Los archivos del cardenal: la historia tras el momento más complejo de Ricardo Ezzati

Hasta inicios de año, el arzobispo de Santiago era uno de los hombres más poderosos de la Iglesia chilena. Hoy, en medio de la polémica por denuncias de abusos y citado a declarar como imputado por eventuales encubrimientos, atraviesa uno de sus momentos más complejos. ¿Quién es Ricardo Ezzati? ¿Cómo llegó a ser arzobispo, cardenal y quien tenía acceso a lugares que nadie más podría?


Estaba lleno. Corría el 9 de marzo de 2007 y los 4.500 metros de superficie total del templo principal de la Catedral Metropolitana estaban repletos por fieles, laicos, sacerdotes y religiosas.

El solar del costado poniente de la Plaza de Armas fue destinado por Pedro de Valdivia, en 1541, para levantar la iglesia mayor. Pero el templo hoy cambió los muros de piedra desnuda con albañilería de ladrillos y cal, su bóveda principal está adornada con molduras, cornisas y medallones. Allí, donde se celebra el tedeum ecuménico todos los años, fue el momento de mayor esplendor de Ricardo Ezzati.

Corría entonces el año 2007 y para ese día de marzo estaba programada su misa de despedida como obispo auxiliar de Santiago, luego de que fuera nombrado arzobispo de Concepción.

La gente, cuenta un sacerdote de la época, le tenía un aprecio enorme. Los curas igual.

Conocían a Ezzati, sabían quién era.

Once años después de aquella misa, la situación es radicalmente distinta.

Este lunes 30 de julio, y hasta el 2 de agosto, se celebrará en Punta de Tralca la Asamblea Plenaria Extraordinaria de la Conferencia Episcopal chilena. El tema esta vez es el futuro de la Iglesia chilena, pero quien estará en el foco será Ricardo Ezzati Andrello.

El mismo que hasta inicios de 2018 era uno de los hombres más poderosos de la Iglesia chilena.

El mismo que se vino a Chile por opción y no por obligación.

El Don Bosco chileno

África, Estados Unidos o Chile.

La primera gran decisión de Ricardo Ezzati fue a los 17 años. Había salido de un colegio salesiano en Italia, su país de origen, y quería ingresar al noviciado.

¿Dónde? A pesar de las alternativas, él lo tenía más que claro.

Cuenta la leyenda que Don Bosco, el fundador de los salesianos, cada vez que podía hablaba de Chile y siempre enviaba a sus misioneros al país. Por eso, para Ezzati no existía ninguna opción, solo Chile.

Y así arribó en 1959 a Quilpué.

Llegó, comenta el actual obispo de Punta Arenas y también salesiano, Bernardo Bastres, como estudiante y misionero.

-Dejó su tierra joven. Y por su opción no pudo estar ni asistir a los funerales de sus padres, tampoco de algún hermano. Nunca le he escuchado algún reproche -dice Bastres.

La vida de Ezzati es la de un futuro formador. Estudió Filosofía, Pedagogía y Teología no solo en Chile, también en la Universidad Pontificia Salesiana, en Roma, y en la Universidad de Estrasburgo, en Francia. El 18 de marzo de 1970 fue ordenado sacerdote.

Luego todo pasó rápido. De Valdivia a Concepción, de Concepción a Santiago y luego vuelta a Concepción. Siempre con la misión pastoral enfocada en la educación.

Incluso, Ezzati estuvo en la mira del régimen militar.

En el año 1983, mientras dirigía el Centro de Estudios y Experiencias Catequísticas y junto a un grupo de sacerdotes y religiosas, publicó Ven y Verás. Eran libros de catequesis para jóvenes de enseñanza media, que hacían una reflexión desde la doctrina social sobre los derechos humanos.

El Ministerio de Educación criticó fuertemente a Ezzati. Y hasta se le amenazó con la expulsión del territorio.

En 1984 fue nombrado inspector provincial de los salesianos en Chile. Fernando Tapia -secretario en la Universidad Pontificia Salesiana, que estuvo en el seminario de los salesianos en Lo Cañas por siete años- recuerda que Ezzati era un hombre de carácter fuerte y claro.

-La gente le tenía un poco de miedo, pero con él se podía conversar. Su fuerte era la formación de los jóvenes, de los salesianos. Por iniciativa de él se construyó el centro juvenil Lo Cañas y dijo: “Yo lo construí. Ahora hay que llenarlo de jóvenes” -dice Tapia.

Ezzati fue formador de varios jóvenes: Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas, y Héctor Vargas, obispo de Temuco. También habría sido formador de Rimsky Rojas.

El cardenal Raúl Silva Henríquez, como para cualquier salesiano, era un símbolo para Ezzati. Los dos tenían cercanía.

El camino como el “Don Bosco chileno” iba bien. Más aún luego de que Silva Henríquez lo nombrara su confesor.

Tapia lo explica así:

-Ezzati se resistió un poco, tenía 35 años menos que él. Pero Silva Henríquez fue claro y le dijo: “Mire, inspector, usted es mi superior, así que usted es mi confesor”.

En 1991 conoció a quien, dicen, sería su trampolín en la “carrera eclesiástica”.

Francisco Javier Errázuriz trabajaba en Roma, en la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y Ezzati fue su colaborador.

Antes y después

-Señor cardenal.

Si hay algo que ha marcado el estilo y la gestión de Ricardo Ezzati ha sido su estrecho vínculo con la figura de Francisco Javier Errázuriz. Una amistad que abrió puertas y que le permitió a Ezzati ganar rápida influencia en Chile.

Y en 1996, justo cuando volvió de Roma, luego de trabajar con Errázuriz, Ezzati fue nombrado obispo de Valdivia.

Luego, en 2001, vino Santiago.

Todos quienes lo conocieron alguna vez como obispo auxiliar de Santiago, después de ver cómo se manejaba con las comunidades, quedaron encantados con Ezzati.

Por eso, en 2007, cuando se anunció su traslado a Concepción como arzobispo, la misa de despedida fue enorme.

En el sur poco se demoró en hacer noticia.

Tony Mifsud, sacerdote jesuita y director de la Revista Mensaje, explica que esa etapa fue importante en la vida del arzobispo.

-Los comentarios sobre su estadía en Concepción son buenos. A nivel de trato, al menos conmigo, ha sido acogedor -dice.

“Todo terreno”. Así se hablaba de Ezzati, quien comenzó a brillar, aún más, con su participación en conflictos emblemáticos de la zona, como los que hubo entre trabajadores subcontratistas y la Forestal Arauco, y operarios de la textil Bellavista-Tomé.

Todo iba bien durante el paso de Ezzati por Concepción. Al menos eso parecía.

El 15 de julio pasado, el arzobispado de la zona reconoció haber recibido una denuncia de violación en 2009, que involucraba a un sacerdote y un menor de edad.

El caso, dicen los denunciantes, fue conocido por el arzobispo de la época: Ricardo Ezzati.

La soledad del arzobispo

La luz entra por un ventanal de puerta que da a un pequeño patio. Desde dentro de la casa se puede ver el verde del jardín.

La sala es rectangular y está conectada con la cocina. Desde allí sale una mujer con platos y cubiertos. Y los pone encima de una mesa. Es ovalada y alrededor de ella se pueden sentar, cómodamente, 14 personas. Cuando la comida llega es solo suficiente para uno, para el único que come en aquella mesa enorme.

El hombre es Ricardo Ezzati.

Esa imagen, la del hombre más poderoso de la Iglesia de Santiago solo, es reciente. Pero, dicen cercanos a él, también es la misma del hombre que llegó el 15 de enero de 2011 como arzobispo de Santiago. Del mismo que era esperado con ansias por el clero, del que se pensaba una sola cosa: “Éste es el sucesor de Raúl Silva Henríquez”.

Y una de las primeras acciones de Ezzati como arzobispo dio una señal valorada por quienes cuestionaban el manejo de la Iglesia en temas de abusos. Se reunió con las víctimas de Fernando Karadima: Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo.

Aunque si Murillo tiene que recordar una escena con Ezzati, no es precisamente esa reunión.

-Al cardenal Ezzati lo conocí en su oficina el año 2005, donde fui a contarle lo de Karadima. Años después, él dijo que yo solo había enviado una carta anónima, lo que me pareció una agresión incomprensible. Entonces supe que era una persona poco confiable.

La reunión había quedado solo en eso, en una señal solitaria.

La sombra del arzobispo y cardenal Errázuriz, dice un sacerdote cercano de la época, le pesaba. Le pesó aún más cuando cayó todo el peso del caso Karadima sobre él. Aunque el Vaticano había sancionado al expárroco de El Bosque con una “vida de penitencia y oración” el 16 de enero de 2011 -apenas un día después de que Ezzati asumiera en Santiago-, fue el 21 de junio cuando se confirmó, luego de una apelación de Karadima, su culpabilidad.

Pero Ezzati, además, cometió lo que incluso en su entorno se reconoce como dos grandes errores.

El 24 de diciembre del mismo año le llevó chocolates a Fernando Karadima, que en ese entonces cumplía su castigo en un convento en Providencia. Las críticas llovieron.

Tres meses después pasó algo similar.

El 30 de marzo, tres días después de la muerte de Daniel Zamudio, los más cercanos a Ezzati le aconsejaron hacer un gesto. Especialmente luego del episodio con Karadima. Pero Ezzati tomó su propia decisión y envió a un vicario del arzobispado al funeral del joven, en vez de hacerlo él mismo.

A partir de entonces comenzó a acumular resistencia en los sectores que apostaban a una mayor apertura de la Iglesia.

Desde esa época el arzobispo comenzó a perder aliados. Sus críticos lo acusaban de someterse a los criterios de su permanente consejero: el “señor cardenal”, como se refería permanentemente a Errázuriz.

Según conocedores de cómo se resolvían los asuntos del arzobispado en esa época, cada vez que se hacía algo que no le gustaba, Errázuriz llamaba a Ezzati. Incluso, seguía asistiendo a varias de las reuniones.

La caída

El declive de la gestión de Ezzati tiene fecha de inicio. A fines de noviembre de 2016 -dos meses antes de cumplir los 75 años-, Ezzati le presentó su renuncia al Papa Francisco. Le dijo que “todo estaba en sus manos”.

Y hasta hoy el escenario sigue igual.

El 8 de marzo pasado, Ricardo Ezzati estaba en Roma. Varios episodios de taquicardia terminaron con el arzobispo sometido a una cirugía. Quienes lo visitaron recuerdan dos cosas: que solo habló en español y que decía que la visita del Papa había sido un éxito.

En efecto, si Ezzati tuvo una oportunidad de brillar fue esa. El cardenal había sido uno de los principales artífices de la organización de la visita del Papa a Chile, que debía ser un éxito.

Y fue todo lo contrario.

Ahí, dicen quienes lo conocen, comenzó la etapa más compleja del arzobispo.

Todo partió con la primera visita de Scicluna y Bertomeu a Chile, luego de la polémica aparición del exobispo de Osorno, Juan Barros. Luego vino la invitación del Papa a las primeras víctimas de Karadima, luego a la Conferencia Episcopal completa y después al segundo grupo de víctimas de Karadima.

El 11 de junio se encendieron las alarmas. Ese día el Vaticano publicó la aceptación de las renuncias de tres obispos: Cristián Caro (Puerto Montt), Gonzalo Duarte (Valparaíso) y Juan Barros (Osorno). Dos de los tres cargos vacantes fueron encargados, en calidad de administradores apostólicos, a obispos auxiliares de Santiago: Valparaíso a Pedro Ossandón y Osorno a Jorge Concha.

Ezzati se quedaba, en teoría, con dos obispos auxiliares menos, de los seis que tiene la arquidiócesis. En la práctica, con tres menos. Andrés Arteaga, otro de los obispos auxiliares, está alejado hace meses de sus labores debido a su mala condición de salud por el parkinson que padece desde hace años.

Un día después se concretó la segunda visita de Scicluna y Bertomeu al país.

El 28 de junio vino un nuevo remezón en la Iglesia Católica chilena, y en el Arzobispado de Santiago. Francisco aceptó dos nuevas renuncias, la de Alejandro Goic (Rancagua) y la de Horacio Valenzuela (Talca), y de paso sacó dos obispos auxiliares más de Santiago y los nombró administradores apostólicos: Fernando Ramos y Galo Fernández, respectivamente.

Ezzati se quedaba solo con un obispo auxiliar: Cristián Roncagliolo. Un laico de Santiago describe la situación así:

-El mismo Papa empezó a dejar solo a Ezzati.

Ese mismo 28 de junio, Francisco presidió el Consistorio ordinario público y nombró a 14 nuevos cardenales. Por su título de cardenal y porque, además, había sido el mismo Francisco el que lo había nombrado como tal, se esperaba que estuviera Ricardo Ezzati. Pero no, estaba en Santiago, en una reunión con los nuevos vicarios de la arquidiócesis.

Algunos dicen que la única persona de confianza que va quedando en el arzobispado es su secretario, José Antonio Varas. Hasta el cardenal Errázuriz se comenzó a alejar.

-Ricardo Ezzati, en el tiempo, se convirtió en un conocedor directo de la orgánica interna, llevándolo a ser uno de los hombres más influyentes, no solo de la Iglesia chilena, sino también en el contexto latinoamericano. La situación que hoy vive tiene repercusiones a nivel internacional -explica el doctor en Historia y experto en Iglesia, Marcial Sánchez.

-El papa se esta tomando su tiempo para encontrar a las personas indicadas para reemplazar a los prelados que quiere sustituir. El hecho de que este nombrando administradores apostólicos y no nuevos obispos o arzobispos es una clara señal de esto-, agrega la vaticanista argentina Inés San Martín, del portal Crux y quien sigue de cerca los pasos de Francisco en Roma.

Pero, a pesar de que han pasado desapercibidas, el arzobispo de Santiago ha seguido tomando medidas polémicas. Una de ellas la comunicó el 24 de julio pasado en una carta dirigida a Juan Luis Ysern, obispo emérito de Ancud y hasta hace poco más de un mes vicario judicial adjunto en Santiago.

La carta fue publicada el 6 de julio de 2018 en la página del arzobispado. Lo que llamó la atención fue la demora en comunicar la decisión y que a Ysern, con 88 años de edad y una carrera reconocida, ni siquiera se le celebrara una misa en la Catedral como despedida y reconocimiento.

El documento secreto

La carta del Papa a los fieles enviada el 31 de mayo pasado fue una especie de aviso.

“Urge generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición. (…) Ser ‘Iglesia en salida’ es también dejarse ayudar e interpelar”.

Lo que venía se concretó el 13 de junio pasado. La inesperada intervención de la fiscalía, ordenada por el fiscal regional de Rancagua, Emiliano Arias, abrió una arista donde Ezzati tiene muy pocos aliados y bastante que perder.

Eso fue apenas un paso. El martes pasado, Ricardo Ezzati fue citado a declarar “por la eventual responsabilidad que le podría caber en el delito de encubrimiento”, y no solamente por el caso de Óscar Muñoz, el excanciller del arzobispado acusado de abusos contra menores. Ezzati declarará en condición de imputado el próximo 21 de agosto.

Hasta ahora, el Vaticano no se ha referido en ninguna ocasión a la situación que vive hoy Ezzati. Richard Raho, profesor estadounidense de Teología, explica así su análisis sobre la estrategia del Papa:

-Esto puede explicar por qué no ha aceptado más renuncias hasta el momento. Creo que el Papa puede estar dejando que la justicia civil se desarrolle en Chile, comenzando con Ezzati. Si puede ser procesado penalmente, entonces el Papa tiene más influencia para destituirlo, en lugar de aceptar su renuncia.

Fuentes conocedoras del tema explican que no se descarta visitar nuevamente el archivo eclesiástico. La fiscalía sigue en etapa de investigación.

-Lo que se busca esclarecer junto con los delitos cometidos por sacerdotes son conductas constitutivas de encubrimiento. El arzobispo ya fue llamado a declarar y ahora estamos en proceso de revisar sus actos u omisiones en la arquidiócesis de Santiago -explica el fiscal Arias.

Y mañana lunes parte la Asamblea Plenaria Extraordinaria. La asistencia del arzobispo de Santiago está confirmada y, obviamente, será el tema de conversación.

Fernando Ramos, actual administrador apostólico de Rancagua y secretario del episcopado, explica que la postura de la Cech es colaborar:

-El arzobispo ha expresado su disposición a colaborar con la justicia, disposición que comparten los demás obispos y que, por cierto, es también lo manifestado por la Conferencia Episcopal de Chile.

-Él declaró no ser encubridor, y le creo-, dice otro de los obispos que estará en la cita, Luis Infanti, a cargo de Aysén.

Las interrogantes que se plantean ahora son varias: ¿Francisco aceptará la renuncia de Ezzati pronto? ¿Será antes del Tedeum o deberá celebrarlo de todas formas? ¿Cuál es la responsabilidad que tenía Ezzati respecto de los documentos que contenían denuncias contra sacerdotes?

No hay respuestas oficiales aún. Pero sí algunas pistas que están en la mira de la justicia.

“Propuestas para el funcionamiento interno de la Oficina Pastoral de Denuncias”, con fecha 9 de noviembre de 2011, es un documento que especifica que todos los archivos de la OPD -hoy Opade- se considerarán como parte del archivo secreto, en conformidad con el canon 489 del Código de Derecho Canónico.

En éste se lee lo siguiente:

“489-1. Debe haber también en la curia diocesana un archivo secreto, o al menos un armario o una caja dentro del archivo general, totalmente cerrada con llave y que no pueda moverse del sitio, en donde se conserven con suma cautela los documentos que han de ser custodiados bajo secreto”.

El documento muestra que Ezzati ordenó dejar todas las denuncias en el archivo secreto.
“490-1. La llave del archivo secreto la tiene solamente el obispo”.

Al archivo, según el Código de Derecho Canónico, solo tendría acceso Ezzati. Personas que trabajaron en el arzobispado dan fe del celo con el que se custodiaba ese archivo.

Ese archivo secreto podría ser una caja, un baúl.

Pero su existencia aún es un misterio.

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