Transformación y sociedad: más allá del inversionista

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Si bien cada compañía es diferente, por lo que la estrategia a seguir también lo será, todo proceso de transformación debe iniciarse bajo el entendimiento de que este no es un asunto de tecnología, sino un desafío que halla su centro en las personas y que debe ser abordado desde un nuevo mindset más ágil, abierto a la experimentación y al aprendizaje continuo.




Hace tan solo un mes leíamos la nueva declaración de objetivos del Business Roundtable, que reúne 181 ejecutivos de algunas de las compañías más grandes del mundo, la cual señala que el propósito de las corporaciones es beneficiar a la sociedad en su conjunto, incluyendo accionistas, clientes, colaboradores, proveedores y comunidades. Se trata de una nueva mirada que ha ido cobrando fuerza en el mundo, la cual también debemos tener presente al momento de abordar cualquier proceso de transformación digital. Por eso la hemos plasmado en nuestro Índice de Madurez Digital Virtus (IMDV), el cual mide el nivel de transformación de empresas y startups e identifica sus principales oportunidades y desafíos en el nuevo entorno competitivo.

Si bien cada compañía es diferente, por lo que la estrategia a seguir también lo será, todo proceso de transformación debe iniciarse bajo el entendimiento de que este no es un asunto de tecnología, sino un desafío que halla su centro en las personas y que debe ser abordado desde un nuevo mindset más ágil, abierto a la experimentación y al aprendizaje continuo. De este modo, nuestro Digital Transformation Journey siempre debe considerar a todos los involucrados en el proceso y velar para que cada uno de ellos entienda el porqué del cambio, cuente con las herramientas necesarias para abordarlo con éxito y perciba sus beneficios, los que no necesariamente son monetarios y pueden manifestarse de las más diversas formas posibles: una mejor experiencia para los clientes, mayor flexibilidad para los colaboradores u operaciones más amigables con el medioambiente para la comunidad. Si los únicos beneficiados son los accionistas o el CEO, lo más probable es que el esfuerzo no llegue a buen puerto, mientras que si somos capaces de mapear el impacto, costo y los beneficios de la transformación para cada uno de los públicos, podremos tener mayor certeza sobre la probabilidad de éxito del proceso.

Esto parece algo súper obvio, pero no lo es y muchas veces se cometen errores. Por ejemplo, si una compañía migra toda su operación a la nube, pero no genera políticas de trabajo remoto, puede que sus colaboradores nunca logren obtener efectivamente este beneficio y sigan desarrollando su día a día en la oficina. O bien, si la automatización de una planta hace prescindir de ciertas posiciones y no contamos con una estrategia adecuada de reestructuración, podemos generar una brutal resistencia de nuestros colaboradores ante futuros cambios. Entonces, no solo se trata de incorporar tecnologías, sino también de evolucionar la forma en la que trabajamos y gestionamos el negocio y sus cambios, lo que necesariamente implica un cambio cultural que debe partir desde arriba, involucrando al directorio y la gerencia, para luego permear hacia toda la organización.

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