Billy Idol en Chile: el punk no está muerto

Billy Idol seguía sonriendo con los labios torcidos y empuñando las manos, algo sorprendido del reencuentro con la violencia inherente al punk que, al menos anoche en el teatro Caupolicán, evidenció que sigue vivo y odioso, como debe ser.



Billy Idol (66) está francamente contento a punto de iniciar el bis en el teatro Caupolicán, casi repleto la noche del jueves. Camina por el escenario sonriendo con su mueca característica, ese mohín cargado en los labios tan típico de él, y chicos como Sid Vicious en Londres hace 45 años.

“Los punks no están muertos”, proclamó un rato antes por su cuenta de Instagram, mientras relataba los incidentes que obligaron a suspender por casi media hora su debut en Chile, cuando transcurría apenas un tercio del listado de canciones, a la altura de Speed. Según su versión, la policía arremetió contra unos punks que intentaron ingresar al recinto sin boletos, repitiendo los incidentes del martes en el mismo lugar, en el show de la banda francesa de heavy metal Gojira.

La versión de la productora fue distinta, descartando la presencia de carabineros. Los guardias del espectáculo repelieron a las hordas descargando extintores en su contra, y ese aire habría contaminado la sala obligando a detener el número con el propio Billy Idol afectado por el aire sucio, en tanto unos cuantos asistentes debieron recurrir a las mascarillas, cada vez más olvidadas en la música en vivo, para contener la molesta picazón y la tos.

Finalizada la noche, el propio personal de seguridad revelaría que los protagonistas del ataque, junto con destrozar vidrios del frontis del Caupolicán, portaban material lacrimógeno.

Como bien dijo Billy Idol en IG, los punks no están muertos, a lo que podríamos agregar que las costumbres barbáricas de la vieja tribu de cuero negro y remaches, siguen intactas. Hubo violentas riñas en la galería y unos cuantos espectadores se descolgaron hacia la platea desde una altura considerable, con más de uno cayendo de espaldas. El ambiente en los alrededores antes del concierto presagiaba una cita agitada. Mucha cerveza en mano y otros consumos en la previa.

Musicalmente, Billy Idol sólo demostró la condición sexagenaria en el comienzo con el clásico Dancing with myself, de su banda original Generation X, con la voz aún algo fría. Acompañado de cuatro músicos, incluyendo al virtuoso Steve Stevens en guitarra, el sonido fue impecable y considerable. Ya en ese primer corte, Stevens hizo gala de su pirotecnia tocando el primer solo de la noche con el instrumento tras la nuca. Fiel a su estampa en los viejos videos de los 80, mascaba chicle con el rostro enmarcado en una cabellera negra y escarmenada.

Siguió el hit Cradle of love, la canción que cerró la racha de éxitos de Idol en 1990, para continuar con otro single memorable como Flesh for fantasy. A esas alturas, Billy Idol se había desnudado de la cintura hacia arriba para quedar sólo con la chaqueta exhibiendo las bondades del gym y una buena dieta. Su voz también ya se había afirmado, demostrando que el primer rock & roll -tal como pasaba con Sex Pistols y The Clash-, fue una poderosa influencia en el punk.

Luego vino Cage, parte de un EP que se publica el 23 de este mes, y de ahí la detención por los incidentes y el aire apestoso. Al regreso con Speed, Billy Idol estaba completamente recargado. Cuando llegó su mejor canción, el clásico entre clásicos de los 80 Eyes without a face, la comunión con el público fue perfecta gracias a una versión marcada por la guitarra acústica de Steve Stevens, y los giros hacia un riff endemoniado y un solo ululante.

Más tarde el guitarrista se lució con una demostración de habilidades de inspiración flamenca, con guiños a los clásicos de Led Zeppelin Over the hills and far away y Stairway to heaven.

El último tercio incluyó más éxitos en formato cover como Mony mony, original de Tommy James & The Shondells, y Born to lose de The Heartbreakers. En los minutos finales, otro repaso a Generation X con One hundred punks, y sus propios hits Rebel yell y White wedding.

Billy Idol seguía sonriendo con los labios torcidos y empuñando las manos, algo sorprendido del reencuentro con la violencia inherente al punk que, al menos anoche en el teatro Caupolicán, evidenció que sigue vivo y odioso, como debe ser.

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