Acusaciones de “remilitarización” y expansión de FF.AA. con poca transparencia elevan tensión entre China y Japón
La revista The Diplomat, especializada en la región de Asia-Pacífico, destaca que Beijing y Tokio están entrando en una fase más peligrosa de rivalidad, al protagonizar uno de los “deterioros más nítidos de sus vínculos en los últimos años”.

En Polymarket, que se describe como el mercado de predicción más grande del mundo, ya se hace la pregunta: ¿Enfrentamiento militar entre China y Japón antes de 2027? Por ahora, la probabilidad es de un 8%, aseguran.
La interrogante no parece del todo descabellada. China ha criticado la revisión por parte de Japón de sus “Tres Principios sobre la Transferencia de Equipos y Tecnología de Defensa”, advirtiendo que esta medida señala un peligroso giro hacia la militarización. Tokio, por su parte, ha cuestionado a Beijing por la rápida expansión de sus Fuerzas Armadas con escasa transparencia, lo que pone de relieve las crecientes tensiones entre ambos países.
La actual crisis diplomática se desencadenó a raíz de unas declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, durante una sesión televisada de la Dieta Nacional (el Legislativo) el 7 de noviembre pasado. En ella, afirmó que un hipotético bloqueo naval chino a Taiwán constituiría una “situación que amenaza la supervivencia de Japón”, lo que justificaría el despliegue de fuerza militar para ejercer la “legítima defensa colectiva”.
Los comentarios de Takaichi no suponían una postura radicalmente nueva para el gobierno japonés, según Policy Magazine. No obstante, los anteriores primeros ministros nipones se habían mostrado más reservados, evitando en gran medida pronunciarse de forma tajante sobre Taiwán y optando, en su lugar, por la ambigüedad estratégica.
Por el contrario, las declaraciones de Takaichi -que, según se informa, no estaban preparadas de antemano- siguieron la línea de su mentor y ex primer ministro Shinzo Abe, quien en un discurso clave pronunciado en 2021 -siete meses antes de ser asesinado- afirmó que “una emergencia en Taiwán es una emergencia para Japón”.
China exigió a Takaichi que se retractara de sus declaraciones, argumentando que vulneraban la base política de la declaración conjunta sino-japonesa de 1972, la cual estableció el marco para la normalización de las relaciones diplomáticas. Takaichi se negó a ceder. El resultado ha sido uno de los “deterioros más nítidos de sus vínculos en los últimos años”, según destaca la revista The Diplomat, especializada en la región de Asia-Pacífico.
En mayo, el Ministerio de Asuntos Exteriores de China instó a los países de Asia-Pacífico a mantenerse vigilantes y “resistir conjuntamente las acciones temerarias del neomilitarismo japonés”.
A comienzos de junio, la portavoz de la Cancillería china, Mao Ning, acusó a Takaichi de exagerar las “amenazas externas” para buscar pretextos para la expansión militar, argumentando que tales acciones contravienen las obligaciones del país en virtud de la Declaración de Potsdam, por la cual Japón está obligado a permanecer “completamente desarmado” y a no mantener industrias que “le permitan rearmarse para la guerra”, aseguró.
Estas declaraciones se produjeron después de que el secretario de Defensa de EE.UU., Pete Hegseth, expresara su apoyo a los cambios en la política de Japón. Mao también estableció paralelismos entre la trayectoria actual de Japón y su militarización previa a la Segunda Guerra Mundial.
Poco antes, a fines de mayo, el ministro de Defensa de Japón, Shinjiro Koizumi, ya había rechazado las acusaciones de un “nuevo militarismo” por parte de Tokio y criticó a China por la rápida expansión de sus Fuerzas Armadas con escasa transparencia, poniendo de relieve las crecientes tensiones entre ambos países.
China sigue aumentando su gasto en defensa a niveles elevados, señaló Koizumi durante el Diálogo de Shangri-La en Singapur, y añadió: “El enfoque exterior y las actividades militares de China son motivo de seria preocupación tanto para Japón como para la comunidad internacional”.
En marzo, China anunció que su gasto en defensa aumentaría un 7% en 2026 hasta alcanzar los 1,91 billones de yuanes, un ritmo de gasto ligeramente más lento que en años anteriores, coincidiendo con la fijación por parte de Beijing de su objetivo de crecimiento económico anual más bajo en más de tres décadas, según consigna el diario The Strait Times.
En diciembre, el Pentágono estimó que el gasto total en defensa de China para 2024 superaba entre un 32% y un 63% el presupuesto anunciado por Beijing, cifrado en 231.000 millones de dólares.
Por su parte, la previsión de Japón para su propio gasto militar y de defensa en el año fiscal en curso ronda los 10,6 billones de yenes, una cifra inferior a una cuarta parte del gasto oficial en defensa de China. En 2022, Tokio rompió con el límite informal que mantenía desde hacía tiempo -que restringía el gasto en defensa al 1% del producto interno bruto (PIB)- y anunció su objetivo de alcanzar un gasto equivalente al 2% del PIB para 2027.
El gasto actual se sitúa ligeramente por debajo de ese nivel si se compara con el PIB de 2022, y queda más de 2 billones de yenes por detrás en relación con el PIB previsto para 2025. Asimismo, Japón se encuentra bajo presión por parte de Estados Unidos para elevar aún más el gasto hasta el 3,5% del PIB, en consonancia con las exigencias de Washington a sus otros aliados, indica el periódico singapurense.
Rebatiendo las críticas que acusaban a Japón de adoptar un nuevo militarismo, Koizumi declaró en el Diálogo de Shangri-La: “Piénsenlo. Hay un país con un enorme arsenal de armas nucleares y bombarderos estratégicos. Japón no posee ninguna de estas armas, ¿y aun así se le tacha de ‘nuevo militarismo’?”.
Koizumi afirmó que la trayectoria de Japón desde la Segunda Guerra Mundial “habla por sí sola”, citando su adhesión al derecho internacional y su compromiso con la Carta de las Naciones Unidas, junto con sus esfuerzos por defender un “orden internacional libre y abierto”.
Recurrente de fricción diplomática
Según The Diplomat, durante años, la rivalidad entre China y Japón se ha considerado una “fuente recurrente de fricción diplomática”. “Los agravios históricos derivados de la invasión japonesa de China a principios del siglo XX siempre han generado animosidad en la relación. Pese al resentimiento generalizado y a las frecuentes tensiones por islas en disputa, China y Japón lograron mantener una relación económica profunda y estrechamente entrelazada”, apunta.
Sin embargo, señala la publicación, “la reciente escalada es diferente. Gira en torno a una cuestión estratégica más amplia: si Japón seguirá siendo una potencia de posguerra contenida o si se convertirá en un actor militar más poderoso dentro del equilibrio de fuerzas frente a China. Tokio parece haber optado por este último camino, y a Beijing no le agrada”.
Para China, dicha narrativa se ha visto reforzada por las reformas de defensa de Japón. En abril, Tokio anunció la mayor revisión de sus normas de exportación de armamento en décadas, eliminando restricciones que limitaban en gran medida las exportaciones de equipos de defensa terminados a cinco categorías no relacionadas con el combate: rescate, transporte, alerta, vigilancia y dragado de minas. Este cambio abre la puerta a la exportación de armas letales -buques de guerra, misiles y otro armamento-, sujetas a un proceso de evaluación. China expresó de inmediato su preocupación, al considerar la medida como un paso más que aleja a Japón de sus limitaciones pacifistas.
Asimismo, Takaichi puso en marcha recientemente un grupo de expertos compuesto por 15 miembros para reevaluar las políticas de seguridad y defensa del país, incluyendo los escenarios de emergencia y las prioridades presupuestarias. Japón ya había alcanzado el objetivo de duplicar el gasto en defensa hasta el 2% del PIB conforme al plan de 2022, y el grupo de expertos podría considerar nuevos aumentos.
Asimismo, el debate sobre la cuestión nuclear ha agudizado aún más las sospechas de China. Takaichi no ha anunciado ninguna decisión de adquirir armas nucleares ni de buscar el despliegue de armamento nuclear estadounidense en suelo japonés. Japón sigue adhiriéndose formalmente a sus tres principios no nucleares: no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares. Sin embargo, la ambigüedad inicial de Takaichi sobre si estos principios se mantendrían inalterados en futuros documentos de seguridad ha suscitado un debate políticamente delicado, especialmente en torno al tercer principio, señala Vanshika Saraf, analista de investigación del Programa de Geoestrategia de la Institución Takshashila.
Así, mientras Japón se prepara para revisar sus tres documentos estratégicos de seguridad (la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Fortalecimiento de la Defensa del país), surge un debate no sobre si las Fuerzas de Autodefensa de Japón (FDAJ) deben adaptarse a nuevas formas de guerra, sino sobre cómo traducir esos conceptos en capacidades militares concretas, señala el diario The Japan Times.
Más aún tras conocerse las recomendaciones formuladas en un nuevo informe del Hudson Institute, un centro de estudios con sede en Washington, el que advierte que “la República Popular China (RPC) representa un adversario cada vez más peligroso para Japón. Dotada de capacidades militares avanzadas y una capacidad industrial líder a nivel mundial, puede atacar la totalidad del territorio japonés a gran escala, incluso desde el Pacífico. Podría incluso intentar apoderarse de territorio japonés, como la Cadena de Islas del Suroeste. Corea del Norte y Rusia también plantean amenazas importantes y podrían confabularse con la RPC en posibles situaciones de crisis”.
Al respecto, el think tank afirma: “Como aliado más cercano de Japón, Estados Unidos se sumaría a su defensa. Sin embargo, una confrontación con China probablemente se convertiría en un conflicto regional -si no mundial-. La RPC intentará generar múltiples exigencias para las fuerzas estadounidenses con el fin de retrasar o mermar su capacidad de contribuir a la defensa de Japón. Tales esfuerzos podrían incluir ataques contra otros aliados de Estados Unidos, como Taiwán, o contra el propio territorio estadounidense”.
El diálogo de Xi y Trump
Tras reunirse con el líder chino Xi Jinping en Beijing en mayo, el presidente estadounidense, Donald Trump, no hizo ninguna mención pública a Japón. Sin embargo, según un informe del Financial Times, este fue uno de los temas más polémicos de las conversaciones, y Xi acusó a la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, de encabezar la “remilitarización” de Tokio.
Esa afirmación, apunta Ken Moriyasu, investigador principal del Hudson Institute, resulta difícil de conciliar con la realidad de seguridad de Japón. El aumento del gasto en defensa de Tokio es una respuesta directa a la expansión militar de China y a las reiteradas incursiones de buques chinos en las aguas que rodean las islas Senkaku -administradas por Japón- en el mar de la China Oriental.
El intercambio de palabras entre Xi y Trump del que se ha informado resulta, no obstante, revelador, señala Moriyasu. Refuerza una opinión cada vez más extendida en Tokio: que la concepción que tiene Xi de Japón difiere notablemente de la de sus predecesores. En su visión del mundo, China es una de las principales vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y coartífice del orden de posguerra; Japón, en cambio, al ser una nación derrotada, tiene una capacidad limitada para definir las normas de seguridad regional.
A diferencia de los anteriores líderes chinos, que priorizaban el desarrollo y la integración en el sistema internacional vigente, Xi espera que dicho sistema se adapte a una China más poderosa. Según su planteamiento, es el mundo -y no China- el que debe adaptarse.
Según el periódico japonés Yomiuri Shimbun, Trump opinó que Takaichi no es el tipo de líder que merezca críticas. Sin embargo, es poco probable que el asunto se disipe. Dado que se prevén más cumbres entre Trump y Xi este año, la forma en que responda el presidente estadounidense será importante. “La narrativa de Beijing está diseñada para debilitar la alianza entre Estados Unidos y Japón, al tiempo que justifica el propio rearme militar de China”, estima Moriyasu.
“Incluso un lenguaje aparentemente inofensivo corre el riesgo de reforzar este enfoque. Las referencias a una ‘cogestión’ de la estabilidad mundial por parte de Estados Unidos y China, o a China como artífice en pie de igualdad del orden de la posguerra, pueden interpretarse en Beijing como un reconocimiento tácito de una autoridad china especial en Asia, así como una señal de que la normalización de la seguridad de Japón carece de legitimidad”, advierte.
El diario hongkonés South China Morning Post pone de relieve, en tanto, que “más allá de la retórica, Tokio ha intensificado la expansión de una red de asociaciones de seguridad que inquieta a Beijing, el cual la percibe como una amenaza potencial para la estabilidad regional”.
Analistas citados por el periódico consideran estos acontecimientos como eslabones fundamentales de una arquitectura militar regional de múltiples niveles, la cual se está forjando a medida que se percibe una disminución del compromiso de Estados Unidos en Asia y en medio del afán de Beijing por sacar partido del vacío resultante.
Este marco emergente combina la asistencia en materia de seguridad y los salvavidas económicos, así como iniciativas diplomáticas minilaterales y flexibles, para ofrecer a las naciones del Indo-Pacífico una alternativa a tener que elegir entre China y Estados Unidos.
“El motivo es sencillo: protegerse frente a la inestabilidad regional y ante unos Estados Unidos potencialmente menos fiables, garantizando al mismo tiempo que las rutas marítimas permanezcan abiertas y que los Estados más pequeños no sufran coacción por parte de Beijing”, señaló Stephen Nagy, profesor de Política y Estudios Internacionales en la Universidad Cristiana Internacional de Tokio.
También en declaraciones al South China Morning Post, Benjamin Ascione, profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Escuela de Posgrado de Estudios de Asia-Pacífico de la Universidad de Waseda, afirmó: “El objetivo clave de la narrativa de China es negar a Japón la legitimidad para convertirse en un actor de seguridad normal”.
“No cabe duda de que, mediante su dominio colonial y su agresividad, Japón ‘causó un daño y un sufrimiento inmensos a los pueblos de muchos países’, tal como reconoció el primer ministro Tomiichi Murayama en su declaración de 1995”, recordó Moriyasu.
“Sin embargo, la acusación de Beijing de que Japón está socavando el orden de la posguerra es exagerada. La política de seguridad japonesa sigue firmemente anclada en dicho orden, basado en la soberanía y el Estado de derecho. China, por su parte, invoca su condición de vencedora de la Segunda Guerra Mundial al tiempo que respalda a Rusia mientras esta viola esos mismos principios en Ucrania”, argumenta.
Y concluye: “Trump debería rechazar cualquier planteamiento que anteponga la condición histórica a la conducta actual. La cuestión no es quién estuvo en el lado correcto de la historia en 1945, sino quién defiende las normas internacionales hoy en día”.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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