Vacaciones escolares y universitarias
Es pertinente preguntarse si existe margen para acercar las vacaciones de invierno de colegios y universidades, como también evaluar de qué forma se pueden integrar mejor los descansos con criterios sanitarios, familiares y pedagógicos.

Cuando ya están a punto de concluir las vacaciones de invierno para la mayoría de los colegios a nivel nacional, el grueso de las universidades se apronta a iniciar sus propios recesos, generando un desfase que seguramente ocasiona más de algún trastorno logístico en familias que simultáneamente tienen hijos en colegios y en la educación superior. En general ya se ha asumido este descalce como un hecho de la causa, pero valdría la pena preguntarse si hay formas de volver a tener un calendario en que las vacaciones de ambos estamentos a lo menos encuentren algún punto de intersección -como solía ser hasta hace algunos años- y en forma conexa revisar si es que hay formas de estructurar mejor los períodos de descanso escolar y universitario, de modo que estos también estén en función de objetivos pedagógicos y no solo recreacionales.
Desde luego, hay una primera dificultad práctica para tratar de ordenar mejor los periodos vacacionales, porque mientras en el caso de los colegios es el Ministerio de Educación el que fija las fechas a nivel nacional, en el caso de las universidades existe total autonomía para ello, donde en la práctica lo habitual es que cada institución tenga períodos que comienzan en fechas distintas y con duraciones muy variables, algo que en sí no resulta reprochable, pero que no obsta para preguntarse por las razones de tal nivel de dispersión.
La razón de por qué las vacaciones escolares se han ido adelantando hacia junio -cuando lo tradicional era que abarcaran parte de julio- parece responder sobre todo a razones sanitarias. Primero fue la pandemia, para tratar de aliviar la presión sobre los sistemas de salud, pero luego parece haber primado el criterio que con vacaciones antes de julio se podría ayudar a descomprimir el cuadro de contagios por enfermedades respiratorias. Es razonable por lo tanto que en este debate se tengan a la vista razones de orden sanitario, pero para efectos de una discusión más informada sería bienvenido conocer si la autoridad de Salud posee datos sólidos que avalen que junio es un mes más apropiado para el receso escolar en vez de julio. Cabe tener a la vista que los desacoples entre las vacaciones escolares y universitarias no solo pueden tener efectos en la vida cotidiana de las personas, sino que también puede generar algunos impactos en otras actividades, como el turismo, y por eso vale la pena explorar si hay margen razonable para acortar estas brechas.
Revisar de manera más amplia cómo se estructuran los periodos de descanso es sin duda pertinente, porque finalmente lo deseable sería contar con un sistema que armonice bien los objetivos sanitarios, las necesidades de las familias y también los aspectos propiamente pedagógicos, lo que hoy no ocurre. Así, por ejemplo, se echa de menos un debate sobre lo extenso de nuestras vacaciones de verano -hay evidencia que indica que con tantos meses de inactividad los niños pueden caer en desaprendizajes-, y si acaso no sería razonable que una parte se distribuyera en otros momentos del año. También nos deberíamos interrogar si los periodos semestrales son los más indicados, o si en cambio periodos trimestrales permitirían mayores grados de flexibilidad, y por supuesto tampoco se debería desatender que la actual dinámica lleva a que el primer semestre académico sea más corto que el segundo, y cómo ello impacta en la distribución de las cargas académicas.
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