Por Felipe RetamalLa falsa invención del “Roto Chileno” en homenaje a la batalla de Yungay (y cuál fue el real origen)
Cada 20 de enero, la figura del “roto chileno” vuelve a escena como símbolo de la victoria en Yungay y del heroísmo popular. Pero esa imagen —tan arraigada como discutida— no surgió en el fragor de la batalla, sino en una operación posterior de memoria, monumentos y discursos. Acá, revisamos la historia de una invención cruzada por las tensiones del Chile moderno.

Trepados hasta las copas de los frondosos árboles en la Alameda de las Delicias, los muchachos y entusiastas de turno no deseaban perderse detalle alguno. El jueves 19 de diciembre de 1939, el ejército restaurador, al mando del general Manuel Bulnes, regresaba victorioso desde la campaña contra la Confederación perú-boliviana.
Bulnes, al decir del cronista Rafael Carranza, acampó días antes junto a sus tropas en la zona de Chuchunco (en la actual Estación Central), en la casa colonial de la familia Ruiz-Tagle. Ahí recibió visitas ilustres. “S. E. el Presidente de la República, Excmo. señor General don Joaquín Prieto con sus Ministros y rumbosa comitiva llegaron hasta esa hermosa mansión campestre a saludar al ínclito vencedor", cuenta.
Al hacer ingreso por la Alameda, Bulnes fue recibido por una ciudad embanderada y entusiasta por el triunfo. Carranza detalla que desde los balcones, hubo quienes lanzaban flores a las tropas y en un arco de triunfo se leía la inscripción: “Al Ejército y a la escuadra de la República chilena por sus triunfos en Matucana, Buin, Casma y Yungay”.

El triunfo de las armas de la naciente república chilena, con los años originó uno de sus mitos fundacionales: el “roto chileno”. El hombre popular, el peón, el gañán, el trabajador minero que marchó a la guerra y que con fusil en mano se batió con heroísmo en la contienda, sumando laureles a la gloria de la nación.
La idea se volvió carne con la inauguración del llamado “monumento al roto chileno”, esculpido por Virginio Arias e instalado en el corazón del barrio Yungay, de Santiago. Ahí fue donde se hizo indivisible el concepto con el aniversario de la batalla de Yungay, librada el 20 de enero de 1839. Una suerte de ícono de la chilenidad, con olor a tierra, campo y pólvora.
Sin embargo, aquella idea fue una construcción posterior. Un mito histórico. Así lo asegura el historiador Gabriel Cid, un estudioso del concepto del nacionalismo, quien ha investigado el suceso. En su visión, la asociación del “roto” a la victoria de Yungay fue muy posterior a los hechos y en la época el concepto ni siquiera se usó. En otras palabras, “el roto chileno” no surgió en 1839.

“En mi libro La Guerra contra la Confederación. Imaginario nacionalista y memoria colectiva en el siglo XIX chileno (2011) probé de manera contundente el error de asociar a la figura del roto chileno con la batalla de Yungay. No hay documento alguno donde se hable de esta figura popular en el contexto de la Guerra contra la Confederación (1836-1839). Ninguno, y me gustaría ser lo suficientemente enfático en este punto. Podría desafiar a cualquier a encontrar una fuente de esos años que desmienta este aserto. Existiendo el concepto de roto, nunca se le asoció con esa guerra“, dice Cid a Culto.
Más aún, Cid propone que la idea del “roto chileno” como una exaltación del sujeto popular, en realidad nació en otra coyuntura, la Guerra del Pacífico. “Las primeras invocaciones en clave abiertamente positivas respecto a un epíteto que tendría a ser peyorativo con las clases populares, se dio a fines de 1879, en el marco de la campaña de Tarapacá. Allí se le exaltó como el rostro mestizo del ejército chileno, responsable de sus victorias debido a su abnegación y heroísmo. Desde ese momento, y solo desde ese momento remarcaría, el roto ingresó al imaginario chileno como héroe colectivo y símbolo de la nación”.
De los rudos mineros del batallón “Atacama”, a los peones y huasos de las tropas de línea, fue este sujeto popular, con fusil y corvo, el que escaló los cerros de Dolores, atravesó el desierto en Ilo y conquistó el Morro de Arica. Por ello, para la sociedad de entonces, era innegable que el “roto” era el personaje clave de la guerra.

“El roto chileno surgió como un ícono bifronte, al ser ícono de clase y símbolo racial -explica Cid-. Servía para hablar de las virtudes patrióticas de los sectores populares como para articular un discurso de superioridad racial del mestizaje chilena frente a cholos e indígenas bolivianos. Especialmente se destacaban virtudes que el roto patrimonializaba: abnegación sacrificial por el país, desinterés material al servir por el país, bravura, gallardía y virilidad, cualidades bélicas inigualables en el continente, resistencia física, generosidad, etc. Fue un ícono clave para encarnar la idea de nación en armas, y de la movilización popular y desinteresada en pos del esfuerzo de guerra que había posibilitado el triunfo nacional”.
Un factor a considerar, es que al momento de estallar la Guerra del Pacífico, en abril de 1879, de alguna forma se reavivó el recuerdo de la campaña de Bulnes de 1839. “Fue un recuerdo simbólicamente poderoso y permanentemente evocado -explica Cid, quien ha estudiado el fenómeno-. Sirvió para reforzar la idea de que el conflicto de 1879 era una actualización de una lucha secular con enemigos encarnizados del país, y que, tal como en 1839, la victoria debía ser nuevamente chilena”.
De allí que, mientras llegaban del norte las noticias de la guerra, se echara mano al recuerdo. “En cada celebración el Himno de Yungay se entonaba. Obras como las de Gonzalo Bulnes sobre la Guerra de la Confederación, publicada a 1878, adquirió un grado de vigencia insospechada por el conflicto. El 20 de enero, que se dejó de conmemorar en Santiago a inicios de los 1860, fue reinstalado momentáneamente como día festivo en diferentes partes del país mientras duró la guerra".
Entonces queda abierta la interrogante ¿cómo acabó asociándose al “roto chileno” a la batalla de Yungay? para Gabriel Cid, hay una explicación. “En 1887 los vecinos de Yungay quería cumplir la promesa realizada en 1839 por el gobierno de erigir en la plaza del barrio un monumento alusivo a la victoria en Pan de Azúcar. Para ello, los vecinos pensaban en trasladar el monumento existente en la Quinta Normal, una mujer a la usanza clásica coronada de laureles. En torno a esa figura se pondrían medallas alusivas a los héroes más importantes de 1839″.
Ahí ocurrió la situación clave. “Las autoridades no cedieron el monumento deseado, y en su lugar, se ofreció el monumento de un soldado de la guerra, la escultura en bronce de Virginio Arias, Un héroe del Pacífico -sigue Cid-. Esta había obtenido una mención honrosa en el Salón de París de 1882, y luego una medalla de oro en la Exposición Nacional de 1884. La estatua, inaugurada en 1888, sirvió para exaltar al roto chileno y, de ahí en más, la asociación con el 20 de enero. Esto refleja la fuerza simbólica de los monumentos para fijar imaginarios históricos, más allá de su precisión".
La asociación del “roto” con la victoria de Yungay pervivió en el tiempo, incluso la efeméride se siguió celebrando con los veteranos del 79′. Pero la gloria de aquel personaje, comenzó a menguar. “En el cambio de siglo, con la expansión del movimiento obrero y el recrudecimiento de la cuestión social, exaltar a un ícono popular desfavorecido, admite lecturas más bien críticas -dice Cid-. Entonces, el roto puede ser movilizado, y de hecho se moviliza, para construir discursos antioligárquicos, discursos de denuncia social, más que de exaltar a la nación”.

De allí a que el personaje de la Guerra ya no será el “roto”. Aunque el conflicto había consagrado un panteón de héroes individuales (Arturo Prat, Manuel Baquedano, Carlos Condell, etc), faltaba una nueva imagen que encarnara un colectivo. Y en el contexto del centenario de la República, apareció el recuerdo de lo ocurrido en el feroz combate de La Concepción, el 9 y 10 de julio de 1882, en la sierra del Perú.
“Es una necesidad histórica de la época -dice Cid-. Ve en estos 77 soldados la significación de la nación en armas. Dicho en otros términos, aquello que Prat había llevado en términos de valor individual, estos 77 son jóvenes de todas las clases sociales; desde un joven curicano hasta un descendiente de un héroe de la independencia, y mueren todos. En el contexto del centenario surge la idea de que si queremos exaltar a la nación en armas y el heroísmo colectivo, entre el roto, que permite lectura más bien crítica sobre la nación, y esta inmolación colectiva, vamos a privilegiar esto”.
De hecho, el doliente monumento a los Héroes de la Concepción, una obra de Rebeca Matte, es precisamente de esos años. Fue inaugurado en 1922, con presencia del presidente Arturo Alessandri Palma. El “roto” se quedaba entonces como un recuerdo enclavado en el barrio Yungay.
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