Por Pablo Retamal N.Jaime Guzmán y el Festival de Viña: la historia del “hincha entusiasta” que defendió al Monstruo
El reciente perfil Animal Político, de Guido Arroyo, profundiza en el lado más ecléctico y desconocido del fundador del gremialismo. Desde su blindaje al certamen frente a las críticas de la élite en los años 80 hasta su fanatismo por Raffaella Carrá, Los Jaivas y la ópera, el abogado veía en la Quinta Vergara una crucial válvula de escape social y un fenómeno de masas clave para conectar con el sentir popular.

Si acaso el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar tuvo un defensor acérrimo, ese era Jaime Guzmán Errázuriz. El abogado, asesor de la dictadura militar de Augusto Pinochet, e ideólogo de la Constitución de 1980, salía al paso de las críticas cada vez que le era posible. En los 80, sobre todo en los años de bonanza económica, el certamen recibió críticas por su frivolidad y derroche de recursos. Pero ahí estaba Guzmán para sostenerlo.
Por ejemplo, en una columna para el diario La Tercera titulada Festival: fiesta que une, escribió: “En nuestro país, nos unimos fácil y solidariamente ante las catástrofes. (Si cada uno relata a los demás la forma en que, por ejemplo, experimentó un terremoto, es porque se trata de vivencias colectivamente compartidas). Sin distinciones de edades, de extracción socioeconómica o de tendencias políticas, las variadas incidencias festivaleras son temas de común conversación entre todos. [...] ¿Cómo no va a ser un grato acierto conseguir que anualmente, por algunos días, nos unamos en torno a la música, el baile, el humor y el espectáculo?“.

Ese aspecto es uno de los que rescata el reciente libro Animal Político. Un perfil de Jaime Guzmán (Debate), del investigador Guido Arroyo, en el que aborda la vida del fundador del gremialismo. Pero más allá del aspecto político del personaje, también profundiza en el vínculo que Guzmán tenía con el fútbol, pero sobre todo con la música y el Festival de Viña. Para Arroyo, ambos fueron elementos legados por su padre.
“Guzmán heredó de su padre su pasión por lo popular, en particular por el fútbol. Su acercamiento hacia el juego fue algo concreto, se recibió de árbitro profesional y analizaba el balompié de forma rigurosa y documentada. Incluso en una columna el año 1986, Guzmán advirtió que el uso de la revisión de cámaras para los árbitros sería, a futuro, algo impostergable de incorporar en los reglamentos, treinta años antes de que se instaurara el VAR. Su pasión por el festival, creo, proviene de su interés político por entender los fenómenos de masas. Tenía una vocación por ello, porque al entenderlos suponía una posible dominación del sentir popular. De ahí que amara el Festival de Viña y fuera un tipo que año a año intentaba estar al tanto de las tendencias musicales. Se ha hecho una caricatura –y un reel– de él mirando el show de Rafaella Carrá. Pero en sus columnas encontramos un manejo de lo pop y la música chilena emergente de su época. De hecho, figuras como Fernando Ubiergo, han dado cuento de ello. Hoy no existe un político de su sector que posea esa conexión".
Guzmán le daba mucha importancia a los medios y a la comunicación de masas, de ahí que, según Arroyo, defendiera con tanto entusiasmo al evento de la Gaviota de Plata. “En sus columnas defendía con vehemencia la necesidad de que los políticos se empaparan con los discursos de masas. Perdieran cierta gravedad, rompieran su esfera de cristal. Incluso se desprende una paradójica posición anti ‘élite’ académica, de la cual era parte. No creo que sintiera una contradicción alguna”.
De hecho, en 1983, año en que el país estaba sumido en una profunda crisis económica -arrastrada desde 1982-, el Festival de Viña tuvo nombres estelares como José Luis Perales, Víctor Manuel, Ana Belén, Paloma San Basilio, Emmanuel y en una decisión polémica excluyó a los humoristas, lo que generó la famosa protesta del comediante Willy Benítez, quien irrumpió con un tarro en el escenario. Por supuesto, las críticas al certamen arreciaron, sobre todo por el rumor que indicaba que se contrataría al venezolano José Luis Rodríguez, “El Puma”, por la astronómica suma de US$30 mil dólares, pero en una columna en El Mercurio, Guzmán a su vez criticó a quienes disparaban.
“Siempre he sentido desconfianza hacia los intelectuales, son en general acérrimos adversarios del Festival de Viña [...] repudian dichos acontecimientos con vehemencia. Y acusan a los medios de comunicación social de contribuir a degradar la cultura por la excesiva relevancia que confieren a los referidos espectáculos. A esos críticos intelectuales de profesión, se suman otros: los intolerantes que no aceptan el éxito de lo que a ellos no les gusta, y los resentidos, a los cuales les molesta cualquier éxito ajeno. Y sobre todo estos últimos, en Chile se dan abundantes”.
Y a continuación, pasaba a la ofensiva: “Deseo declararme, como millones de chilenos, un hincha entusiasta de este espectáculo. Un hincha a quien le gusta vivirlo en la misma Quinta Vergara, año a año y noche a noche”. Ese año, la Gaviota de Plata se la llevó una canción que se convirtió en himno: Alma, corazón y pan de Gervasio.
Incluso, Guzmán se dio el lujo de defender al temido “Monstruo” del certamen. “En un par de columnas defiende la identidad censora del monstruo -dice Arroyo-. Visualiza que su actuar es una manifestación popular legítima. Algo así como la canalización crítica de un país que, estando sumido en represión, poseía una válvula de escape. Su defensa se radicalizó los años donde más protestas suscitaba el régimen y el festival, entre 1986 y 1988, dando cuenta de su deseo por sostener el orden de las cosas”.

Ecléctico y popular
¿Y cuáles eran los gustos musicales de Guzmán? esencialmente, la ópera. “Hay una anécdota que sintetiza ese gusto -comenta Arroyo-. Solía reunirse con Jorge Alessandri a oír y comentar óperas. La relación de Guzmán y la música docta posee larga data. De pequeño, motivado por su abuela, practicó piano en el Conservatorio y de adolescente solía asistir a oír música clásica".
“Entre los papeles que guardó hasta su muerte, se encuentra la programación de un concierto extraordinario que se realizó para la Fuerzas Armadas el 18 de septiembre de 1974 en el Teatro Municipal de Santiago, que incluía, entre otras, la Misa de Coronación de W.A Mozart y la pieza incidental para el drama Egmont, del Goethe".
Pero Guzmán, siempre atento a lo masivo, también tenía gustos en lo popular. Ante todo, era un hombre bastante ecléctico. Sobre todo, le gustaban la italiana Raffaella Carrá (¿le habrá importado que en 1977 la boloñesa dijera que siempre votaba comunista?) y el cantautor nacional Fernando Ubiergo. Incluso, en la edición del Festival de 1978, la que justamente Ubiergo ganó con la inmortal El tiempo en las bastillas, Guzmán se dio el tiempo para visitarlo y compartir con él.
“También le gustaban Los Jaivas, Zalo Reyes, Sandro, Florcita Motuda, Miguel Bosé o Ray Coniff -agrega Arroyo-. Creo que le interesaba mucho estar al tanto de los fenómenos populares. Oír lo que estaba de moda. En sus comentarios anuales sobre el festival, solía destinar adjetivos sobre los cantautores chilenos emergentes”.

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