El último llamado: Los profesionales de la salud frente al Coronavirus

Médicos, enfermeros, técnicos en enfermería, conductores de ambulancia, personal de aseo y alimentación de los centros de salud. Son la llamada “primera línea” frente al Covid-19. Expectantes a lo que pasará en las próximas semanas, se han preparado lo mejor que han podido, pero eso no disipa el estrés, el miedo y la incertidumbre. Su mensaje es claro: todos tenemos un rol importantísimo en contener esta enfermedad y el momento es ahora.




Venían preparándose desde inicios del año, cuando recién se anunció el brote de Coranavirus (SARS-CoV-2) en China, dice José Luis Sufan, kinesiólogo de la Clínica Indisa en el área de pacientes críticos. Pero no fue hasta la segunda semana de marzo que el equipo al que pertenece recibió un paciente con un diagnóstico confirmado del virus que hoy conocemos como Covid-19. Casi llegando a la quincena Sufan, que es coordinador y docente del Curso de ventilación mecánica avanzada de la Universidad Andrés Bello, tuvo que asistir en la primera maniobra de intubación a uno de estos enfermos.

Era el momento de poner en práctica lo que habían investigado y estudiado por meses: protocolos respecto a la toma de decisiones, protección personal, manejo de los pacientes, etc. “Todo cambia en un momento y se enfrenta de manera diferente. Hay mucho en juego y se trata de poner en práctica lo aprendido de la forma más eficiente posible”.

El 3 de marzo se notificó el primer caso de Covid-19 en Chile y el 11 la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente la enfermedad como Pandemia. Siete días después, el presidente Sebastián Piñera decretaba Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe por 90 días para controlar el brote, y desde el 22 de marzo hay toque de queda en todo el país desde las diez de la noche a las 5 de la mañana.

En enero, recuerda Fernando Subercaseaux, pediatra neonatólogo del Hospital San Juan de Dios, solo se hablaba de un virus nuevo, pero lejano, que tenía relación algún animal exótico. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas, él y sus colegas veían con sorpresa cómo éste avanzaba por Europa y luego Estados Unidos.

“Pasamos de la curiosidad al miedo. Sabíamos que el virus eventualmente podía llegar, pero al principio hubo un poco de desorden en el manejo de información, porque venía de muchas partes. Ahora las cosas están un poco más alineadas y consensuadas”, dice.

Los profesionales de la salud se han visto obligados a adaptarse rápidamente a un nuevo e incierto escenario. Escépticos a los anuncios de las autoridades, han seguido atentos todos los episodios de este intenso mes: las críticas del Colegio Médico respecto a las medidas tomadas por la gobierno y la entrega de los datos, la conformación de una mesa social y la inclusión del Ministerio de Ciencia.

Ignacia (quien pide resguardo de su identidad) es enfermera y trabaja en la UCI de pacientes adultos de una prestigiosa clínica del sector oriente. Hace dos semanas atrás, un día lunes, comenzaba su primer turno de 24 horas (antes eran de 12) y la noche anterior no podía conciliar el sueño: “sentía como un tipo de adrenalina que yo creo es la que sienten los militares cuando los llaman a la guerra”. Ella misma admite que, cuando comenzó la expansión del virus, estaba bastante escéptica respecto a lo grave del brote:

Lo veía como un resfrío común, un tipo de influenza más fuerte. Nunca lo pensé con la capacidad de hacer el daño que hemos visto en los pacientes que nos han llegado. Yo he tratado de hacer que la gente entienda, pero es super difícil de creer si no lo estás viendo de cerca, porque suena bien increíble, la verdad, como de película.

Precisamente por eso, agrega, es que los protocolos se están modificando constantemente. “Un día pueden decir una cosa y después otra, porque todo es muy reciente, no tenemos estudios al respecto como para tomar decisiones con total certeza”. Francisca Tupper, matrona que trabaja en un hospital público hace tres años, cuenta que las medidas se van modificando según los escenarios que les toca enfrentar, “los que van cambiando día a día de acuerdo a la infraestructura e insumos con los que contamos”, dice.

El miedo por los insumos y la llegada del invierno

El doctor Juan Pablo Rubio trabaja en el Cesfam Arturo Baeza Goñi, ubicado en la población La Legua. Ya con la suspensión de clases en curso y la crisis del Coronavirus en el centro del debate público, ellos debían comenzar la campaña de vacunación para la influenza. El primer día fue tanta la aglomeración de personas que tuvieron que cerrar las puertas del establecimiento y reorganizar todo su sistema.

“Tuvimos que dividir el Cesfam: el primer piso para consultas respiratorias y el segundo para otro tipo de consultas y los controles, los que igual hemos tenido que disminuir”, relata. Con los pacientes crónicos optaron por una modalidad de atención telefónica, para evitar un exceso de personas en las salas de espera y exponerlos a un posible contagio. “Estamos trabajando de manera distinta, pero super comprometidos”.

Estos últimos se racionalizan al máximo y muchos los consiguen (o fabrican) por sus propios medios, como relata el pediatra del Hospital de La Serena, Adolfo Herrera:

Incluso en las clínicas privadas admiten que, eventualmente, se sufrirá una escasez de insumos. “Cada vez más los proveedores se están quedando sin material para poder abastecernos y estamos pensado un ‘plan B’ en caso de que nos fallen”, dice la enfermera Karen Suárez, quien trabaja con pacientes críticos en una clínica del sector oriente. “No me cabe duda de que en los próximos meses el stock será muy escaso debido al alto número de atenciones que realizaremos con sospecha de Covid-19”, afirma Fernando Thomas, médico de rescate en la Unidad Coronaria Móvil de la Red Salud UC Christus.

Además hay que ser muy prolijo al usar y manipular estos elementos de protección. La línea donde se quiebra la barrera entre uno y el virus es muy fina, no por nada la literatura habla de que un 10%, y más, de los contagiados, son personal de atención de salud.

Eduardo (nombre cambiado) es anestesiólogo en una clínica y ha optado por separarse de su familia en este período. “Estoy quedándome en un apart hotel, porque todos los días nos enteramos de que alguien quedó en cuarentena por contacto o porque se contagió. No sabemos si veremos de nuevo a nuestras familias”.

Otros optan por dejar a sus hijos con otros familiares o aislarse dentro de sus mismas casas, como es el caso de la técnica en enfermería Angélica López. “Yo estoy aislada en mi casa, no veo a mi hijo ni a mi mamá, porque además ella es enferma crónica. Los extraño muchísimo pero no me arriesgaría a exponerlos a una patología desconocida, que recién estamos aprendiendo de ella”.

López trabaja en la unidad de pacientes críticos de la Clínica Alemana y hace poco tuvo que testearse para el Covid-19. “Hay una carga emocional enorme. Pienso que en que tengo que ir al turno y me estreso. Tengas toda la vocación del mundo, el miedo de contagiarse no se va, sobre todo por los seres queridos. Y eso lo digo yo, que trabajo con todos los implementos necesarios, que me siento segura y apoyada por mi equipo. Sé que soy afortunada y lamento que no todos mis colegas tengan esa posibilidad”.

“Cuando empiecen a llegar los abuelitos, los pacientes crónicos, esa gente va a ocupar una cama por meses. No vamos a dar abasto en la clínicas privadas no me imagino lo que va a pasar en la salud pública”, dice López.

Para proteger a los equipos, varios centros de salud han optado por enviar a un aislamiento preventivo a parte de sus profesionales, dejándolos como una “reserva” para el peak de las próximas semanas. Una modalidad que se repite es la 14 o 15 días trabajando, y después la misma cantidad libres, en cuarentena en sus casas, por supuesto.

Algunos se han organizado para seguir colaborando desde su confinamiento. El pediatra José Luis Zúñiga es parte de un grupo de 16 médicos que se turnan diariamente para responder preguntas a través de sus cuentas de redes sociales. La mayoría de las veces, dice Zúñiga, las dudas no son complejas, pero “hay una enorme angustia en las familias al no poder consultar libremente en los centros de salud”, explica.

Las interrogantes se extienden a los mismos equipos de salud porque, a lo largo de todo Chile, las situaciones de los profesionales son completamente dispares. “Muchos colegas, de distintos lugares, nos han empezado a enviar consultas. Hay mucha preocupación y una necesidad de información transversal”, dice el kinesiólogo José Luis Sufan. Para centralizar esas consultas, crearon un grupo de WhatsApp.

Esperando la tormenta

Se lava las manos tantas veces al día que pierde la cuenta. Evita tomar su celular, subirse a ascensores, que le den la mano, juntarse con gente y salir innecesariamente. Desinfecta todo con cloro. La rutina de Ignacia es implacable porque, cada vez que entra la UCI, teme que su pelo, su ropa e incluso su lápiz, termine contaminado. “Hemos visto gente del aseo que no quieren ir a la unidad porque hay pacientes con Covid-19 positivo, que les da miedo”.

Ella debe seguir entrando y, lo que más pena le da, es el abandono que sufren estos pacientes, porque no tienen ningún derecho a visitas, independiente de si están mejorándose o muriéndose. “Tenemos que cumplir con un protocolo, donde se le entrega información, muy acotada, a solo un familiar, por teléfono”.

Lo que ve en su jornada es lo opuesto a lo que por semanas se transmitió: que el grupo de mayor riesgo eran los adultos mayores. “Hemos visto hartos pacientes jóvenes que llegan con mucho daño pulmonar y debemos conectarlos a ventilación mecánica rápidamente. Ser joven y estar sano no te asegura nada con esta enfermedad”, dice.

“Lamentablemente sabemos que, a pesar de los esfuerzos, un sistema de salud como el nuestro, que funciona al borde del colapso constantemente, no aguantará y habrá un gran número de personas que sufrirán por no tener atención expedita o, peor aún, clínicamente se deteriorarán poniendo en riesgo sus vidas y, eventualmente, falleciendo”, reflexiona el médico Fernando Thomas.

Quizás la tormenta no se puede detener, concuerda Carlos Torres. Pero sí nos podemos proteger mejor de ella. “La verdad es que la primera línea no es el personal de la salud, no es el gobierno… somos todos los que formamos esta sociedad”, dice.

Para Jorge Ramírez, Médico regulador del SAMU Metropolitano y Jefe del Programa de Salud Global de la Universidad de Chile, debería ser de sentido común para cada uno de nosotros: “mejor aparecer como exagerado y asumir las consecuencias de aquello en un contexto de contención del contagio, que aparecer actuando tardíamente, cuando ya no hay opción de volver atrás”.

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