¿Puede un alza de impuesto al alcohol disminuir su consumo? El 10% de las muertes en el país se relaciona con su ingesta

Estudios estiman que un alza de 20% evitaría 1.380 muertes anuales en el país, además de reducir secuelas de accidentes y agregaría años de vida a la población.


Los chilenos tenemos un problema con el consumo de alcohol, un consumo excesivo que no discrimina por edad y tampoco por género. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Salud 2009 – 2010 (ENS), entre las personas de 15 años o más que afirmaron haber bebido durante la última semana, el 83% de ellas superó el umbral sobre el que se sabe aumenta significativamente el riesgo de enfermedades crónicas como cáncer, enfermedades cardiovasculares y digestivas entre otras. Este límite es de 20 gramos de alcohol en los hombres y 10 gramos de alcohol en las mujeres.

Otro 33% de las personas superó varias veces este umbral llegando a beber más 60 gramos los hombres y 40 gramos la mujer. Estas cantidades son consideradas muy excesivas ya que a los riesgos crónicos ya descritos, se agregan riesgos agudos como accidentes, homicidio, violencia, crimen, suicidio, infecciones de transmisión sexual, intoxicación, entre otros.

El consumo de alcohol está detrás de cerca del 10% de las muertes que se producen en el país de acuerdo a los datos de un estudio realizado por investigadores de la Facultad de Medicina de la U. Católica. Por si fuera poco, según los datos de la Décima Segunda Encuesta de Drogas en Población Escolar 2017, la edad promedio de inicio del consumo de alcohol es a los 14 años. Además, se evidenció que dos de cada tres menores de 18 años reconoció haberse embriagado al menos una vez en el último mes.

El problema es serio. Según Paula Margozzini, académica del Departamento de Salud Pública de la U. Católica, la reducción del consumo promedio de alcohol en un 20% evitaría 1.380 muertes anuales y 105.063 AVISA (Años de Vida Ajustados por Discapacidad).

¿Cómo reducir el consumo? Una posibilidad efectiva es el aumento del precio de estos productos. “Tanto en la Encuesta de Salud de 2010 como en la de 2017 existe una gradiente socioeconómica y educacional en la cual las personas con mayores recursos consumen con mayor frecuencia todo tipo de productos que afectan la salud, sean estos considerados como “buenos para la salud” como frutas, verduras, pescado, harinas integrales, potasio y también los “malos para la salud” como tabaco y alcohol). Esto sugiere que el poder adquisitivo de las personas es “más fuerte” que “la educación o conocimientos en salud” para determinar la conducta de la población”, dice Margozzini.

Según la investigadora, esta situación, da cuenta de la gran influencia que puede tener el precio de estos bienes en la conducta de las personas. “Esto pronostica que el desarrollo económico hará que los estratos bajos aumenten su consumo de tabaco y alcohol”, indica.

A juicio de Margozzini, las medidas de salud pública más costoefectivas para lograr impactar un problema tan difundido y de tan grandes consecuencias económicas y sociales para Chile, son tres: promover un aumento del precio, regular la publicidad (sobre todo aquella dirigida a niños y jóvenes) y la disponibilidad física del alcohol.

Respecto del aumento del precio, la investigadora señala que esto se puede lograr con un aumento de impuestos o políticas de precios mínimos y restricción a “ofertas y promociones”. “Las tres políticas implican introducir regulación a un mercado imperfecto que genera externalidad social negativa como es la venta de alcohol. No es lo mismo vender corbatas o sombreros, que vender alcohol o tabaco”, insiste. Estas iniciativas benefician a toda la población, incluidos los adictos, pero por sobre todo ayuda a que los jóvenes y las personas adultas de estratos bajos, que son las que más se dañan con el consumo.

Un estudio

Daniel Araya es ingeniero comercial y magíster en economía de la Universidad Adolfo Ibáñez y el año recién pasado publicó su tesis en la revista Plos One, un estudio en el que analiza cómo se comportaría el consumo de alcohol frente a cambios impositivos a partir de los datos de la VII Encuesta de Presupuestos Familiares (VIIEPF) que realiza el Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

“La principal conclusión es que todos los tipos de alcoholes son sensibles a cambios en los precios. Algunos más que otros. Ante un aumento del 10% en el precio, los destilados son los que menos cambian su consumo (se reduce en 1,4%) seguido de los vinos (7,7% menos) y finalmente cervezas (9,3% menos) . Es importante destacar que, aunque parece que destilados tiene una variación menor, aun así, es sensible a cambios en los precios. Si aumentan los precios, su consumo disminuye”, dice Araya.

Hoy en el país existe un impuesto ad valorem. Esto es, el impuesto es un porcentaje del precio. Los destilados y licores tienen un impuesto del 31,5% y los vinos, espumantes y cervezas de 20,5%. Sin embargo, si el objetivo es reducir el consumo en pos de la salud este impuesto debe estar relacionado al componente que genera el daño, “que en este caso son los gramos de alcohol puro por botella, lo que no es el caso actual”, dice Araya. Por ejemplo, en el caso de los piscos, el de 45 grados y el de 35 grados, tienen el mismo impuesto. Así, si hoy se elevaran los impuestos, tal como está la ley, el incentivo para el consumidor estaría en cambiarse a tragos más baratos, no a consumir menos.

Lo que daña es la cantidad de gramos de alcohol puro que se ingiere, por lo que el alcohol de más alta graduación requiere un impuesto más alto. En Chile desafortunadamente se bajó el impuesto al alcohol de alta graduación (destilados extranjeros en la primera década del 2000) en vez de subirle al pisco. Luego hubo una tenue alza tributaria en 2014 que elevó proporcionalmente menos a bebidas de alta graduación, con lo cual la estructura tributaria está totalmente desequilibrada, no se basa en evidencia científica y tampoco favorece a la salud colectiva”, dice Margozzini.

La investigadora de la UC insiste en que todas las decisiones que se han tomado son las que hoy permiten que los destilados de alta graduación se vendan “en cada esquina, junto a los pañales y la leche” y llama la atención respecto del precio del pisco: “una botella cuesta 4 euros (unos 3.000 pesos), mientras que una botella de destilado nacional en Islandia (el país que más ha logrado bajar el consumo poblacional) cuesta 84 euros (unos 64 mil pesos)”.



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