini.
Pronto se volvió un tema de conversación obligatorio y un espacio ineludible para cualquier político, sobre todo de derecha, que quisiese conseguir visibilidad.
–¿Por qué crees que Sin Filtro funcionó tan bien? –reflexiona Orrego–. Porque pescó el contenido político que estaba en el piso 14, donde se juntan los intelectuales, y lo bajó al piso uno, donde estaba la persona común y corriente que quería un programa de debate que pudiera mirar por dos horas sin quedarse dormido, con panelistas directos, sin pelos en la lengua: una política de animales sueltos, compadre.
En esos meses ya se hacían evidentes los primeros síntomas del cansancio de la ciudadanía con el proceso que había comenzado con el estallido. No sólo eso: grupos de centroizquierda, como Amarillos, tomaron la decisión de salir a apoyar el Rechazo, situándose en la vereda opuesta a la que había tomado el resto de la izquierda.
El resultado del plebiscito de 2022, donde el Rechazo a la Constitución de la Convención ganó con el 61,89%, sólo parecía confirmar la importancia de esa decisión.
–Antes estábamos acostumbrados a una izquierda mucho más apasionada y una derecha muy tradicional. Entonces surgen estas figuras, que son más confrontacionales, pero también un poco la representación del sentimiento de las personas en sus casas –asegura la analista de Criteria, Tatiana Klima, antes de cerrar con otra idea: “Después de ver tantos meses la violencia en las calles, de todo lo que pasó en el proceso constituyente y las personas que ahí fueron electas, claramente lo que pasó es que cambió el sentido común”.
En Criteria tienen evidencia empírica para argumentar eso.
El 37% de una muestra de octubre de 2025 declaró sentirse más cercano a la derecha. En 2020 era solo el 18%. El mismo estudio muestra que en octubre pasado, un 63% de los encuestados cree que el estallido social fue negativo para el país. Muy distinto del 67% que en 2020 opinaba lo contrario: que había sido algo positivo.
El péndulo terminó cambiando votos y llevando nueva gente al poder. En la primera presidencial después del retorno del voto obligatorio, José Antonio Kast derrotó en la segunda vuelta a la candidata comunista, Jeannette Jara, por más de 16 puntos de diferencia. El republicano, que tiene de vicepresidente de su partido a Bengolea, puso a Sedini y a Poduje en su gabinete, mientras Rodríguez, Orrego, Hube y Bassaletti llegaron a un Congreso donde, ahora, la derecha es mayoría.
Finalmente, la contraola del estallido terminó beneficiando a quienes fueron los opositores más estridentes del 18-0 y de la izquierda que creció electoralmente en las votaciones siguientes. Desde marzo asumirán sus nuevos cargos y, sólo entonces, comenzarán a rendir el examen que terminará por definirlos: ser mejores que quienes criticaron durante todos estos años.

Pero eso, dice Orrego, no le preocupa, porque el problema está antes.
–Para mí las universidades siguen siendo centros de formación de la izquierda. Para mí la disputa está ahí: tenemos que ir a las facultades, donde te agarran a puteadas, y pararnos a defender nuestras ideas. Tenemos que ser como Charlie Kirk.
A pesar de los años, los vuelcos en la opinión pública y los triunfos electorales, Francisco Orrego sigue peleando esa guerra universitaria.
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