Procesos y relatos: ¿para dónde vamos ahora?

Más que contar cabezas y dar nombres de quienes componen cada una de las coaliciones que redactarán nuestra nueva Constitución, dirigirán nuestras municipalidades o gobernarán nuestras regiones, o hacer apuestas de quiénes ganarán las primarias o la presidencial, para entender para dónde vamos debemos intentar dar con el relato del proceso que conducen los hechos recientes.




Hasta hace poco, la mayoría de los científicos no creía en la existencia de los átomos. Se pensaba que el universo estaba compuesto de elementos formados por materia, que era esencialmente continua. Sin embargo, todo cambió con la prueba teórica de la existencia del átomo, idea de Boltzmann y Einstein, publicada recién en la primera década del siglo XX y probada en la siguiente.

Las cosas pasaron a componerse de elementos discretos. Luego, la física cuántica nos enseñó que también el espacio y el tiempo eran de naturaleza discreta, de tal modo que éstos se parecen más a un conjunto de fotos puestas una al lado de la otra, donde la película que vemos se forma a partir de un inmenso conjunto de momentos separados entre sí.

Nuestras vidas transcurren de un modo en que percibimos nuestras experiencias como continuas, a pesar de que la realidad a nivel de las partículas es distinta. Esta realidad, según la cual tanto la materia como el espacio y el tiempo son discretos, nos conduce a una importante conclusión para entender los misterios del universo: éste se compone de procesos más que de elementos o sucesos.

Es difícil describir un proceso recurriendo solo a los objetos y sus características. Para ilustrarlo imaginémonos cómo podemos explicar por qué nuestro mejor amigo es quien es. Más que recurrir a atributos, lo que hay que hacer es contar una historia, armar un relato. Este último no es una lista de eventos y objetos, sino, más bien, la conexión que el autor hace de distintos eventos y objetos. Lo propio ocurre con acontecimientos sociopolíticos como los vividos el pasado fin de semana en Chile.

Describir lo ocurrido mirando los resultados de las distintas elecciones y quienes ganaron o perdieron no nos permite vislumbrar los procesos subyacentes. Así, más que contar cabezas y dar nombres de quienes componen cada una de las coaliciones que redactarán nuestra nueva Constitución, dirigirán nuestras municipalidades o gobernarán nuestras regiones, o hacer apuestas de quiénes ganarán las primarias o la presidencial, para entender para dónde vamos debemos intentar dar con el relato del proceso que conducen los hechos recientes.

Si nos imaginamos la vida como un viaje en un bote a remos, es mejor analogía pensar que transcurre en un río más que en un lago. En ambos casos hay agua y horizonte, sin embargo, la analogía del río nos permite incorporar cambios constantes. Habrá momentos de rápidos y cascadas, pero luego vendrán los remansos; habrá momentos en que se nos incorpore un afluente y otros en que el río entregue un ramal a otro valle. La corriente empujará el bote de cordillera a mar a ritmo variable, estando los navegantes ciertos de que tras la turbulencia vienen aguas calmas.

No cabe duda que, desde hace casi dos años, la correntada viene fuerte. Refleja la culminación de eventos y tendencias que están produciendo cambios y agitación en muchas partes del mundo. La revolución de internet y su transformación de las comunicaciones, la crisis del 2008 con el consiguiente descrédito que produjo a los actores del mercado financiero, las migraciones y su presión sobre los Estados de Bienestar, el temor al cambio climático y sus implicancias sobre las prioridades ambientales, las nuevas tecnologías y su efecto en los salarios de trabajadores menos calificados, la pandemia con la devastación sobre la economía y las relaciones humanas dan lugar a relatos que dan cuenta de mucha turbulencia.

A nivel local, el nuevo sistema electoral, el descrédito de las instituciones, los casos de corrupción y colusión, un menor crecimiento incrementan esa percepción de turbulencia. Los resultados de la elección pasada son como el grito de aguas torrentosas que piden cambiarnos de bote, aunque el que nos ha traído hasta aquí ha sido el mejor de nuestra historia y saltar de embarcación en medio de la corriente arriesga a que caigamos al agua. Detenernos para construir bordas más altas parece ser hoy la prioridad de la mayoría.

Ello no significa, necesariamente, que no se valoren las muchas virtudes de la nave en la que hemos estado navegando desde hace más de 30 años. A pesar de que estos últimos tramos han sido muy duros, el río está lleno de remansos a los que el bote finalmente llegará. Podremos entonces detenernos en una orilla y voltear la mirada corriente arriba con alivio. Habremos ajustado nuestra forma de navegar, el bote habrá sufrido algunas modificaciones. Pero seguirá siendo un buen bote y, lo que es más importante, seguiremos siendo esencialmente un pueblo que comparte un mismo río.

* El autor es gerente general de Quiñenco.

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