El arte en la era de la corrección política: opinan tres escritores

Lo que el viento se llevó fue retirada de la plataforma de HBO y reintegrada con una leyenda contextualizadora.

Autores cancelados, obras y películas retiradas o contextualizadas: una nueva sensibilidad se instaló en el ambiente cultural y hoy la creación artística parece presionada a no incomodar ni ofender. Opinan la escritora argentina Ariana Horwicz, la escritora y editora Claudia Apablaza y el escritor Rafael Gumucio.




En la reunión, algunos estallaron en llanto. El lunes la editorial Penguin Random House Canadá anunció la publicación del nuevo libro del sicólogo Jordan Peterson, el profesor “contra la corrección política”. La noticia conmocionó a los empleados de la compañía. En una reunión con la gerencia, los trabajadores protestaron y algunos lloraron. En declaraciones a Vice World News, acusaron a Peterson de ser un icono de los discursos de odio y de la supremacía blanca. Alguno dijo que sus libros habían radicalizado a su padre y otro argumentó que la publicación afectará negativamente a un amigo no binario.

Beyond Order: 12 More Rules for Life es la secuela de 12 reglas para la vida, el exitoso libro de Peterson. Y si bien los trabajadores aún no leen la nueva obra del sicólogo contrario al feminismo, están convencidos de que no debe publicarse. Naturalmente, encontraron respaldo en las redes sociales.

El caso recuerda lo que ocurrió con las memorias de Woody Allen, canceladas por su editor Hachette luego de una huelga de sus empleados. Del mismo modo, el personal protestó por la publicación de Ickaborg, el nuevo libro infantil de J.K. Rowling, por sus comentarios en torno a las mujeres transgénero.

Tras vender 5 millones de copias de 12 reglas para la vida, es improbable que Penguin Random House desista de publicar la secuela. Pero algunos se preguntan qué pasaría en una situación similar con autores menos populares.

Aun con sus matices, estos tres casos parecen confirmar una sensación que hace un tiempo se respira en el mundo cultural: los crecientes aires de corrección política que asedian al arte y el pensamiento. Si la creación artística solía desafiar la moral y las opiniones de su tiempo, hoy parece presionada a no incomodar ni ofender por una nueva sensibilidad social.

No es un fenómeno reciente. Desde los años 80 el discurso de la corrección política creció en los campus universitarios de Estados Unidos y desde allí se trasladó a la cultura. En su novela La mancha humana, Philip Roth describió el problema a través de la historia de Coleman Silk, un venerable profesor universitario que pierde su empleo, luego de una trayectoria brillante, por mencionar dos palabras (“humo negro”) para referirse a la ausencia de dos alumnos.

“Las ideologías que se han puesto de moda recientemente desafían nuestro derecho a escribir ficción”, dijo en 2016 la escritora Lionel Shriver, quien entonces expresó su deseo de que la “apropiación cultural” fuera una moda pasajera.

Cuatro años después la discusión en torno a estas tensiones se acrecientan. En Estados Unidos se formó un directorio de sensitivity readers, escritores sensibles clasificados según su especialidad: “mujer queer”, “mestizo bisexual”, “judío ortodoxo”, etc. Ellos ofrecen sus servicios profesionales a los editores o a los autores para identificar elementos problemáticos relativos a género, raza o cultura. Para algunos, se trata de una velada censura.

Apropiación cultural, falta de diversidad, misoginia o racismo encubierto son algunos de los argumentos que se esgrimen hoy para escrutar las obras de arte. Bajo esta mirada, clásicos literarios como Huckleberry Finn, El guardián entre el centeno y Matar a un ruiseñor han salido de las salas de clases en Estados Unidos, aun cuando son obras que buscan precisamente combatir las discriminaciones. Con la misma elocuencia, desde el feminismo hoy rechazan a Pablo Neruda, quien narró una violación en sus memorias.

Bajo esta luz, el clásico de Hollywood Lo que el viento se llevó recibió acusaciones de racismo y hace unos meses la plataforma de HBO decidió retirarla y reponerla con una leyenda contextualizadora. En medio de este ambiente, conmocionado por el asesinato de George Floyd en mayo, un grupo de destacados intelectuales publicó una carta abierta en Estados Unidos contra la intolerancia en el debate público. La firmaban Salman Rushdie, Margaret Atwood, Noam Chomsky, Francis Fukuyama y la propia JK Rowling. En nuestro idioma, el escritor Javier Cercas acusó la imposición de un “puritanismo de izquierdas”.

Consultamos a tres autores si vivimos en una era de corrección política, si esta es favorable al arte y si el arte más atrevido podría estar en riesgo en este clima moral.

La escritora argentina radicada en Francia, Ariana Harwicz

Ariana Harwicz: “Si el arte no rompe con todo es un discurso más”

Autora de una obra audaz y controversial, la escritora radicada en Francia ha observado cómo la corrección política ingresó al ambiente cultural. Con el título Escritores y editores de rodillas, firmó un artículo a mediados de año en el suplemento Babelia del diario El País. La autora de Matáte, amor y Degenerado propuso en Twitter: “Alguna editorial debería sacar el ‘Diccionario de eufemismos para el escritor profesional del siglo XXI’, explotación comercial de lo políticamente correcto”.

¿Vimos una era de corrección política? ¿Cómo ha sido su experiencia?

Con mis primeras tres novelas no tuve dificultades. Todavía no estaba este exceso, este viraje hacia una ideología casi totalitaria, fascista de la corrección política. Cuando escribí Degenerado, el año pasado, ahí sí lo sentí. Es imposible para cualquier escritor, por más ermitaño que sea, aunque la escritura tiene ser siempre un acto anárquico, un contrapoder, aun así era consciente del surgimiento de un nuevo feminismo, de la ideología reinante y sin embargo decidí escribir desde el punto de vista del verdugo, un pedófilo y feminicida y que él se defendiera. El ejercicio era mostrar que se podía escribir de lo que sea. Fue un ejercicio difícil, pero valió la pena.

¿El arte debería tender a la corrección política o ser socialmente sensible?

El arte no debería tender ni a la corrección ni la conciencia social, eso es para los políticos. Esa responsabilidad, no ofender, no blasfemar, tener cuidado del gran otro, del otro minoría, de la etnia, eso le corresponde a los políticos y a la democracia. Definitivamente el arte, el arte grande, no me refiero a las series ni al entretenimiento, debería ser lo contrario, un contradiscuro, el arte debería ir contra la corrección política. Rimbaud decía ser amoral, profundamente amoral. Si el arte no rompe todo es un discurso más.

¿El arte que cuestionaba la moral y las opiniones de su tiempo, está en riesgo?

Está en riesgo, por supuesto. Todas las épocas han tenido sus tiranos, sus totalitarismos, sus tensiones. Siempre ha habido una tensión entre el ejercicio del arte y el poder, sea un rey, un tirano, lo que sea. Y así será por siempre porque esa es la naturaleza de la dialéctica del arte y el poder. En la época victoriana, en el estalinismo, en las dictaduras, siempre hubo intentos del poder de acallar y de censurar. Siempre el arte ha tenido que tener esa cintura para sortear la censura. Ahora acabamos de empezar el siglo XXI y tengo la sensación de que es la peor época, cuando el capitalismo llegó a su máximo esplendor y el arte se convirtió en un mercado más.

La escritora y editora Claudia Apablaza.

Claudia Apablaza: “Estamos pasando por una época de toma de conciencia”

Escritora y editora, la directora del sello Los Libros de la Mujer Rota piensa que vivimos un cambio de época, en la que emerge una nueva sensibilidad. La sociedad, dice la autora de Diario de las especies, cuenta hoy con más elementos de análisis para identificar violencias o situaciones de menoscabo para las minorías.

“Estamos pasando por una época de toma de conciencia e hipersensibilidad a situaciones que en un pasado fueron aceptadas y naturalizadas, y por lo tanto, vivenciadas como procesos socioculturales ‘correctos’, ‘naturales’, como la violencia de género, el ataque a las minorías, el racismo, el clasismo. Hoy en día tenemos más herramientas para mirar, leer, analizar, y escribir críticamente acerca de esos conflictos”, afirma.

¿La corrección política podría afectar la creación? Algunos temen que se reduzcan las posibilidades expresivas...

No sé si a esa especie de “toma de conciencia” es a lo que llaman “corrección política”, no tengo idea, pero creo que más que una corrección política, hay una mirada crítica, una politización de esos conflictos, una relectura y reescritura de esa historia desde este punto de vista menos condescendiente con todo el sistema y el aparataje opresor, que es el que finalmente busca seguir presentándose bajo mascaradas que evitan y ridiculizan los espacios críticos.

¿En esta nueva sensibilidad, el arte podría perder libertad o autocensurarse?

Es un riesgo latente, sin duda, pero es un tema que circula como un fantasma en nuestro trabajo, más como una respuesta en la escritura como tal. Últimamente creo que la mayoría de los escritores y artistas siempre nos estamos haciendo esa pregunta, pero cuando uno arriba en la escritura, esa pregunta se difumina, y uno presenta situaciones, hechos y contextos desde puntos de vista, que históricamente, en el arte y en la literatura, tienen los matices de lo doloroso y lo crítico. O sea, creo que podemos hablar y escribir de cualquier tema, no hay censura para eso, pero lo importante es desde qué punto de vista se presentan esos temas. Por otro lado, no creo en esa idea de “libertad” del artista, eso es muy neoliberal, creo que toda escritura es social y colectiva, es decir, como dice Bajtín, “no hay nada individual en lo que expresa un individuo”, toda escritura es parte de una memoria colectiva, o, incluso el mismo Todorov citando a Bajtín, “la cultura está compuesta por discursos que la memoria colectiva conserva, discursos en relación a los que cada sujeto está obligado a situarse”. Entonces, no sé de qué libertad estamos hablando. Todos los enunciados, también en el arte y la escritura, son fenómenos translingüísticos e intertextuales. No podemos desestimar ese tejido.

El escritor Rafael Gumucio.

Rafael Gumucio: “La corrección política infantiliza al público”

Ensayista y narrador, el autor de Memorias prematuras y El galán imperfecto ha protagonizado controversias con grupos feministas, animalistas y con escritores de clase media baja, a los que alguna vez llamó llorones. Cada una de estas polémicas le costó fuertes reacciones en contra en las redes sociales.

¿Vivimos en una era de creciente corrección política?

Totalmente. En ámbitos como las universidades norteamericanas ya es ley, también cada vez más en las chilenas. Muchos de sus conceptos y concepciones que nos resultaban risibles hasta hace unos años ahora son indiscutibles. Muchos han perdido su trabajo e incluso su vida por desafiar la ola de corrección galopante.

¿La corrección política favorece la creación literaria o reduce su libertad?

Creo que al final su principal efecto es que infantiliza al público y al ciudadano. Es decir, construye un público que aguanta y celebra la violencia de Tarantino pero no puede con la de Woody Allen. Al tener alguien que te corrige, no necesitas forjarte un punto de vista. En el fondo devuelve la sociedad al estado de una aula gigante con profesores y alumnos. Estos alumnos solo levantan el dedo cuando se los deja hacerlo. Lo curioso es que los alumnos a través de las redes sociales, también son los profesores. El nivel de su debate es bajísimo, lo que obliga al que quiere ser parte de ese debate a rebajar él mismo tanto el nivel de sus ideas como la expresión de esta.

¿El arte más transgresor podría estar en riesgo?

El arte como escándalo nunca ha estado en mejor salud porque una de las dinámicas esenciales de lo políticamente correcto es que necesita el escándalo para volver a justificar su existencia. Lo políticamente correcto necesita de un contraste para ser, y el arte como escándalo encuentra en lo políticamente correcto una fuente inagotable de publicidad. Lo que está en peligro no es la libertad de pintar Vírgenes con caca de elefantes, sino la de construir obras duraderas e interesantes que cuestionen profundamente nuestra moral sin recurrir al escándalo, el grito o la provocación gratuita.

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