El silencioso retiro de Enrique Lafourcade

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Novelista, cronista y crítico implacable. A los 87 años —para la publicación de esta crónica en 2014—, el autor de Palomita blanca vivía días de calma en Coquimbo, junto a su mujer, Rossana Pizarro. Afectado de alzheimer, ya no escribía. Leía, escuchaba música clásica y paseaba por la playa.



Lo primero es un enorme portón de madera seguido por un pasillo de adoquines. Luego aparece un colorido jardín, colmado de arreglos florales hechos por el dueño de casa y, al fondo, una especie de templo con algunos ejemplares de su extensísima obra reposando en una mesa. Sentado en actitud de custodio junto a su mujer, Rossana Pizarro, vestido con un largo abrigo azul marino, una gorra blanca de marinero y un bastón tallado de madera, está Enrique Lafourcade. El autor de Palomita blanca luce más viejo. La piel blanquecina, venas púrpuras que surcan sus manos, ojeras, y sus ojos azules nublados por una capa viscosa. La mirada perdida. Esta vez no es un juego más de la memoria. Ya nada es ficción.

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Lafourcade vive en Coquimbo, lejos de la escena cultural de la que fue protagonista y animador. Del personaje cascarrabias, del polémico intelectual chileno, del odiado y admirado crítico implacable, poco queda. En octubre cumple 87 años y luce como un anciano adorable. Ido, pero presente, da su última gran batalla: resistir al implacable paso del tiempo.

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Enrique Lafourcade en 1971.[/caption]

Literatura y memoria

Lafourcade se mantiene bien. Todavía el alzheimer no se ha manifestado de una manera cruenta. Los médicos dicen que gracias a los medicamentos y en especial al trabajo intelectual que desarrolló a lo largo de su vida ha conseguido mantener cierta cordura. Sus expresiones, si bien desordenadas y faltas de sentido, son adecuadamente elaboradas. Cada vez que olvida una palabra de inmediato encuentra un sinónimo o metáfora para reemplazarla. No ha perdido la memoria completamente, pero ya no recuerda que es escritor, de hecho se sorprende al leer su nombre en la portada de sus libros. Rossana Pizarro relata que es usual que interrumpa alguna conversación de golpe para partir raudo en busca de un libro y leer pasajes que, según él, no deben olvidarse. Su biblioteca tampoco es la de antes. Pocos libros descansan en sus estanterías. "Eran tantos que debimos embalarlos en cajas ya que simplemente no cabían", cuenta ella.

En su estudio reposa un computador que únicamente ocupa su mujer. Cuadros y fotos penden de las paredes. En un lugar especial lucen sentadas, impecables, sus tres antiguas muñecas de losa. Su favorita representa a Rossana, claro.

El autor de El gran taimado ya no escribe. De vez en cuando anota frases en papeles sueltos, pero en su mayoría son textos sin sentido. Sí lee poesía, y mucha. Le es más fácil procesar y comprender la lírica, cuenta su mujer. Pero no todo ha sido tan sencillo. En varias ocasiones ha debido ser trasladado de urgencia a hospitales. Hace poco lo afectó una fuerte neumonía que lo tuvo al borde de la muerte. Asimismo, fue operado recientemente para extirparle un folículo canceroso en la piel.

Amistades y ritos

Pese a su carácter y su fama, Lafourcade tuvo muchos amigos. Así lo recuerda su hija Nicole, en un café en La Reina. "Cuando veía talento en alguien inmediatamente lo apadrinaba. Recuerdo especialmente al poeta Erwin Díaz y a Sergio Gómez. Era muy cercano a los de su generación. Con Jorge Teillier siempre se reunían. Era un hermano más. José Luis Rosasco fue otro de sus grandes amigos. José Donoso, antes de que se pelearan, fue muy próximo. Viajaban juntos, se reunían con Jorge Edwards, Antonio Skármeta, Alfonso Calderón, Nicanor Parra, Poli Délano, Braulio Arenas, Alejandro Jodorowsky, quien cada vez que viene lo visita. Tuvo también enemigos. Conocido es su conflicto con Raúl Zurita".

Nicole Lafourcade guarda recuerdos luminosos de su padre. Dice que fue un pésimo papá, pero un gran maestro y amigo. De él heredó el amor a la poesía y una filosofía de vida. "Siempre me dijo que no me quedara con lo establecido. Destroza todo y después arma tu propia historia. Estar vivo es no bostezar nunca", fue la lección que ahora ella transmite a sus tres hijos.

Encender la chimenea, tocar el piano, recitar e inventar cuentos, eran algunos de los ritos que más disfrutaba el escritor, dice la hija. "Él siempre me desafiaba. Recuerdo cuando me dio a leer a Anaïs Nin a los 12 años, lo que desató una fuerte pelea entre mis padres. Era un papá lúdico, es lo que más destaco. Siempre llegaban mis amigas a verlo. Lo querían mucho".

Ahora él es el consentido. "El paraíso que le ha creado en Coquimbo Rossana ha sido vital en su buen estado", dice Nicole. "Es conmovedora su manera de amarlo sin importar los 30 años que los separan y los 21 que llevan juntos. Ella le lee, lo cuida y protege".

No tiene hora fija para levantarse. Al despertar, realiza diversos arreglos florales y manualidades. También hace collages. Sus actividades y placeres favoritos son mirar las aves, observar el atardecer, caminar por la playa, escuchar música clásica, tomar helados y comer empanadas de queso. Siempre ha sido devoto de la buena mesa. "De hecho, gracias a La cocina erótica del Conde Lafourchette, ese personaje creado por mi padre que realizaba críticas de los mejores restaurantes de Santiago, comimos muy bien por largo tiempo", relata la hija.

El pago de Chile

Cuatro años lleva en Coquimbo. En este tiempo, ninguna autoridad del mundo de la cultura se ha acercado a saber de su estado de salud. En cambio, sí fue a visitarlo el embajador de República Dominicana, Pablo Martínez, impresionado por la lectura de su novela La fiesta del Rey Acab, inspirada en la figura del dictador Leonidas Trujillo, que circuló en forma clandestina en su país en los 60.

Varias veces candidato al Premio Nacional de Literatura, Lafourcade perdió esa carrera aún cuando debió recibirlo, piensa su hija. "Yo siempre le decía que aparte de su trayectoria como novelista, únicamente por su aporte cultural ya lo merecía. Eso sumado a sus columnas y críticas, donde radica su principal mérito. Fue un tremendo aporte y era necesario en un país como Chile, pero acá jamás se le reconoció como corresponde. Sí lo hizo el gobierno de Republica Dominicana", subraya. Después de su visita a Coquimbo, el embajador Martínez le otorgó una condecoración por su colaboración en la restauración de la democracia en su país. "Es el pago de Chile", asevera Nicole.

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Lafourcade en el programa Cuánto vale el show.[/caption]

¿Cuánto vale el show?

El rostro de Lafourcade se hizo popular gracias a ¿Cuánto vale el show?, programa emitido por televisión en los 80 y 90. Nicole cuenta que en aquella época tuvo serios conflictos con él. Recuerda que le enrostraba su dureza hacia los concursantes y, especialmente, su presencia en un programa tan tosco. "Una vez me dijo: aquí me pagan muy bien. ¿No te gusta estudiar?, pues así te pago la universidad, así que calladita mejor".

El poeta Erick Polhammer fue su compañero en el jurado del programa. Dice que Lafourcade no creaba un personaje, que realmente era así. Relata que en una oportunidad se enfrascaron en una fuerte discusión debido a la presentación de un obrero de la construcción. Fue tan fuerte el altercado que los mantuvo distanciados por cerca de cinco años. Ahora, sin embargo, aclara que ya todo está arreglado. Que lo recuerda con especial cariño. Como a un verdadero maestro. Un orador innato. Un intelectual de alcurnia.

Proyectos y afectos

Quizá es una de las facetas más desconocidas de Enrique Lafourcade, pero el novelista cuenta además con una vasta obra poética. Ya están en conversaciones con editoriales para publicar tanto su poesía como sus crónicas y críticas. Todavía no hay fechas ni contratos firmados, pero es un hecho que a sus más de 45 títulos publicados se le sumaran otros tanto.

El escritor aún es recordado por la gente. A él le agrada acompañar a su esposa a pasear al mall. "Es increíble, las personas lo reconocen y saludan, y Enrique lo nota y se alegra mucho", cuenta ella.

Ahora, sentado en su jardín, Enrique Lafourcade mira atento el horizonte. Son cerca de las ocho de la noche y ya comienza a oscurecer. De imprevisto el escritor apunta hacia el anaranjado horizonte justo en el momento en que sol se esconde tras la Cruz del Tercer Milenio. Sacando un vozarrón como el de antaño, declama: "Mirad cómo la mano de Dios toma el sol y lo sumerge hasta apagarlo en el infinito del océano".

Ya no había nada más que decir.

* Publicado originalmente en La Tercera el 20 de septiembre de 2014.

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