Columna de Óscar Contardo: “Sobre privilegios y méritos”


Hace 10 años, luego de publicar Siútico, recibí un correo de alguien que no conocía. Era un hombre de unos 30 años que, según me escribía, había estudiado una carrera técnica y logrado entrar a una empresa a un puesto en la base del organigrama. Me contaba que su desempeño siempre fue destacado y pasados los años postuló a un ascenso para un trabajo de mayor responsabilidad, en donde tendría contacto con la plana ejecutiva. Hizo un primer intento y no lo logró. Insistió, pero en su lugar ascendían a personas con un rendimiento que él juzgaba mediocre en comparación con el propio. Finalmente, una compañera de trabajo le indicó la razón para que no lo promovieran: la dirección que ponía en el currículum -la comuna en la que se había criado- no se ajustaba a lo que los superiores juzgaban como adecuado para un ascenso. Pasado un tiempo, aquel hombre se fue del país, hizo carrera en Estados Unidos, allá ascendió pese a ser extranjero. En el correo que me escribió me decía que compró mi libro en el aeropuerto de Santiago y luego de leerlo decidió contarme su historia. Durante mucho tiempo leí y escuché testimonios sobre ascensos, promociones y becas frustradas porque no llenaban las expectativas sociales de los encargados de otorgarlas. ¿Cómo sabían que esa había sido la razón? Por las características de los que finalmente eran elegidos. Cada uno de esos hombre y mujeres debieron resignarse, iniciar caminos alternativos y dificultosos o emigrar.

En las últimas décadas la derecha política ha abrazado con fuerza en sus discursos la idea de “meritocracia”. Dirigentes políticos repiten que si algo debe hacer el Estado, es asegurar que el mercado recompense el esfuerzo individual en el estudio y el trabajo duro. La prosperidad y el “triunfo” serán, en esa lógica, una consecuencia automática de un sistema bien aceitado en el que los méritos valen más que cualquier otra ventaja de nacimiento.

“Alas para todos”, clamaba un candidato recurrente del sector hace una década y era lo que el Presidente Piñera sugería, con especial énfasis para el sector público, en su última campaña presidencial. El Presidente Piñera prometió impulsar la meritocracia como quien despeja el camino para que los mejores circulen sin contratiempo. En esto radica la gravedad del caso de la agregada comercial en Nueva York, porque el detalle de su nombramiento contradice el corazón del discurso de la derecha para enfrentar la bandera contra la desigualdad que enarbola la izquierda. Lo que hizo el gobierno fue pisotear su propio compromiso al designar a alguien sin experiencia, que gracias a sus vínculos familiares logró un trabajo en el sector público con altísimos ingresos.

Uno de los aspectos más curiosos del discurso “meritocrático” de la derecha es que quienes más lo defienden suelen ser políticos de origen privilegiado que no dudan en ponerse a sí mismos como ejemplo. Trump lo hizo, pese a ser heredero de un padre millonario, y un antiguo candidato a la presidencia en Chile -espesamente emparentado con la élite histórica- insistía en que su fortuna la había iniciado criando pollitos. Había que creerle. En nuestro país es común que personas que nacieron en familias de clase alta, asistieron a colegios privados exclusivos y a facultades elitistas, se pongan ellos mismos de modelos a seguir como forjadores abnegados de su propio destino. Lo dicen, incluso, en frente de personas de ingresos medios, aquellos que viven con pánico de que sus hijos acaben estudiando en una escuela municipal. ¿Por qué lo hacen? Porque pueden hacerlo y porque, por lo general, nadie los enfrentará a sus contradicciones: criticarlos significaría caer en la ignominiosa categoría del “resentido social”, una especie de hechizo que se lanza de cuando en cuando para evitar debates y menoscabar opiniones incómodas.

Hace unos meses le pregunté a Juan Carlos Castillo, investigador del Centro de Estudios de Conflicto Cohesión Social si en Chile existía realmente movilidad entre la base y la cúspide de la pirámide social. Castillo ha estudiado el tema por años. Me explicó que entre los segmentos medios de ingresos es un hecho, pero que entre el noveno y el décimo decil de ingresos –es decir, el 10% de mayores recursos- hay una barrera infranqueable: “Tomaría entre tres y seis generaciones lograrlo”, me dijo. Ascender en una vida, saltar esa barrera, era prácticamente imposible. El investigador también me dijo que con el concepto “meritocracia” pasa algo curioso: cada vez se utiliza más en la política, se repite como un mantra, pero en la academia -en sociología y economía- es una idea que escasamente se ha desarrollado. Se invoca con frecuencia, pero como quien ofrenda una palabra vacía o despliega una pantalla en blanco en la que cada uno proyectará sus propios anhelos privados. Una expresión de deseo individual, una fantasía bien dispuesta y efectiva en un discurso de campaña, más que una convicción fundada en la realidad o en los hechos.

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