Walter Lezcano, autor de Días distintos: "Calamaro es un working class hero que se puso al servicio de las canciones"

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Andrés Calamaro.

Sobre la segunda parte de los noventa, Andrés Calamaro explotó su faceta como solista: dejó atrás a Los Rodríguez y construyó una triada de álbumes que atravesó el éxito, pero también sus límites corporales y los excesos. Walter Lezcano, poeta y escritor, admirador de ese período hiperprolífico, escribió un ensayo en el que vincula la obra más arriesgada de El Salmón con la peor crisis económica e institucional de la historia argentina.


Cuando Andrés Calamaro tuvo que definir Honestidad brutal, su red álbum, utilizó "Paloma" como plataforma para identificar los rasgos acaso esenciales de su arquetipo compositivo: "Canción con frases de ésas que me gustan…, detalle importante de mis canciones: la frase que se recuerda". Para ese 1999, sin embargo, en el radar aún adolescente de Walter Lezcano Calamaro era apenas sinónimo de "Mil horas", "Sin gamulán", "Sin documentos", "Me estás atrapando otra vez" —es decir, los greatest hits que acumuló como exAbuelo, como exRodríguez— y tal vez algo de Alta suciedad, su primera gran victoria como solista —es decir, le resultaba un artista efectivo "pero su música no alcanzaba a conmoverme de manera particular"—. "Paloma", precisamente, actuó como el gancho que hacía falta para convencer.

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De nuevo: 1999, año premonitorio de una de las mayores crisis económicas en la historia argentina, la música era ahora un lujo que muy pocos se podían dar, Calamaro se había inscrito dos años antes —por fin— como un eximio solista tras dejar Los Rodríguez y ahora presentaba quizás el álbum más ambicioso para la época —37 canciones— pero Lezcano no lo podía comprar. Recién, tiempo después, detrás de "Te quiero igual" y "Cuando te conocí", escuchó en la radio "Paloma" y sintió ese magnetismo inexplicable que suele unir a los artistas y sus fanáticos. Una tarde, mientras ingresaba a un Taller de actuación, la tarareó, una compañera lo escuchó, le sonrió y fue también el gancho para iniciar su relación amorosa. La anécdota es detallada en su libro, Días distintos. La fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro, que escribió casi dos décadas después. Allí, recoge la tesis de su autor, esa de "la frase que se recuerda":

—Al terminar la clase nos quedamos hablando de la canción —escribe—. A mí la parte que más me gustaba era "quiero llevarte conmigo y no voy a ninguna parte" y a ella "quiero vivir dos veces para poder olvidarte".

Walter Lezcano (Goya, 1979) es docente de Literatura, poeta y periodista. Además de Días distintos, suma a su haber varios libros de cuentos —Los wachos, La vida real—, novelas —Fractura expuesta, Rejas, Luces calientes—, ensayos —La ruta del sol. La trilogía de El Mató a un Policía Motorizado— y actualmente trabaja en un libro sobre Valentín Alsina, el primer disco de 2 minutos, que estrenará Vademécum en marzo de 2020.

—¿Por qué un libro sobre Andrés Calamaro?

—Me interesa intervenir la realidad del tiempo que me toca vivir, pensar mi época y reflexionar sobre procesos históricos –políticos y económicos- que estuvieron relacionados con la música. Y creo que el rock marcó de forma definitiva a esa generación que hizo su educación sentimental en los años noventa y vivió la última gran crisis argentina como una escalada descendente hacia el infierno social a todo nivel. Me parece que dentro de este panorama hacía falta hablar de Calamaro como esa voz que venía del mainstream pero estaba teniendo modalidades y actitudes que derribaban la escenografía mainstream: se volvió en muy poco tiempo punk, experimental y llevó a cabo estrategias del under y de otras artes (la literatura, la plástica y la política, digamos) para poder hacer sus canciones y fue atacado por eso. También sus canciones funcionaron como un soundtrack ineludible del periodo 97-2000 en esta parte del mundo. Su nombre siempre circuló pero nunca había sido tratado con la seriedad y profundidad que se merecía.

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Esta suerte de oda que Lezcano dedicó a —la mejor etapa de— Calamaro, sin embargo, dista de una biografía. A través de archivos de la época; testimonios de sus brothers in arms, Marcelo "El Cuino" Scornik, Augusto "Gringui" Herrera, Guido Nisenson y Jorge Larrosa; y una mirada que propone la trilogía Alta suciedad—Honestidad brutal—El salmón como un anticipo a la explosión política y social que vivió Argentina en 2001, el escritor tenía otras pretensiones: "Para mí la belleza está del lado de las mutaciones y lo monstruoso —explica Lezcano—. Nunca en esa zona de tranquilidad y repetición que se estableció desde el Poder de ciertos medios de comunicación. Desde esta perspectiva, quise hacer un libro que no se pudiera etiquetar ni ponerlo en un corral con facilidad. Ojalá haya podido crear un monstruo".

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—¿Qué ofreció Calamaro al público argentino con esta trilogía musical en plena crisis?

—Como dice Pappo: son muchos pensamientos para una sola cosa. En principio hay que decir que Calamaro demostró que para que una buena canción pase a ser materia de carne popular, e incluso pueda ser considerada arte, hay que actuar en el terreno del desborde y el exceso. Algo que, sabemos, profesaba gente como Baudelaire, por ejemplo. O sea: después de Alta suciedad, Calamaro utilizó el dinero del mainstream para intentar capturar una ilusión: la canción perfecta. Pero para llegar hasta ahí tuvo que generar toda una situación de camaradería, composición constante, toxicidad al límite y happening non stop. Quiero decir: Calamaro tuvo que correr todos los límites propios y personales para volver de ahí con grandes canciones. Creo que desde ese espacio lo suyo fue pura entrega y generosidad en un contexto socioeconómico de recesión, desabastecimiento y pobreza. Lo que demuestra que un artista puede intervenir a su modo políticamente sin hacer miseria tipo Bono. Un músico hace mejores canciones, un músico entrega una experiencia estética y un músico utiliza materiales circundantes para generar artificios trascendentes que le hablen a su tiempo y a los tiempos futuros. Considero que todo eso es lo que hizo Calamaro por esos años.

https://culto.latercera.com/2019/10/10/honestidad-brutal-calamaro/

—Te llevo a Honestidad brutal, que cumplió en abril 20 años. ¿Cómo llega allí? Tras un superdisco como Alta suciedad, el segundo más vendido en la historia de la Argentina. Y cómo representa -se va formando- este apocalypse now que mencionas en el libro.

Honestidad brutal fue un golpe en diversos frentes: un diario de duelo de una separación, una fiesta interminable como el Lost Weekend de John Lennon y el viaje de Calamaro para estar a la altura de los mejores discos de rock. Su ambición se volvió fructífera y conflictiva porque me parece que reaccionaba al éxito de Alta suciedad pero también miraba al futuro. Y en otro sentido se reclamaba un lugar en la historia grande del rock argentino. Un disco doble no es un montón de canciones frutos de un ego desmedido. Un disco doble es una obra que tiene determinadas características que no pueden ser expresadas de ningún otro modo que de esa manera y con ese tipo de decisiones. Es por eso que valía la pena hablar del disco, de las canciones pero además de cómo fue grabado que respondía a situaciones muy particulares e irrepetibles que atravesó Andrés.

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—A Calamaro, en Días distintos, lo retratas como un punk con una confianza ciega, con eso de no querer establecer ningún parámetro de calidad para una canción. ¿Cuándo comienza a florecer esa cara?

—Yo creo que empieza un poco antes de Honestidad brutal: con la publicación de los dos discos de Grabaciones encontradas donde se muestra la particular relación que Calamaro tiene con las grabaciones, con el estudio y con el encierro. Todo esto como parte de un todo creativo necesario. Lo que sucede con Honestidad brutal es que se pone de manifiesto, se hace explícito y utiliza un procedimiento (podríamos decir insalubre) que será llevado hasta las últimas consecuencias luego en El salmón. Considero que en ese aspecto Honestidad brutal es un clásico al que le costó encontrar su estatus de clásico porque, con el tiempo de nuestro lado nos dimos cuenta, funcionó como experiencia traumática que llevó indefectiblemente a El salmón. Pero hay que reconocer que no hay Honestidad brutal sin Alta suciedad. Es hija también de esa experiencia descomunal que a su modo le dio un cheque en blanco.

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—También lo llamaste un acumulador generoso: ¿por qué esa visión? ¿Se relaciona con el cambio que hubo con el sistema de trabajo compositivo desde Alta suciedad a Honestidad brutal?

—Si uno lo piensa en términos puramente capitalistas, se podría decir que antes de Honestidad brutal Andrés Calamaro era un operario eficiente de una empresa que siempre iba a pérdida. Es decir: por más que componía y grababa lo suyo era un sistema de trabajo habitual para el universo del rock. Lo que sucede con Honestidad brutal, y esto es cierto, es que un dique de contención se rompe y comienzan a manar las canciones sin que vayan a mediar con la categoría elitista, despreciable y siempre discutible de "calidad". ¿De qué hablamos cuando hablamos de "calidad"? Bueno, de responder a un Poder. Y ese poder es el que le entrega el músico a un otro: un productor, un técnico, el público. ¿Qué pasa con esto? Que las canciones van a otra velocidad. Desde que es creada una canción hasta que finalmente termina en un disco pasa mucho tiempo y, según Andrés, eso era perjudicial para la canción. En ese sentido, lo que hizo Calamaro fue respetar "la velocidad creativa del músico" y que las canciones no se manoseen tanto para ver si gustan o no. O sea: dejó de responder a un Poder inasible y se rindió ante su propia creatividad. Creo que ese cambio de actitud produjo en Andrés una generosidad inusitada como músico –de mucha entrega- y lo posicionó en otro lugar dentro del espectro rockero argentino: como una suerte de working class hero que se puso al servicio de las canciones y que el brote no se acabe nunca.

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—A partir de Honestidad brutal, sinónimo de campo de batalla en el texto, Andrés se cierra a las sugerencias, se hacen más evidentes los roces con Joe Blaney. ¿Cómo fue ese proceso, más allá de las motivaciones y los excesos?

—Bueno, hay números que dan una idea de la magnitud de la experiencia. Por ejemplo: disco doble, en el que quedaron 37 canciones de las 99 que estaban compuestas, grabado en cuatro estudios simultáneos durante casi un año, con incontables colaboraciones que van desde Pappo hasta Mariano Mores y Alejandro Sanz (que finalmente no quedó en el disco), con muchos estilos musicales abordados que son diversos y complejos, producido y terminado en dos continentes (América y Europa) y que si hubiera salido en los tiempos del vinilo hubiera sido un disco triple. Todo eso también forma parte de lo que hubo que hacer para llegar a ese puerto llamado Honestidad brutal. Una verdadera odisea.

https://culto.latercera.com/2019/10/10/andres-calamaro-mejor-disco/

—Daría la impresión que a Calamaro, versus otros próceres del rock nacional argentino, tipo Spinetta, Charly, Fito o mismo Cerati, se lo deja un poco de lado. ¿Lo ves así también?

—Mi idea al hacer Días distintos fue un poco eso: dar cuenta del espacio cultural (en un sentido amplío) que veía que Andrés tenía en nuestro país pero que no había podido ser reflejado de forma diáfana en la literatura rockera argentina. Por supuesto, que eso demasiado ambicioso. Sin embargo, quería intentarlo, quería ver si era posible. Por otra parte, son la clase de motivaciones que te llevan a escribir un libro (sea o no un ensayo): darle forma a algo que no existe en este mundo.

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Walter Lezcano.[/caption]

—En el libro mencionas las resistencias que generó su trabajo, la crítica desmedida, incluso, ejemplificaste con el tema de la rima consonante en sus canciones.

—En términos de visibilidad y de mercado, Calamaro no es un outsider. En el caso de que alguien, pongamos por caso que sean los críticos o eso que se llama la academia, no esté de su lado: el mundo es un lugar extenso como para que cada uno encuentre su placer. Andrés empezó un camino hace mucho tiempo y en este momento, me parece, que no necesita la legitimación de nadie. Es más, sus posturas cada vez se han puesto más confrontativas, en el sentido de pensar y reflexionar, con la sensibilidad de la época. Eso considero que es una muestra de libertad muy interesante de percibir en un artista masivo que se mueve con otras coordenadas dentro del rock de este tiempo.

—Bajo esa idea del artesano de canciones, del artista prolífico, ¿ves algo de ese Calamaro, el de final de siglo, en tu trabajo?

—Siempre me interesaron los artistas que interactúan con su época desde la intervención, la batalla y el trabajo constante, sostenido. Sean César Aira o Werner Herzog o Fassbinder o Roberto Jacoby o Calamaro o Robert Pollard. Creo que la pasividad frente a la realidad nos vuelve carne de cañón y presas fáciles de la miseria del poscapitalismo. En este sentido, la escritura es para mí una forma de confrontar con la época que me toca vivir en la tierra. No siento que tenga nada de estos artista que te nombré y de otros a los que admiro, pero sí que quiero acercarme lo más que pueda al hecho de destruir cualquier tipo de servicio para con la desidia y el sistema de relaciones imperantes. Básicamente, escribo porque no tolero ni soporto la vida tal cual está planteada desde el Poder (político, económico, social, de comunicaciones). Y confío en que la erótica de la palabra va a generar algo: conmoción, belleza, violencia o destrucción. Tengo una guerra personal contra el mundo y el lugar común.

https://culto.latercera.com/2019/10/10/blaney-calamaro-alta-honestidad/

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