Guillermo Calderón, dramaturgo chileno: “Creo que el radioteatro volvió para quedarse”

Guillermo Calderón (1971) trabajó junto a Tomás González en la música y sonido de la versión para radioteatro de la obra Neva que irá gratis en Santiago a Mil online desde este jueves. Foto: Juan Farías.

El autor de Villa+Discurso y co-guionista de filmes de Pablo Larraín y Andrés Wood debuta en el formato que en tiempos de pandemia se ha transformado en una vía de representación junto al zoom. Lo hace desde este jueves en forma gratuita con Neva, una de sus creaciones más recordadas, esta vez con gran parte del elenco original.




Hay pocas cosas más complejas que suplir las imágenes con sonidos. O, en muchos casos, simplemente con silencios. Más o menos esa ha sido la tarea que el dramaturgo chileno Guillermo Calderón (1971), uno de los más importantes de los últimos años en el pais, ha debido resolver en estos días para darle la voz y el carácter de radioteatro a su obra Neva (2006). Desde este jueves 19 y durante un mes, la creación que transcurre durante unas horas de 1905 en una convulsionada San Petersburgo llegará vestida en aquel formato como parte de la oferta gratuita de la Fundación Santiago a Mil.

Disponible en el sitio Santiagoamil.cl, Neva es protagonizada por Trinidad González, Paula Zúñiga y Nicolás Pavez. Todos, menos Pavez (que reemplaza a Jorge Becker), son los originales de la puesta en escena del 2006, pero esta vez debieron adecuarse a las circunstancias y grabarse a sí mismos en medio de la pandemia. La versión sonora de la primera obra de Calderón es parte de la llamada “previa” de Santiago a Mil en enero próximo.

Guillermo Calderón, uno de los autores teatrales locales más conocidos en el extranjero y co-guionista de filmes de Pablo Larraín (Ema, El club) y Andrés Wood (Araña, Violeta se fue a los cielos) habla con La Tercera PM al respecto.

¿Es complejo pensar una obra sin imágenes?

Sin duda. En primer lugar teníamos claro que no se trataba de ponernos a leer lo escrito. No es teatro leído. Neva es una obra que tuvo un montaje y, por lo tanto, había que trasladar aquello al radioteatro. No el texto al radioteatro. Hay cuestiones que siempre son un desafío y, en ese sentido, lo que hace Tomás González con el sonido es muy importante. Me refiero a cómo darle presencia a los segmentos que son silencios y que en el teatro podemos ver: en ese caso hay que reemplazarlos por un respiro, un suspiro, una tos, algún efecto sonoro que no sea muy invasor.

¿Cómo grabaron la obra?

Eso también es distinto quizás a cómo se podría hacer un radioteatro en condiciones tradicionales. Np existió la posibilidad de que fuéramos a grabarlas voces de los actores a un estudio. Cada quien lo hizo desde su casa, con su celular diferente y con la tecnología a mano. Eso influye en la calidad del sonido, en el tipo de montaje que queda al final, pero son las reglas del juego y además se entiende que es una obra comisionada por Fundación Santiago a Mil de acuerdo a los tiempos que estamos viviendo, es decir para tiempos de pandemia. El sonidista, por lo demás, fue el que se encargó de unir los segmentos de cada uno de nosotros. Es todo muy raro, pero tenemos que adaptarnos a lo que pasa. Es más, es probable que el radioteatro se quede entre nosotros. En ese sentido, no dejo de acordarme de la tradición tan bonita que alguna vez tuvo Chile al respecto.

¿Cuál es la resonancia de Neva en esta época?

La obra transcurre mientras las fuerzas del zar está efectuando una matanza contra el pueblo y al mismo tiempo tres actores ensayan una obra de Chéjov. Habla de que los actores se enfrentan a esa dualidad tan significativa y al parecer opuesta: necesitamos de la soledad para poder trabajar y crear, pero al mismo tiempo queremos hacernos cargo de lo que está pasando en la sociedad. La mitad de nosotros, al menos, está participando en el movimiento social en Chile y de alguna manera esto alimentará nuestras obras en el futuro. Cuando Neva se estrenó en el 2006, la obra hablaba de una revolución fallida en 1905 y de alguna forma se relacionaba con lo que había pasado en Chile en aquellos últimos 50 años. Pero ahora tenemos otro gran período de crisis y cambios, tal vez tan importante como lo pudo haber sido el golpe de 1973 y el teatro hablará de él durante muchos años más. Mientras ensayábamos para esta versión, por ejemplo, nos acordábamos de lo que le pasó a la actriz María Paz Grandjean, quien fue alcanzada por un balín el 18 de octubre frente al GAM después de una función de La pérgola de las flores.

¿Siempre ha sentido la necesidad de vincular lo que hace con la realidad?

Sí, por supuesto. El problema es que se produce una rara paradoja. Desde el 18 de octubre pasan cosas, hay un estallido, etcétera, pero al mismo tiempo se cierran los teatros y no hay dónde representar nada. Entonces no nos queda más que entender que para el artista es un tiempo de sacrificio. No es el tiempo del teatro.

Los actores Trinidad González, Paula Zúñiga y Nicolás Pavez protagonizan esta versión de Neva, de Guillermo Calderón. Foto: Fundación Santiago a Mil.

¿Y qué significa en este contexto, la pandemia?

Bueno, eso es distinto. La pandemia ya es una especie de maldición. Una maldición exacerbada con el toque de toque, que elimina toda una serie de actividades con las que el teatro convive, como son los restaurantes, los bares, la fuente de soda. En ese sentido hay que correr ha encontrarse con los formatos nuevos que permitan que el teatro siga existiendo. Ahora bien, esta fricción entre la obra y lo que pasa en la calle creo que fue eliminada totalmente por un fenómeno creativo como el de Lastesis: se logra salir de una sala para encontrarse con la protesta y se acaba la separación artificial entre la creación y la calle. Me parece que lo que hacen ellas resolvió muchas preguntas del mundo del teatro.

En abril pasado usted decía que veía como muchos colegas se estaban dedicando a otras cosas debido a la situación económica, ¿Cómo observa la situación en este momento?

Es evidente que muchos trabajadores del teatro se están dedicando a otras actividades para poder vivir. No digo que no vayan a volver nunca más a su oficio, pero esperar a ganar algún fondo concursable para ganarse la vida no es realista. Algunos subsisten debido a que tienen trabajos estables haciendo clases quizás, pero en general ese no es el panorama. Por otro lado, alternativas como el radioteatro o el zoom funcionan económicamente a una escala menor. Un radioteatro puede servir para mantenerse por 15 días, pero no alcanza ni siquiera para el sueldo de un mes. El zoom logra dar sus dividendos, pero sólo en los casos de obras con elencos conocidos,: no es un territorio para una compañía nueva ni un teatro emergente. Ante este panorama creo que la única solución es que los trabajadores teatrales reciban de parte del Estado algún tipo de subvención. Un sueldo digno para los freelance. De lo contrario, el teatro no se va a levantar nunca. Y no sólo le va a pasar a los actores, técnicos o dramaturgos, sino que las mismas instituciones estatales en que se alojan muchas de nuestras propuestas van a ir sufriendo los efectos. Comenzarán a caer una por una. Yo diría que es una crisis casi terminal, pero que puede aún revertirse si es que se aplican ciertas medidas que se han dado en países de Europa. Fundamentalmente dos: depositar directamente un sueldo en la cuenta corriente de los trabajadores y crear instituciones e instancias que le den trabajo a los creadores sin sueldo fij. Es un poco cruel e incomprensible que el Estado de un país deje morir una actividad artística como la nuestra.

En un eventual futuro sin pandemia, ¿Qué posibilidades de sobrevivencia le ve ve a un medio como el zoom para las obras teatrales? Muchos los han criticado por ir contra la esencia del espectáculo en vivo

A mí particularmente me encanta. Creo que tiene miles de posibilidades y una de las cuestiones que resuelve es el acceso, algo que siempre ha sido difícil para el teatro. Lo encuentro democratizador. Normalmente una obra sólo se ve en el Barrio Bellavista, pero si alguien tiene una conexión wi-fi puede acceder desde Putre a Puerto Natales. Además, se genera un espacio interesante de preguntas y respuestas después de cada obra en el que participan los espectadores online. Pero además he viso muchas obras experimentales en el formato zoom. Entre ellas, algunas con teatros vacíos o con semi-lecturas, que son valiosas para los dramaturgos. Y con el radioteatro sucede lo mismo. Seríamos muy poco inteligentes si dejáramos ir la posibilidad de ocupar de la mejor forma posible este formato en el futuro. Deberíamos pasar del podcast a obras especialmente encargadas desde las radios, por ejemplo. Es algo que hace la BBC en Gran Bretaña con regularidad. Son obras pagadas, no hechas por amor. Sería además una manera de crear más empleos y trabajos.

¿Cuál es su opinión con respecto al lugar de la cultura en la Asamblea Constituyente?

Creo que es importante, por supuesto. Pero por otro lado hay que ser claros en que la cultura es necesaria y fundamental más allá de quienes integren la Asamblea. No se trata de que sea sólo valiosa si es que hay representantes electos que vienen de ese mundo, sino que debe importarle en general a los constituyentes. En ese sentido, puede ser contraproducente que sólo los del área se dediquen a los temas artísticos y culturales, como si fuera un sector que no tiene nada que ver con lo que pasa en el resto del país.

¿Puede interpretarse para pensar que los trabajadores culturales tienen otras necesidades y son diferentes?

Claro. Y se producen comentarios como el de la ministra de las Culturas Consuelo Valdés, cuando dio a entender que los recursos destinados a cultura se quitan de otros que son más importantes para el país. Sin embargo, si uno es honesto y nos ponemos a revisar este año nos damos cuenta que durante toda la pandemia la gente sobrevivió o le dio algo de entretención a sus vidas precisamente viendo películas, series u obras de teatro creadas por los propios trabajadores culturales.

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