El duelo en que Carrera mató a Mackenna: historia de una afrenta lavada con sangre

En noviembre de 1814, ambos patriotas se batieron en un duelo en Buenos Aires. Era el punto final de una serie de desencuentros cruzados por intrigas palaciegas y acusaciones de cobardía. Acá la historia de un episodio anecdótico, pero que revela con brutal claridad las tensiones en la interna de la elite partidaria de la independencia.



Esa tarde, apenas llegó hasta la posada de Los Americanos en Buenos Aires, el capitán Thomas Taylor preguntó por el brigadier Juan Mackenna O’Reilly. El marino norteamericano pasó hasta la habitación del irlandés y le entregó una esquela de desafío, escrita de puño y letra de Luis Carrera Verdugo. En esta, el coronel de artillería, hermano menor de José Miguel y Juan José, lo desafiaba a duelo para salvaguardar su honor. Un recurso extremo para una situación que no tenía vuelta atrás.

En la esquela, Carrera fue directo. “Usted ha insultado el honor de mi familia y el mío con suposiciones falsas y embusteras; y si usted lo tiene, me ha de dar satisfacción desdiciéndose en una concurrencia pública de cuanto usted ha hablado, o con las armas de la clase que usted quiera y en el lugar que le parezca. No sea, señor Mackenna, que un accidente tan raro como el de Talca haga que se descubra esta esquela. Con el portador espero contestación de usted”.

Era el punto cúlmine de una serie de desencuentros entre ambos. Mackenna, exasperado y cansado de los Carrera, tomó una pluma y respondió en el acto. “La verdad siempre sostendré y siempre he sostenido. Demasiado honor he hecho a usted y a su familia; y, si usted quiere portarse como hombre, puede tener este asunto con más sigilo que en Talca y el de Mendoza. Fijo a usted el lugar y hora para mañana a la noche; y en esta de ahora podría decirse, si me viera usted con tiempo para tener pronto pólvora, balas y un amigo que aviso a usted llevo conmigo”.

Un desencuentro con historia

Para cuando se lanzó el desafío, corría noviembre de 1814. En esos días, los patriotas chilenos mascaban la amargura del destierro tras el desastre de Rancagua (1 y 2 de octubre de ese año), pero entre ellos se cebaba la discordia. En Mendoza, las divisiones entre los bandos liderados por José Miguel Carrera (quien insistió y exigió en ser reconocido como jefe de estado con las tropas emigradas a su mando) y Bernardo O’Higgins, habían escalado a tal punto, que el gobernador de Cuyo, José de San Martín, se vio forzado a tomar una decisión.

Los Carrera culpaban a O’Higgins de la derrota en Rancagua. A su vez, el chillanejo sostenía que los Carrera no habían acudido al combate con suficiente energía y no ayudaron a salvar la situación. Fue entonces que un grupo de 74 oficiales chilenos tomó la iniciativa, y redactó una carta a San Martín en que se le pidió tomar acciones contra los Carreras. Sin rodeos, señalaron que “la imponderable cobardia de estos hombres no les dio lugar a otra cosa que a presentarse a diez o doce cuadras de Rancagua para entregarse luego a una fuga vergonzosa”. La tensión entre ambos grupos no escatimaba en palabras.

Pero San Martín ya tenía una decisión. Se había decidido por apoyar al bando de O’Higgins, en gran parte gracias al trabajo previo que Mackenna había realizado meses atrás. En julio de ese año, antes de la derrota en Rancagua, José Miguel Carrera había dirigido un golpe contra el gobierno encabezado por Francisco de la Lastra, y retomó la conducción del proceso independentista descontento con el rumbo de los acontecimientos, en especial por el Tratado de Lircay, firmado por O’Higgins con el brigadier español Gabino Gaínza.

Una vez en el poder, José Miguel ordenó el destierro a Mendoza de algunos de sus más enconados opositores, como Mackenna y Antonio José de Irisarri, vinculados por matrimonio con la familia Larraín, a su vez, rival de los Carrera. Pero apenas llegado a Cuyo, Mackenna no perdió el tiempo y consiguió entrevistarse con San Martín a quien informó de la situación en Chile y por supuesto, le dejó una muy mala impresión acerca de los Carrera.

Juan Mackenna

Por entonces, Juan Mackenna era un oficial respetado. Nacido en Irlanda en 1771, hizo carrera como ingeniero militar lo que le permitió emigrar a América donde sirvió bajo las órdenes del gobernador Ambrosio O’Higgins. Al momento de estallar la guerra de independencia, se sumó al bando patriota donde fue tutor militar y consejero de Bernardo O’Higgins, a quien estimaba mucho. Como además se casó con Josefa Vicuña Larraín, sus afectos políticos estaban muy alejados de los Carrera. De allí a que se volviera uno de sus adversarios más críticos.

El encono entre Mackenna y los Carrera ya acumulaba episodios previos. Fue en Talca, en enero de 1814, cuando el irlandés había enviado al gobierno de De la Lastra, un oficio en que solicitaba separar a los hermanos de los mandos militares tras culparlos de los reveses del Ejército patriota en la guerra contra los realistas. En el texto, el irlandés detallaba que los Carrera eran “tres jóvenes sin los menores conocimientos militares, ni políticos, sin valor personal, i sin mas cualidades de tiranos que la irrelijion i la inmoralidad (sic), se constituyen, mediante el abuso de cuanto haya sagrado entre los hombres, árbitros de la suerte de un millón de almas; reúnen en sí toda la fuerza; destruyen el Ejecutivo; insultan del modo mas grosero al Lejislativo; i concluyen con abolirlo”.

Por esos mismos días, Luis Carrera se encontraba en Talca. Enterado del informe de Mackenna y sus desfavorables palabras, le exigió retractarse públicamente o darle satisfacción en el campo de honor; es decir, batirse a duelo. Pero en esa ocasión, el vocal de la Junta de Gobierno, José Ignacio Cienfuegos, fue informado del asunto y avisó a las autoridades para que lo evitaran. En principio señaló que el mismo Mackenna le había revelado el reto de Carrera, pero luego se retractó. Ese fue el “accidente tan raro como el de Talca”, al que se refería Luis en la esquela.

General José de San Martín

A todo ello, se le debe sumar la progresiva tensión entre los patriotas en Mendoza. Tras conocerse la carta de los oficiales chilenos a San Martin, los partidarios de los Carrera, redactaron la propia para responder a los ataques. Pero fue en vano, el gobernador ya estaba decidido. Así, Juan José Carrera desafió a duelo a Mackenna, señalándolo como el responsable de instigar contra sus partidarios y su familia. Enterado del lance, y temiendo que una escalada de violencia entre los chilenos de la ciudad pudiera perturbar el orden público, San Martín se aseguró que esto no ocurriera.

Mientras, con la anuencia de San Martín, Juan Mackenna y Antonio José de Irisarri salieron para Buenos Aires a fin de informar al gobierno del Director Gervasio Posadas, sobre los sucesos de Chile y las tensiones suscitadas en Mendoza. Para no quedarse atrás, José Miguel decidió enviar dos emisarios propios con la misma tarea; así viajó Luis acompañado por el coronel José María Benavente. Alcanzó a salir a tiempo, ya que en Mendoza, harto de las tensiones, San Martín hizo arrestar a José Miguel y Juan José, a quienes expulsó e hizo remitir a la provincia de San Luis.

Juan José y Luis Carrera

Disparos a orillas del Río de la Plata

Historiadores como Barros Arana detallan que tras algunas reuniones, Luis Carrera pensó que el gobierno de Buenos Aires se inclinaba a favor de su bando, pero pronto cayó en cuenta de su error; los porteños aprobaban las acciones de San Martín. Las malas noticias no se detuvieron; para su desgracia, en esos días comenzaron a llegar a la ciudad algunos de los chilenos emigrados, los que hicieron circular las versiones que culpaban a los Carrera de lo ocurrido en el país. Más aún, los rumores apuntaban a que Luis cargaba consigo parte del tesoro público de Chile, por ello se iniciaron pesquisas que finalmente no llegaron a nada. Ahí, Carrera finalmente se hartó.

Los documentos de época señalan que en esos días, Luis Carrera y José María Benavente se hospedaban en un hostal conocido como la Fonda de Madame Clara, regentada por la mujer del capitán norteamericano, Thomas Taylor. Muy cerca de allí, en la posada Los Americanos, se alojaban Mackenna e Irisarri. Enterado de la presencia de sus rivales en la ciudad, fue entonces que Carrera le pidió a Taylor que le entregara la esquela de desafío a Mackenna. Cuando el irlandés aceptó, el mismo marino estadounidense se ocupó en ultimar los detalles; procuró conseguir caballos para cada contendor, los que debían llevar a un acompañante y un par de pistolas de su propiedad.

Pistolas de duelo

Durante el día, los duelistas mantuvieron una actividad normal para evitar cualquier filtración. Mackenna se ocupó en preparar las balas para sus pistolas, pero decidió no contar sobre el asunto a Irisarri y escogió como acompañante al capitán Pablo Vargas. Llegado el momento, recibió el caballo que le envió Taylor, acomodó las pistolas y avisó que saldría a visitar a su amigo, el almirante Guillermo Brown. Mientras, Carrera había dedicado algunas horas a practicar tiro con la pistola en la terraza de la posada. Hacia el atardecer cenó con Benavente, a quien no le reveló lo del lance. Al anochecer, avisó que iría a visitar a un inglés en la parte sur de la ciudad. En la calle se encontró con Taylor y el médico Carlos Hamphord, quien sería el árbitro.

El duelo se fijó para la noche del 21 de noviembre en un lugar llamado Bajo de la Residencia, donde hoy se ubica el Parque Lezama. Los contendores arribaron al lugar convenido y se saludaron con cortesía. Se cuenta que Vargas hizo ver que la luna apenas iluminaba por lo que era mejor retrasar el lance, pero los dos retadores no quisieron saber nada y decidieron batirse sin más.

El sorteo definió que los primeros disparos se efectuarían con las pistolas de Carrera. En una carta posterior, Taylor le relató a José Miguel los detalles del duelo. “Puestos ya en el sitio, y teniendo Mackenna a su lado a don Pablo Vargas, que le sirvió de padrino; saco el hermano de V.S. un par de pistolas y después de reconocidas y cargadas, las entrego a Mackenna para que eligiese una de las dos. Hecha la elección de la que le pareció mejor, y puestos a la distancia de 12 pasos se tiraron un pistolazo uno a otro a un mismo tiempo. Ninguno de los dos recibió lesión en este acto”.

José Miguel Carrera, retrato de Francisco Mandiola

Como a la primera descarga ambos retadores salieron ilesos, se intentó llegar a un arreglo. “En el intervalo de dos minutos, hubo una conferencia, en la que le hice ver a Mackenna, que puesto que se habían ya batido, y desagraviado con honor, se adoptase una reconciliación”, cuenta Taylor. Fue el momento en que la historia pudo cambiar; Luis señaló estar dispuesto a olvidarse del asunto y dejar todo hasta allí, pero con la condición que Mackenna se retractara públicamente de sus imputaciones contra los Carrera. Sin embargo, el irlandés fue tajante. “No me desdeciré jamás, antes me batiré un día completo”. Luis, irritado, le espetó: “Y yo me batiré dos”.

Entonces ocurrió la tragedia. “En esta ocasión eligió el hermano de V.S. una de las dos que llevaba Mackenna, y apostados del mismo modo que la vez primera, se descargaron un pistoletazo”, detalló Taylor. Una vez disipado el humo, se vio a Mackenna con el brazo en alto y la pistola cargada, dar un par de pasos antes de desplomarse. Vargas, corrió rápido a su lado. En el cuello la herida mortal. Cuando intentó hablar, le brotó la sangre de la boca. Su pistola no había disparado, pero Carrera le acertó el tiro en el dedo que acariciaba el gatillo, la bala se desvió y le atravesó la garganta. El doctor Hamphord lo declaró muerto. Tenía 43 años.

Rápidamente, acercaron a Carrera al moribundo, a quien le dio la mano en señal de reconciliación póstuma. Pero fue un momento tan breve como una exalación final; apenas Mackenna expiró, todos arrancaron del sitio. Taylor, previsor, sacó de la chaqueta del irlandés la esquela de desafío para evitar sospechas. A la mañana siguiente la noticia conmocionó a Buenos Aires y el cuerpo del brigadier fue sepultado bajo el altar de la pasión en el Convento de Santo Domingo.

Antonio José de Irisarri

A las pocas horas, Luis Carrera fue detenido como principal sospechoso. Pese a su coartada (tras el duelo fue a visitar a unos amigos y señaló que había pasado la noche con ellos), los intentos frustrados y las manchas de sangre en su chaqueta eran motivo suficiente. “Al día siguiente fue preso Lucho y se le seguía causa con todo rigor. Miller me avisó por un correo del suceso, y lo supe 80 leguas antes de llegar a Buenos Aires”, detalló José Miguel en una carta que le envió a su amigo, el exconsúl de EE.UU en Chile, Joel Roberts Poinsett. Mientras, Taylor y Vargas, los dos testigos principales, huyeron de la ciudad. Así, la justicia solo pudo recoger testimonios muy pobres sobre lo ocurrido.

Finalmente, por los oficios de José Miguel, se consiguió la libertad de Luis y todo acabó allí. “Después de una sesión de dos horas con el director, se decretó la libertad de Luis con la condición de que saliese a una chacra -detalla en su carta a Poinsett-. Todos nos fuimos a vivir a la de Borbones, que está en el camino de Barrancas; pero de noche venía Lucho y se paseaba a su gusto, porque lo consentía Posadas”.

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