Irène Némirovsky y Antón Chéjov, las vidas paralelas de dos almas rebeldes

Irène Némirovsky y Antón Chejóv

Irène Némirovsky y Antón Chéjov

La vida de Chéjov, es la concisa y apasionada biografía sobre el autor de Tío Vania que la escritora judío-ucraniana terminó poco antes de morir en Auschwitz. Su última edición en español –a cargo de la editorial Salamandra– ya se encuentra disponible. Para Némirovsky, Chéjov fue mucho más que de un simple referente literario. Lo consideraba como un verdadero maestro, aunque no llegaron a conocerse en vida. En efecto, sus existencias, paralelas pero no simultáneas, estuvieron cruzadas por la infancia solitaria, una enorme fortaleza interna y la muerte temprana.



Vidas paralelas. Esas son las palabras que utiliza Mercedes Monmany –crítica literaria española– para condensar el lazo que unió la existencia de Irène Némirovsky y Antón Chéjov, la autora judío-ucraniana responsable de La suite francesa y el célebre médico y prosista detrás de Tío Vania, una de las obras teatrales más importantes de la historia.

Aunque no alcanzaron a coincidir en vida –Némirovsky nació un año después de la muerte de Chéjov–, la pluma del ruso caló hondo en la vida de la escritora. Tanto así, que solía referirse a él como su maestro. Perseguida y exiliada de su tierra natal tras la revolución rusa (su padre era uno de los banqueros más adinerados del país) e instalada en París hasta la avanzada de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, sus 39 años de vida estuvieron cimentados entre la escritura, la lectura, el escape y el escondite.

Irène Némirovsky, autora de La suite francesa.
Irène Némirovsky, autora de La suite francesa. Créditos imagen: ROGER VIOLET

Tolstói, Dostoievsky y Pushkin fueron algunos de los grandes autores rusos en los que encontró refugio e inspiración. Pero ninguno de ellos como su “querido Chéjov”, a quien catalogó como “el más humano de los hombres”. Justamente, fue esa pasión y admiración hacia la vida y obra de una de las carreras más sustanciales de la literatura universal lo que la llevó a escribir la única biografía que versa en su catálogo.

Así, curtida de un conocimiento vasto de su obra y con una revisión extensa de la correspondencia asociada al ruso, Némirovsky se propuso la redacción de La vida de Chéjov, un libro breve pero detallista que narra la vida del escritor en clave novelística, pasando por su desdichada niñez en el puerto de Taganrog, las represalias de un padre ortodoxo y castigador, la compasión por una madre vulnerada, su arribo en Moscú y la tuberculosis que lo acompañó gran parte de su historia, y que terminó por quitarle la vida.

Una revisión que está lejos de ser imparcial, pues Némirovsky interviene en el anecdotario de Chéjov para analizar y comparar la agitada situación sociopolítica de Europa durante la segunda guerra con los últimos cuarenta años del siglo XIX, en los que creció el escritor. En la primera mitad de su texto, y para explicar las características de la Rusia campesina en los tiempos de Alejandro III, la autora establece un paralelismo que resulta clave: “El mal reinaba entonces, al igual que ahora. No había adoptado formas apocalípticas como hoy, pero la violencia, la cobardía y la corrupción estaban a la orden del día. Como en el momento actual, el mundo se dividía en verdugos ciegos y víctimas resignadas, pero todo era mezquino, estrecho, lleno de mediocridad”.

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En 1940, poco antes de la llegada definitiva de las tropas alemanas a Francia, Némirovsky ya tenía cerca de dos tercios de la biografía redactada, la que terminaría en septiembre de ese mismo año. Por esos días, un fragmento de su trabajo fue replicado en la revista Les Oeuvres Libres.

Inicialmente, su publicación estaba pensada para llevarse a cabo en 1942. Sin embargo, ese año ocurriría la desgracia: ya identificada junto a su marido con la estrella judía en sus brazos y relegada en Borgoña, Irène Némirovsky fue arrestada el 13 de julio para, después de unos días, ser exiliada a Auschwitz, donde murió de tifus a los 39 años (apenas un lustro de diferencia con la edad que tenía Chéjov al fallecer). Finalmente, y gracias a sus hijas, vio la luz de forma póstuma en 1946.

Infancias robadas

Antón Chéjov venía de una familia pobre y bastante embrutecida, siempre embrollada en constantes problemas económicos. Por su parte, Némirovsky nació en cuna de oro, sin ninguna necesidad material. Y aunque se trata de orígenes bastante opuestos, las similitudes biográficas son varias.

Dejando de lado el tema monetario, ambos tuvieron lo que la autora señala como “infancias robadas”, profundamente cruzadas por la soledad. El sentimiento que se manifestaba de distintas maneras: en Antón, a través de los constantes castigos físicos de su padre, las obligaciones laborales tempranas y un sentimiento de desconexión genuina con el resto de sus hermanos, al menos cuando pequeño. Mientras que en Irène, vinieron de la mano de una madre fría e indiferente que nunca se acercó a su hija.

Irène Némirovsky, autora de La suite francesa. Fotografía del archivo de su hija, Denise Epstein
Irène Némirovsky, autora de La suite francesa. Fotografía del archivo de su hija, Denise Epstein

En términos valóricos, el vínculo se torna mucho más evidente: se trata de dos autores de alma sensible y rebelde que se resisten a seguir la corriente y caer en lo mediocre. Mientras que Chéjov aguantó las precariedades y los múltiples fracasos antes del éxito, Némirovsky debió esconderse y escapar sigilosamente de la muerte en más de una ocasión. Además, como explica Monmany en el prólogo de La vida de Chéjov, ambos escritores representan a través de su obra un binomio que consigna dos realidades del territorio ruso en distintas etapas de su historia: la del exilio y la del abandonado territorio interior.

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