Juan Andrés Fontaine: “En este momento estamos atravesando un campo minado”

El exministro hace un balance de los últimos 10 años de la economía chilena y asegura que el futuro económico del país se jugará en los próximos dos años, dados los riesgos asociados a los resultados de la Convención Constituyente y el inevitable ajuste macroeconómico que debe hacer el próximo gobierno. “Tarde o temprano exige pisar el freno con mucha energía”, advierte. También cuestiona el programa de gobierno de Gabriel Boric y afirma que es una “batería antiempleo”.




Juan Andrés Fontaine asegura que cada cana que hoy luce orgullosamente cuenta a la hora de mirar la historia reciente de la economía chilena. Desde su nuevo centro de operaciones en las cercanías de la costa y alejado del ruido de la capital, este economista y exministro de Sebastián Piñera hace un balance de los últimos 10 años de la economía chilena y lanza sus expectativas sobre lo que nos depara la próxima década.

En su tradicional tono pausado y reflexivo, expresa sus dudas sobre si el estallido social y sus efectos colaterales se transformarán en el “obituario” del modelo neoliberal que ha tenido Chile en los últimos 30 años y asegura que los próximos dos años serán claves para el futuro de la economía chilena.

¿Cuál es su balance del Chile de los últimos 10 años en materia económica?

El resultado de los últimos 10 años es decepcionante en materia de crecimiento económico, especialmente en los últimos 5 años, cuando esta economía dejó de crecer en términos per cápita, lo que es muy frustrante si se trata de un modelo que lo que promete es generar crecimiento.

En conjunto con eso ha habido dos temas positivos: se ha logrado mantener la estabilidad macroeconómica, pese a situaciones complejas durante los últimos años, y ha habido un leve progreso en materia de desigualdad, situación que no había ocurrido en esa magnitud en décadas previas.

¿Qué gatilló entonces el estallido social de 2019? El filósofo francés Guy Sorman asegura que el estallido social en Chile fue de la clase media y no de las clases populares, al igual que lo que sucedió en Francia con los llamados “chalecos amarillos”.

Tiene razón esa visión de que el fenómeno en Chile estuvo bien asociado a las clases medias. Entre las causas del estallido está el estancamiento del progreso económico. Este es un modelo económico que exige un rigor técnico, sacrificios y aceptar cosas que a veces son contraintuitivas como -por ejemplo- que subir el salario mínimo exageradamente sea problemático para la economía, en circunstancias que la gente podría suponer que eso es positivo.

Todo ese rigor asociado al manejo de la economía en el contexto de este modelo se hace mucho más digerible, más tolerable, si viene acompañado de crecimiento económico fuerte.

Tuvimos un crecimiento económico fuerte desde mediados de los 80 hasta 10 años atrás aproximadamente, en un contexto en que la desigualdad mejoró levemente, lo cual ya es una gracia, porque eso significa que todos los sectores de la sociedad a grandes rasgos estaban mejorando sus ingresos más o menos a un ritmo parecido. Por eso es que la distribución del ingreso no cambiaba mucho.

Pese a que había una desigualdad alta, incluso superior a la de la década del 60, teníamos la ventaja que íbamos mejorando todos al mismo ritmo, me refiero a la segunda mitad de la década de los 80 o a los 90.

Cuando se tranca esa máquina empieza a ser mucho más acuciante la desigualdad. En un contexto de una economía que no crece o de ingresos que no suben, se hace difícil de tolerar. Es el estancamiento lo que hace a la desigualdad difícil de tolerar.

¿Hay otras razones del descontento?

La segunda familia de problemas tiene que ver con la incapacidad de los gobiernos y del Estado de hacerse cargo de los problemas, de reformas defectuosas, de expectativas tronchadas y demandas insatisfechas. Por ejemplo, el Transantiago generó una enorme frustración en su momento. También el costo de la educación superior: la forma de financiamiento con el CAE derivó en un crecimiento muy rápido del costo de las matrículas y mensualidades, con la acumulación de deudas exageradas en carreras que no siempre eran las más rentables.

Asimismo, los problemas no resueltos en el sector salud, como las listas de espera; el tema previsional, que viene siendo discutido hace más de 15 años sobre la necesidad de hacerle ajustes y, más recientemente, el tema de la migración.

Hemos ido acumulando problemas que no se resuelven. Ha habido una falla del sistema político.

En el marco del estallido social, el economista italiano Luigi Zingales intentó explicar la crisis de expectativas de la sociedad chilena y aseguró que “si trabajas duro en Chile se supone que deberías tener éxito. Pero no es así, y eso frustra”. ¿Hay un dardo fuerte a la promesa del modelo y la sociedad liberal de que la meritocracia es la forma de ascenso social?

Sin duda hay algo de eso. Pero también hay aspectos especialmente dañinos en el trato. Más allá de que alguien pueda obtener mejoras en su nivel de vida o a través de su propio mérito, resiente que no hay un trato adecuado o digno y, particularmente, una distribución adecuada de los servicios que presta el Estado, en la distribución de áreas verdes o de servicios públicos de calidad en regiones, por ejemplo. Hay distintos temas de esa naturaleza que provocan ese resentimiento.

Sin embargo, hay estudios que no se condicen con esa apreciación. La Ocde muestra a Chile como un país de alta movilidad social. Pero, obviamente, esa movilidad se detiene si no hay crecimiento económico.

¿Dónde están las causas del estancamiento en materia de crecimiento?

Se habla de este modelo como una unidad, pero ha cambiado en el tiempo. No es lo mismo lo que tenemos hoy día versus 10 o 20 años atrás. Uno esos cambios, y que ha sido muy nocivo para el crecimiento, es el progresivo aumento de impuestos en actividades productivas y de regulaciones. Nos fuimos llenando de impuestos y regulaciones que fueron frenando la máquina del crecimiento.

¿El estallido social, el fin de la Constitución del 80 y la Convención Constituyente gatillan el fin del modelo económico neoliberal que primó en Chile durante los últimos 30 años?

He visto obituarios del modelo neoliberal varias veces en mi vida. Tengo suficientes canas para haberlas visto. Después de la gran crisis de principios del 80, el modelo se dio por fenecido. Después, cuando finalizó el régimen de Pinochet, también se pensó que venía un nuevo modelo. Si la pregunta es ‘¿este es el fin?’, mi respuesta es ‘no sé’.

Es decir, ¿usted pone en duda el fin o el obituario del modelo neoliberal de Chile, como muchos afirman?

Lo dudo, porque la economía chilena, más allá de los últimos 10 años de desempeño más mediocre, acumuló en estos 30 o 40 años un progreso social muy contundente. De un alumno mediocre en el curso de América Latina nos transformamos en el mejor alumno en lo económico y social. Creo que ese progreso es algo que nuestra ciudadanía valora, las clases medias valoran, las que han tenido un progreso sustancial. Están abiertos a que haya cambios y muchos de ellos pueden ser positivos. Pero no creo que quieran que se venga esto abajo.

En consecuencia, y llegado el momento de distintas votaciones, los ciudadanos harán sentir su opinión. No creo que quieran perder lo ganado ni hipotecar las oportunidades de progreso que este modelo les brinda.

Estamos asistiendo a un momento histórico de cambios a nivel social y económico en el mundo, en medio de una feroz pandemia mundial. A la luz de los hechos ocurridos en Chile, ¿es necesario refundar/reinventar/repensar al capitalismo?

En general no suscribo esas tesis escatológicas surgidas durante la pandemia. Tuvimos una pandemia mucho más grave el siglo pasado, la gripe española, en la cual murieron 50 millones de personas y salió el mundo en medio de una bonanza económica y bursátil. La actual pandemia tuvo efectos macroeconómicos durísimos el año pasado, pero básicamente está saliendo con una recuperación en “V”.

El mundo como un todo está recuperando con creces los niveles previos a la pandemia este año. En Chile, por ejemplo, ya estamos muy por sobre los niveles prepandemia. En conclusión, en lo económico no veo un gran cambio. En el rol del Estado, no veo que haya muchos cambios, excepto en su rol en materia de salud pública.

Se dijo en algún momento que esto ponía en jaque la globalización. Al revés, gracias a las videoconferencias, al internet hemos tenido más globalización que nunca.

Boric: batería antiempleo

¿Cómo enfrentará el país la entrada de la inteligencia artificial y que ya está revolucionando el mercado del trabajo?

Este es un proceso positivo, mayor productividad, mayores ingresos. Menos tiempo para el trabajo y más tiempo para el desarrollo de otras actividades; la vida familiar, cultural, deportiva. Pero exige un desafío de adaptación a este nuevo mundo para las personas, las empresas, los gobiernos, para la legislación.

La política pública tiene que estar sintonizada con esos cambios y en ese sentido en Chile estamos en un problema. Tenemos falencias en el sistema educacional y, en materia de la organización del mercado laboral, no estamos haciendo nada significativo en capacitación. También seguimos teniendo un mercado laboral rígido y para mi desazón observo que entre las propuestas que trae el programa de gobierno de Gabriel Boric no solo se mantiene lo que hay, sino que además agrega una y otra intervención estatal rigidizante.

Es una batería de medidas que incluyen la fuerte alza del salario mínimo, la reducción a 40 horas de la jornada laboral con la misma remuneración, la negociación colectiva por ramas, el aumento de la indemnización por años de servicios, la limitación adicional a los despidos por necesidades de la empresa, y la imposición de un impuesto de 18% a las contrataciones, a través de la conversión de lo que hoy día es un aporte al sistema previsional de la cuenta de ahorro individual. Se transforma en un impuesto al trabajo del 18%.

Son medidas atentatorias en contra de este objetivo de tener un mercado laboral mucho más flexible, más adaptable a las condiciones que se van a ir imponiendo debido a la globalización y al cambio tecnológico.

Se ha hablado mucho en el programa de Boric del aumento de impuestos y del gasto público, pero se ha hablado poco de esta batería antiempleo. Una receta para ahuyentar la inversión, como ha dicho René Cortazar y, agregaría, también para ahuyentar los empleos. Es una regresión laboral lo que plantea ese programa.

¿Cómo avizora el Chile de los próximos 10 años a propósito de lo que hoy se está decidiendo?

Los próximos 10, 20 y 30 años van a depender mucho de lo que hagamos ahora, en los próximos dos años. Creo que en este momento estamos atravesando un campo minado. Para donde se mire, hay posibles explosiones de minas que están ahí. Lo primero que va a tener que enfrentar el próximo gobierno, y no veo nada de eso en ninguno de los programas de los candidatos, es un ajuste macroeconómico de proporciones. Nos hemos dejado caer en una sobredosis de estimulantes que ha provocado un desequilibrio macroeconómico importante, que se refleja en creciente presión inflacionaria, alto déficit fiscal, alto déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos... y eso tarde o temprano exige pisar el freno con mucha energía. Algo está haciendo ya el Banco Central en esa dirección. Hay economistas que están avizorando una recesión para el próximo año y yo no la descarto para nada.

¿Cuáles son los riesgos que provoca este campo minado?

El primer riesgo está asociado a conducir un programa de ajuste como no hemos vivido en Chile desde hace ya muchas décadas y esos ajustes son dolorosos, dejan heridos en el camino. No es fácil hacerlo y menos hacerlo con las expectativas de progreso social que están muy altas.

El segundo riesgo está en el programa de gobierno de quien lidera las expectativas, del candidato Gabriel Boric, que es una especie de programa de Bachelet 2 elevado a alguna potencia. Es el mismo tipo de medidas, pero con mayor intensidad. Eso ya lo vivimos en el segundo gobierno de Bachelet en que se intentó avanzar en esa dirección, la economía reaccionó mal. Al reaccionar mal el gobierno perdió popularidad y parte de esas reformas quedaron inconclusas.

El otro riesgo, a mediano plazo, es el cambio constitucional. Los mismos elementos que me incomodan del programa de Boric están en una versión aun mayor en los planteamientos que se hacen por parte de la mayoría de los constituyentes. Puede ser nocivo y de mucho más largo plazo. El problema con este riesgo es que si un gobierno se encamina a políticas que están dando malos resultados, está la esperanza que el mismo gobierno pueda hacer un giro porque empieza a palpar esos malos resultados. Si una Convención Constituyente se encamina por un mal resultado, como ese mal resultado se ve una vez que terminó su trabajo, mucho tiempo después, no existe ese mecanismo de rectificación. De los tres puntos mencionados, por lejos este es el de mayor riesgo.

Veo enormes riesgos, pero espero que se puedan superar. Si los riesgos se superan, no veo algo tan distinto a la visión que empapaba al programa del actual gobierno del Presidente Piñera. Una visión de una economía administrada para que sea capaz de crecer, empujar el crecimiento económico, mejoramiento de regulaciones y burocracia y mantener condiciones tributarias favorables a la inversión, o sea no cargar de impuestos al emprendimiento.

¿En los próximos 10 años ve a Chile más cercano a un típico estado de bienestar europeo o al modelo neoliberal?

El modelo neoliberal chileno tiene muchos elementos del estado de bienestar, si lo pensamos en el momento actual, no en el original de los años 80. Pero este tiene grandes carencias que hay que mejorar. Pienso que en este camino, para ir generando más protección, requiere ir aumentando las transferencias gubernamentales y requiere un tamaño del Estado definido en un volumen de gasto y, en consecuencia, de impuestos mayores al que tenemos hoy. Pero eso no es algo que deba hacerse de inmediato, eso se puede hacer progresivamente en el tiempo a través de una tributación más fuerte sobre los ingresos de las personas, como en Europa.

En Europa la recaudación del impuesto a las personas como porcentaje del PIB es 4 o 5 veces superior a la nuestra y el contrato social que ahí se ofrece es: ‘pague usted impuesto y yo Estado le voy a dar buenos servicios sociales’. Creo que debemos avanzar hacia un esquema que vaya en esa dirección, con mayor financiamiento estatal proveniente del impuesto a la renta de las personas que en Chile son bajos, tanto los sectores de ingresos más altos como lo sectores medios.

Un camino complejo esto último...

Es complejo, por lo que no se puede hacer de la noche a la mañana. Ir muy suavemente creando esas condiciones. Deberíamos profundizar el modelo propio de Chile en que estos servicios sociales tengan financiamiento estatal pero puedan ser provistos por el sector privado y estén sometidos a una lógica de mercado a través de subsidios a la demanda y fórmulas de ese tipo.

Desde la otra vereda de la discusión, ¿es necesario también un cambio cultural la elite económica y empresarial chilena frente a los cambios que enfrentara el país a futuro?

Hay que decir primero que la actual elite económica fue enormemente visionaria e innovadora en protagonizar los grandes cambios que ha experimentado Chile. Por ejemplo, en transformarnos en una economía exportadora. Hay toda una innovación ahí. Pero como suele ocurrir con el éxito, el empuje ha ido bajando y a lo mejor el remezón que ha ocurrido en el país ayude a retomar cierto dinamismo. Dicho eso, veo con muy buenos ojos la transformación cultural que se está produciendo a través de esta enorme ola de nuevos emprendimientos. Nuevas generaciones de emprendedores que están pasando a constituir una nueva elite empresarial. Ese cambio cultural ya está en plena marcha y, hasta ahora, no se ha visto afectada por este contexto político complejo.

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