Columna de M. José Naudon: La embriaguez de Giorgio

Las declaraciones de Jackson no deben ubicarse en el, cada vez más extenso, listado de errores y disculpas del gobierno, pues aquí hay algo mucho más profundo.




El crispado ambiente electoral de nuestro país tuvo el miércoles pasado un nuevo episodio crítico. En el contexto de una conversación “apolítica”, el ministro Jackson lanzó un disparo al corazón de la izquierda: “Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió (…), estamos abordando los temas con menos eufemismo y con más franqueza”. Agregó también, que “tenemos infinitamente menos conflictos de interés que otros que trenzaban entre la política y el dinero”, y explicitó algunos contenidos de la propuesta constitucional.

Los efectos no se hicieron esperar. Las recriminaciones por su arrogancia y superioridad moral, así como las consecuencias políticas, activaron una operación rescate en el gobierno. Ese mismo día el Presidente y algunos ministros salieron a controlar los daños y aclararon que lo que realmente el ministro quería decir era que “vivimos en épocas distintas, ni mejores ni peores, épocas distintas” y resaltaron la relevancia de la “construcción conjunta”. El mismo implicado, mediante un tuit, hizo sus descargos y argumentó que en el contexto de una larga conversación “me expresé mal sobre algunas ideas políticas” y ofreció disculpas.

La pregunta pendiente es: ¿por qué comete Jackson este error garrafal? Apelar a la juventud me parece insuficiente. El ministro es joven, pero tiene suficiente experiencia para poder evitar baches como este. La arrogancia y la superioridad moral pueden ser una línea de interpretación, pero no resuelven el tema de la oportunidad. Un arrogante puede también ser estratégico y ocultar su sensación de superioridad hasta vistiéndose de humildad. ¿Un acto fallido? ¿Una «traición» del inconsciente que termina por mostrar los pensamientos que se guardan en la trastera de la mente? El caso tampoco parece adecuarse a esto: las declaraciones estuvieron por completo en el consciente y por mucho tiempo.

Más convincente me parece la teoría de la “embriaguez emocional”. Fue el clima generado en ese diálogo el que moduló al ministro. Al igual que el alcohol, los entornos pueden influir sobre las defensas con las que funcionamos. Más formalidad, más tensión, más sensación de evaluación permiten que todos nuestros controles cognitivos y nuestras defensas permanezcan activadas. Por el contrario, el ambiente distendido, la sensación de confort, el clima cálido y relajado permiten una sintonía emocional con el otro que hace caer las defensas. El efecto de contagio emocional hace que las personas pierdan la mirada de contexto amplio y se sientan en uno pequeño y aparentemente protegido. En este sentido, lo “apolítico” del ambiente operó como distorsionador del entorno. Es cosa de ver el video y observar cómo Jackson, con gorro naranjo, va poco a poco olvidando al ministro y dejando salir al dirigente estudiantil. El problema es que el líder universitario o el diputado díscolo ya tuvieron su tiempo.

Entonces una segunda pregunta: ¿Lo que dice Jackson, embriagado emocionalmente, es lo que piensa luego en la resaca? O dicho de otra manera: ¿podemos creer sus disculpas? La respuesta es no. Aquí lo que falló fue la alarma, no las estructuras lingüísticas, ni el contenido. Nadie se ha expresado mal. Simplemente se ha errado en la oportunidad para decir lo que se siente verdadero. La embriaguez emocional no incapacita el control de las acciones, por el contrario, conforme avanzamos en ella, cada vez nos es más clara la verdad detrás del velo, pero, al mismo tiempo, somos menos capaces de medir las consecuencias. Por esta razón, las declaraciones de Jackson no deben ubicarse en el, cada vez más extenso, listado de errores y disculpas del gobierno, pues aquí hay algo mucho más profundo.

Lo mismo ocurrió a la ministra Siches durante la pandemia cuando, siendo la presidenta del Colegio Médico, habló de los infelices, de estar en guerra y terminó haciendo un grotesco gesto con la mano. Ellos en realidad no se disculpan por lo que dicen, sino por haberlo dicho fuera del redil, donde estos pensamientos son por todos compartidos. Tan cómodo estaba el ministro Jackson en ese encuentro como incómodo estaba en su tuit excusándose. El primero es él, el segundo no.

Entonces, es imposible no hartarse: llevamos demasiados meses con un gobierno de arrepentimientos estratégicos, refugiado en lo simbólico sin dotarlo de contenido, de giros contradictorios sin explicaciones plausible. Parece absurdo seguir gastando paciencia en excusarlos.

Pero lo que resulta aún más alarmante es que si frente a esta modesta embriaguez emerge este “súper yo” mesiánico, el efecto embriagador de un eventual triunfo en el plebiscito puede ser devastador. Resulta imposible creer que en la algarabía del éxito estas mismas personas vayan a promover las reformas que piden esos sectores y generaciones que, en el fondo, desprecian, y cuyo ethos no comparten. Puertas adentro habrá que seguir gobernando, pero puertas afuera la distancia ya se hizo evidente y esa verdad afecta la ya difícil viabilidad del apruebo para reformar. Una cosa es clara: hoy ya no podemos confiar.

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