Gonzalo Muñoz

Gonzalo Muñoz

CEO de TriCiclos

Pulso

¿Qué más necesitamos saber?

Foto referencial. El lado norte del K2. Con 8.611 metros, es la segunda montaña más alta de la Tierra tras el monte Everest.

Hace pocos años tuve la suerte de conversar con Rodrigo Jordan cuando él acababa de volver de una de sus expediciones al Everest. En este caso habían hecho cumbre y el cúmulo de anécdotas era fascinante. Siempre me ha maravillado la capacidad logística que ponen en marcha en las expediciones; la cultura disciplinada donde deben cuidar cada detalle; pensar cada situación, chequear varias veces. Me fascina entender que hacer cumbre es una combinación entre condiciones adecuadas, un equipo extraordinariamente bien coordinado y una planificación exhaustiva que mira cada detalle.

Rodrigo ha escalado y recorrido rincones donde pocos seres humanos han llegado y por lo tanto es donde supuestamente la naturaleza es más pura y salvaje. En este caso la conversación sobre los detalles del ascenso cambió rápidamente por el de su horror al descubrir cuan contaminada está la montaña más alta y famosa del mundo. A la par de encontrarse cadáveres congelados y botellas de oxígeno, lo que cada vez se ve con más frecuencia son cientos de empaques de un solo uso.

Embalajes que sirvieron para atender la necesidad de llevar algún producto, alimento, medicina o abrigo para resolver una necesidad. Un producto que fue diseñado y calculado para un fin específico, bien pensando y que posiblemente ha evolucionado en el tiempo de modo de poder aportar valor (calorías, hidratación, cuidado de la piel, salud) con el menor peso posible, mayor durabilidad, mayor facilidad para abrirse y resistencia a los golpes entre otros atributos.

Sin embargo erramos al no entender que el contenido y el contenedor eran parte del mismo producto. Y de poco sirve si el contenido está bien diseñado, si lo que deja después es una montaña de basura. Cuando al Everest subían pocas personas, simplemente esto no se notaba. Pero ahora que son muchas las expediciones anuales, el cúmulo de basura se convirtió en un problema “de nadie y de todos”. Se hizo visible de la misma forma como se está haciendo visible en todo el mundo al aumentar la población, el consumo y la complejidad de lo que producimos.

Este mismo efecto lo acabamos de ver en la fosa de las Marianas. El punto conocido más profundo de los océanos, donde habitan especies fascinantes y misteriosas; que no reciben luz en ningún momento del día. Especies que han cohabitado por siglos sin mayor intervención de otras especies, hoy reciben una inusual lluvia en la profundidad del mar. Se trata de basura que llueve desde la superficie hacia el fondo del mar. Hace unos días se hizo público un estudio que mostraba imágenes de basura en esos lugares, donde más del 80% eran residuos plásticos, en su mayoría embalajes plásticos de un solo uso y que en muchos casos corresponde a lo mismo que se encuentra en el Everest. Elementos que fueron diseñados y pensados sin que en su concepción se pensara el evitar que lleguen a la punta del Everest o el fondo de la fosa de las Marianas. O peor aún, llevamos décadas diseñando productos que fueron pensados para llegar ahí. Productos que fueron pensados para ser arrojados a los pocos segundos o minutos de ser usados.

Y es que en el acto de desechar (sacar afuera) residuos hay un desprecio profundo por el entorno que nos cobija y una descripción errada de lo que significa desarrollo. Durante años se ha tratado de explicar que no hay un “afuera”. Ahora nuestros desechos ya llegaron lo más lejos que podemos imaginar en este planeta llamado tierra. Nuestros desechos son nuestras decisiones de consumo y nuestra responsabilidad. Son el diseño que hemos privilegiado. Son una ruta errada donde también hemos desechado tecnologías limpias e incluso que regeneran suelo, aire y agua. Esas tecnologías existen y deben escalar urgentemente. Esa realidad paralela es la que esperamos fomente la ley REP de responsabilidad extendida al productor.

 

Seguir leyendo