Seis historias de amores extremos

Lo siguiente son historias muy diferentes entre sí, contadas en primera persona, de amores poderosos y sin retorno. Amores, a la manera de Guy de Maupassant, extremos y al mismo tiempo corrientes. Un mapa sin geografía por recorrer, en el Día de los enamorados, del Chile de los afectos.


Un regalo de Tinder

Montserrat (29) y Francisco (28)

Con Pancho nos conocimos en agosto de 2015 por Tinder. Hablamos una semana por chat interno y otra más por Whatsapp. Entonces quedamos en juntarnos. Para ahorrar tiempo, le propuse una señal: si no me gustaba, yo le iba a decir que tenía sueño. Y si me gustaba, le diría que fuéramos a bailar. Me daba lata conocer a un tipo y que no me gustara y tener que escucharlo por tres horas. Esa noche, nos encontramos en Santa Isabel con Manuel Montt, porque él me había dicho que allí hay varios lugares para tomar. Resultó ser mentira: no había nada. Entonces caminamos hasta un peruano de Infante donde conversamos todo el rato, sin parar, full coqueteo, hasta que llegó el momento de la pregunta. ¿Vamos a bailar o tenís sueño? Pancho me dijo que fuéramos a bailar y yo le dije que sí, que fuéramos. Desde ahí no nos separamos nunca más. Antes, en Tinder, hice otros match. Me junté con tres gallos, pero simplemente no me gustaron. Les decía “solo tengo media hora” y me iba. Con Pancho, al día siguiente de conocernos, nos vimos de nuevo y al día siguiente otra vez hasta que, como a los dos meses, me pidió pololeo y le dije que sí (aunque yo le pedí antes y él me dijo que no). Fue muy loco porque después del 18 de septiembre tuvimos como una prueba de fuego: dejamos de vernos y cuando volvimos a juntarnos, una noche carreteando a las 4 de la mañana, le dije que me encantaría viajar y él me dijo que sí, que estaba entre sus planes. Medio en broma empezamos: ya, ¿y si vendemos todo?, ¿y si la hacemos? Pucha, ¡hagámosla! Ahí empezó la locura de vender todo y partir. Yo vendí ropa que no ocupaba, zapatos, collarcitos, cosas que tenía en la casa de mi mamá. El Pancho vendió desde el sillón hasta el refrigerador, desde los cuadros hasta el último tenedor. Todo en su departamento se vendió como en un mes. Fue muy rápido. Los fines de semana íbamos a ferias de las pulgas (de Grecia, de Agustinas, de Santa Isabel, de Plaza Brasil) y por Internet terminó de irse lo último. Entonces empezó nuestro viaje y llegamos en camión hasta Copiapó, casi todo el tiempo a dedo. A la altura de Calama cruzamos la frontera con destino a Bolivia. Fue entrete: allí estuvimos varios días en lugares como Uyuni, Potosí, Tarija, Sucre, Cochabamba, La Paz y Copacabana, trabajando en hostels y pagando otros. Lo mismo en Perú: estuvimos un mes en Machu Picchu, luego una semana en Ica, otro mes en Lima, otro en Cusco y de ahí seguimos rumbo al norte. En Ecuador estuvimos en Guayaquil, un lugar que se llama Naranjito, y después, por casi dos meses, en Montañita. Fue ahí cuando tuve un atraso de dos semanas. El Pancho me decía que era porque estaba nerviosa, pero me hice un test y salió positivo inmediatamente. Ni siquiera tuve que esperar el tiempo que aparece en las instrucciones. Entonces, cada uno hablando con su familia, empezó el plan de vuelta. Fueron momentos que recuerdo como de estrés heavy. Yo tenia un mes y medio cuando supe que estaba embarazada. Todo ha sido muy cuático desde que usé Tinder, estamos felices.


Casado… con primos

Luis Alberto (51) y María Consuelo (48)

En el verano del 87, vivía en Costa Rica cuando con un amigo planificamos venir a Chile a pasar las vacaciones. Rodrigo al final no pudo, pero decidí venir igual. Iba a reencontrarme con familiares que no conocía, ya que estaba exiliado y no había vuelto desde el 75. Me acuerdo perfectamente del primer momento en que vi a la Consue. Fue el 2 de enero de 1987. Ella estaba en el balcón del segundo piso, yo venía entrando a la casa de mis familiares en Condell y, desde abajo, la miro y veo sus ojos azules. Me enamoré inmediatamente. Me importó un carajo que fuera mi prima. No me interesó. La vi, me gustó mucho, y cuando la conocí me gustó mucho más. Todo ese verano estuvimos juntos, hasta que ella se fue a Las Cruces con una amiga antes de que yo volviera a Costa Rica. Eso me dejó una mala sensación, pero bueno, ni modo, eran mis vacaciones y debía viajar a Santo Domingo a encontrarme con mi amigo Rodrigo. El tema es que durante todo ese año nos carteamos con la Consue. En esa época no había Internet, ni whatsapp. La Consue ni siquiera tenía teléfono en la casa, entonces tenía que llamarla donde una vecina. Nuestra relación se basó fundamentalmente en cartas, muchas cartas. Tan así, que el cartero nos conocía y le avisaba cuando llegaba una mía. Al año siguiente vine a Chile con mis papás en gira teatral por Sudamérica. Fueron situaciones bastante curiosas porque era la primera vez que mi mamá volvía a Chile, tras la restricción política. Esta vez volvimos juntos y entramos por Arica. Nos quedamos seis meses, tiempo que estuve con la Consuelo y donde decidimos que estaríamos juntos, fuera en Costa Rica o acá. Juntamos dinero hasta que la Consue viajó allá al año siguiente para vivir como pareja. Nos casamos por el civil, en agosto. La ceremonia fue en mi casa, y después de eso, el 90, volvimos a Chile. La relación con la Consuelo ha sido buena, no me imagino la vida sin ella, aunque tenemos diferencias en un montón de cosas y el tema de los niños siempre es determinante. Miro hacia atrás y pienso que, si no hubiéramos sido primos, no nos hubiésemos conocido. Así de simple. El tema de los primos casados es bien curioso en la familia: mis suegros son primos, tenemos tíos que son primos. Es entretenido porque la familia es la misma.


Seguir viviendo sin tu amor

Pablo Gómez (35) y Pilar Gaete (35)

Nos conocimos en primer año de Periodismo en la UdeC. Teníamos el apellido con la misma inicial. Entonces, desde las primeras clases, estuvimos juntos. De a poco comenzamos a conversar, siempre como amigos, durante cuatro años. Incluso, muchas veces ella fue cupido mía y yo de ella. Nos contábamos todo. El tema es que la vida tiene sus vueltas y por el 2003, cuando estaba en la práctica, comenzamos a sentir otras cosas pero ninguno daba el paso, hasta que un día salimos con un grupo de amigos, fuimos a un karaoke y bailamos. Al día siguiente estábamos en mi casa, nos sentamos juntos y le di un beso, ella lo correspondió. Me atreví, luego de semanas de meditación para ver cómo lo hacía. Al final salió natural. En mayo de 2004 nos pusimos a pololear, la época coincidió con que yo me vine a Santiago a trabajar y las cosas cambiaron un poco. Ella siempre tomaba la delantera en la relación. Me convenció de vivir juntos el 2007, tomó sus cosas desde Conce y se vino. La Pili era la madura, yo el inmaduro. Eso muchas veces generó conflictos por detalles que uno no se percataba, hasta que aprendes a punta de porrazos, ya que nos separamos unos meses en 2008 por lo mismo. De ahí entendí que “ella era”. Los dos queríamos volver y lo hicimos. Decidimos enfrentar la vida siempre con alegría. Ella con una paciencia eterna, ya que mi pega no es precisamente la ideal para un “pololeo o noviazgo”, pero sus sonrisas llenaron mi vida y eran claves para pasar los momentos difíciles, desde que apareció el cáncer de la Pili -sarcoma de Erwing- el 2010, hasta cuando estuve internado grave por Insuficiencia Renal Crónica, en 2012. Fue un golpe. Tener que madurar en un segundo y darte cuenta que va a ser para toda la vida. Un cáncer llega para quedarse, por más que le ganes, porque siempre está la posibilidad de que vuelva. En este caso nunca se fue, pero más allá de patear la perra, hoy agradezco que la enfermedad nos regaló lagunas para poder disfrutar, viajar, pasear y casarnos. Tal como ella quería, rodeada de todos los que queremos. Hace casi dos meses que se fue y ha sido duro. Vivo con el recuerdo de ella en todos lados. Me falta en todo. Extraño los whatsapp preguntando a qué hora llego del trabajo, que me llame para pedirme un encargo. Todo. Me cuesta volver a administrar mi tiempo porque todo lo hacía girar entorno a ella. Este 15 de febrero es nuestro tercer aniversario de matrimonio. Aún no sé qué haré, si trabajar o tomarme libre, pero la Pili una vez me dijo: “Si pasa algo, sigue con tu vida”. Y eso haré. Ya descansé y hay desafíos importantes en la pega. Trabajaré y le iré a dejar rosas blancas. Quizás algún amigo me acompaña. Obviamente será duro porque Facebook se encarga de refregar los recuerdos y cada día me aparecen los preparativos que hacíamos hace tres años. En su foto, la sonrisa de ella ese día era radiante. Imagino que es la misma con la que guiará mis pasos ahora.


SCL / BUE

Gabriel (29) y Marina (28)

Tengo un vínculo de carácter legal con una argentina que conocí en un concierto de 70 mil personas. Estaba en Lollapalooza con mis amigos viendo a Queens of the Stone Age cuando decidimos cambiarnos al otro lado del parque al escenario de Pearl Jam. De repente, entre el maremagnum de gente, vi a dos argentinas reírse efusivamente de mis chistes. “Abrázame en esta”, le decía a mi amigo que ponía cara de incomodidad mientras los de Seattle entonaban “Black”. Entonces les pregunté de qué parte de Uruguay eran y siguieron las risotadas. Me enamoré a primera vista de la morena (la otra chica era una suerte de Zooey Deschanel a la que no le di mayor importancia). Yo andaba trabajando, escribiendo para un sitio de música, y en ese momento la morena pasó a ser la única canción que importaba. Llamé a mi editor para avisar que mi texto —que debía entregar esa misma noche— iba a demorar un poco más. Con la adrenalina encima las invitamos a comer al Patio Bellavista. Mis recuerdos son borrosos, pero recuerdo que no hice muchos movimientos. Mi amigo insistió en tener algo con ella y ella no quiso. Fue cuando le pidió el whatsapp, que anoté en silencio, que hubo una especie de acercamiento. Al otro día, en que infructuosamente intentamos juntarnos, le dejé varios mensajes pero siempre haciendo como que mi amigo era el interesado. Cuando finalmente nos encontramos, tomé su teléfono y me agregué a facebook desde su perfil. Ese fue el comienzo de todo. Ella, que trabajaba como aeromoza, estaba de vacaciones al otro lado del mundo, en Bangkok, cuando decidió regresar a Santiago. Se la jugó completa. Entonces pololeamos y fuimos y volvimos de país en país con una relación más menos estable. Luego de dos años, firmamos un vínculo que reza que vivimos juntos en alguna calle cercana a Scalabrini, en Buenos Aires, con el que podíamos viajar de país en país de manera mucho más fluida en términos económicos, pero también porque nos queríamos, que fue lo principal. Lo que más me gustaba del documento era la palabra escribano, que es como llaman a los notarios en Argentina, porque soy fanático de la película El secreto de sus ojos, donde el tipo que descubre el patrón del asesino es un escribano que recita una vieja formación de Racing de memoria. “Un hombre puede cambiar todo en la vida menos su pasión”, dice el personaje de Francella antes de ir a cazar al criminal. Entre tanto viaje, ese amor a primera vista terminó con jet lag, desajustado, no tanto por la distancia sino por los proyectos distintos de cada uno. Las auxiliares de vuelo tienen un rasgo distintivo y es que son gente sin arraigo, que sueña con viajar a los lugares que paradójicamente visitan siempre. Tienen una vida de estrellas, encerradas en hoteles, asediadas por los pilotos y, luego de diez días fuera de su casa, creo que no saben a dónde pertenecen. A veces sentí que ella pertenecía a Chile o que yo pertenecía a Argentina. Cuando eso acabó, nos cansamos y terminamos. Pero el vínculo, con las firmas del escribano y las nuestras, sigue ahí, en algún archivador allende la cordillera.


Amor en marcha

Guillermo (28) y Tania (28)

Con Tania nos conocimos en la Universidad de Concepción. Yo estudié Sociología y ella Ciencias Políticas y Administración Pública y los dos éramos dirigentes estudiantiles. Me gustó porque tenía carácter fuerte, era muy decidida, pero también muy unida a su familia. Corría 2011 y empezamos a salir. Era el año en que las movilizaciones estudiantiles tomaron fuerza –con tomas, paros y jóvenes en las calles- y yo asumí como presidente de la federación de estudiantes de la UdeC. Una tarde de agosto, llevábamos poco más de seis meses de relación, nos estábamos preparando para participar en una marcha no autorizada, así que nos agolpamos en el Arco de Medicina de la universidad para empezar el recorrido. Hasta ese momento ninguno de los dos se había preocupado de ponerle nombre a la relación. Tania quería conversar conmigo urgente así que nos apartamos del grupo. En ese momento me dijo que estaba embarazada. Yo quedé impactado, no lo podía creer. Mencioné, al pasar, la palabra aborto como una opción para los dos. Pero sí, ella fue muy clara: “Voy a ser mamá contigo o sin ti”. “Conmigo”, le dije yo. Y justo después de eso tuvimos que salir arrancando porque estábamos a metros del guanaco. Días después yo estaba conociendo a su familia en una fiesta de disfraces y después se la presenté a mis papás. A los meses llegó Germán a nuestras vidas. Todo esto me hizo madurar, pero miro para atrás y si no hubiese sido por Tania nunca habría entrado al PC (ella ya era militante), y hoy soy la persona más feliz del mundo. Pronto nos vamos a casar. De ella admiro que es dirigente sindical, trabajadora, madre y compañera. Una tremenda mujer. Hoy vivimos en Santiago en un departamento con nuestro perro Güido y dividimos nuestro tiempo entre el trabajo, el partido y nuestro hijo Germán que nos acompaña en todo.


Baila conmigo

Felipe (28) y Polo (28)

Después de terminar una relación en la que sufrí mucho, como al mes salí a carretear con un amigo y nunca pensé que tendría tan mala suerte de encontrarme con mi ex. No pasaron ni dos segundos cuando apareció mi ex por la puerta, con todo su grupo de amigos en el cual nunca encajé, excepto uno a quien nunca había visto. Ese era el Polo. Entonces lo vi y pensé “pobrecito, no sabe en lo que se está metiendo”. Pasó el tiempo y en la fiesta de Año Nuevo me lo encontré de nuevo, cuando ya lo tenía en el radar. Estaba tan borracho que empecé a imaginar que me estaba coqueteando y que quería bailar conmigo, pero él en verdad estaba súper lejos y ni siquiera sabía que yo existía, todo era parte de mi imaginación. Yo le decía a mi amigo: “Néstor, fíjate, está coqueteando conmigo”, y él me decía: “Nada que ver, no está dando ninguna señal, está muy lejos”, y yo muy seguro: “Qué lata que no lo notes, qué lata que seas tan ciego. ¡Cacha, cacha lo que está haciendo! Es obvio que quiere llamar mi atención”, y en verdad solo estaba bailando igual que todos en el lugar. Mi amigo me decía “por favor bájate de la nube”, pero yo estaba seguro de que no era así. “Espérate una más y algo voy a hacer”, le dije. Y solo bastó que se diera media vuelta para que yo creyera que estaba enganchado de mí, así que me puse a bailar cerca, mientras mi amigo se moría de vergüenza. Entonces fui, pensando en pegarle una palmadita coqueta, discreta, simpática. El problema es que no me medí. En vez de palmadita coqueta fue una cachetada súper fuerte con la que llegó a saltar de dolor, y se da vuelta y me ve a mí, un tipo borracho y su amigo rojo de vergüenza ajena. Todo el mundo miró, pero nadie se percató de quién había sido. Entonces se acabó la canción y el Polo se fue. Se fue del carrete y me sentí súper mal. Me vino una caña moral muy fuerte, y al final lo empecé a psicopatear por Facebook hasta que me di cuenta que me gustaba. Era el enemigo, pero me gustaba, y cuando estaba borracho me salía el amor. Después de eso, fui con una amiga a una fiesta en Bellavista que era con temática de playa, entonces ella se puso chalas a pesar de que le dije que la iban a pisar y romper los pies. Dicho y hecho, se le salió una uña y no paraba de sangrar, así que fuimos al baño para que se limpiara el pie. Yo, como estaba borracho, me empecé a lavar la cara y de repente escucho que mi amiga empieza a hablar con alguien. Cuando me doy vuelta veo que era el Polo. Le pregunto a mi amiga de dónde lo conoce y me dice que no lo conocía, que era alguien que se encontró en el baño y voy y pienso “esta es la mía”. Me acerco y digo “Polo”. Él se da vuelta y me pregunta que cómo sé yo cómo le dicen sus amigos, y revelé todo. El alcohol me hizo contarle todo tal cual, que lo había psicopateado, que fui yo el que le dio una cachetada en el poto en la fiesta de Año Nuevo, pero que era porque quería bailar con él y después me sentí mal. En fin. ¡Todo! Y me dice, “primero que todo, en Año Nuevo sí caché que alguien me había pegado, pero pensé que tu amigo había sido porque estaba rojo y por eso me fui”. Me reconoció en ese momento que él también quería bailar conmigo pero todo ese malentendido llevó a lo otro. Después de eso nos pusimos a bailar, a conversar, y ya van cinco años de relación.

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