Delcy y la transición “intrachavista”
La presidenta interina de Venezuela tiene ante sí el reto de manejar la compleja relación con Trump, quien busca tutelar al país a su antojo. La receta debe incluir cierta dosis de pragmatismo, capacidad de negociación con Estados Unidos desde una postura de debilidad militar, pero no puede dejar por fuera la defensa de la soberanía, porque se enajenaría el apoyo de los factores internos del chavismo.
Por Vladimir Villegas, periodista venezolano, exdiputado, exmiembro de la Asamblea Constituyente y exembajador de Hugo Chávez.
A finales de los años 90, 1996-97, cumplía funciones como diputado al antiguo Congreso de la República de Venezuela. Presidí durante cuatro años la Subcomisión de Derechos Humanos y Garantías Constitucionales.
Nicolás Maduro Moros, con quien tuve intensa participación en el movimiento estudiantil caraqueño, se incorporó al Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, MBR-200, poco tiempo después de que su fundador, Hugo Chávez Frías, encabezara la fallida rebelión militar del 4 de febrero de 1992. Antes había militado en la Liga Socialista, un partido de izquierda fundado y dirigido por Jorge Rodríguez, quien fuera torturado hasta la muerte en 1976 por la policía política, padre de Delcy y Jorge Rodríguez, ella hoy presidenta encargada de Venezuela, y él, presidente de la Asamblea Nacional.

Pues bien, un día fui a visitar a un grupo de 15 o 20 presos políticos, militantes del MBR-200. Al entrar en la zona de los calabozos, acompañado de funcionarios policiales, escuché un grito medianamente lejano: “Vladimirrrrrrr!”… Inmediatamente me desvíe hacia el lugar y vi a Nicolás en una celda de castigo llamada “tigrito”, por lo pequeña e incómoda. Imagínense a un hombre de un metro noventa metido en esa minicelda.
Mi excompañero del liceo “José Ávalos”, ubicado en la parroquia El Valle, al sur de Caracas, estaba incomunicado desde hacía varios días. Por fortuna me vio y allí hablamos un rato. Luego hice la denuncia y a los pocos días fue puesto en libertad. Mucha agua ha pasado bajo el puente hasta el día de hoy, cuando ese mismo Nicolás, con 63 años, sucesor de Chávez en la Presidencia de la República, está preso junto a su esposa, Cilia Flores, en una cárcel de Nueva York.
Un antes y un después
¿Qué no ha pasado en Venezuela en todos estos años? De todo un poco, pero era difícil imaginar que un ataque militar norteamericano significaría un antes y un después de esta historia.

Pero no un antes y después para el chavismo, sino para la República, la patria de Simón Bolívar, libertador de cinco naciones y promotor fundamental de la integración de las excolonias españolas.
La condición de nación soberana ha quedado severamente golpeada no tanto por la agresión armada, sino por las draconianas condiciones que la administración de Donald Trump le ha impuesto a Venezuela para el manejo de su industria petrolera y para el uso de las divisas generadas por la venta de crudo.
¿Y qué nos trajo hasta aquí? Muchos errores, mucha prepotencia, mucho abuso de poder y mucho de ingenuidad, de creer que el poder es eterno y que las lealtades también. Que el respeto a la Constitución o a las reglas del juego democrático son prejuicios pequeño-burgueses, y son sobre todo para los demás. En Venezuela no existe una real independencia de poderes, todos los controla férreamente el partido de gobierno, y por eso la falta de contrapesos se llevó por el medio el Estado de Derecho.

También fue costoso el haber metido al país en un juego geopolítico que nos quedó grande, y del cual los supuestos aliados estratégicos de Venezuela terminaron cada uno defendiendo sus intereses, y limitándose a la muy diplomática protesta declarativa.
Las elecciones del 28-J
El 28 de julio de 2024 fue otro momento que dejó en evidencia la debilidad electoral del chavismo. El Consejo Nacional Electoral incumplió con su mandato constitucional y se negó a publicar las actas electorales mesa por mesa, porque se anunciaba una amplia derrota de Maduro frente al candidato opositor Edmundo González Urrutia.
A partir de allí se producen protestas y alrededor de 2.000 personas son llevadas a la cárcel, y en los últimos meses quedaban tras las rejas unos 800… (por cierto que interrumpí la escritura de esta nota para presenciar personalmente la puesta en libertad del excandidato presidencial Enrique Márquez y el dirigente político Biagio Pilieri).

Lo cierto es que la falta de resultados electorales creíbles le impidió a Maduro obtener el tan deseado reconocimiento internacional, hasta por parte de aliados latinoamericanos como Colombia, Brasil e incluso México, cuyos gobiernos, en distintos tonos, reclamaron el cumplimiento de la normativa electoral.
El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos se tradujo en el endurecimiento de la política hacia Venezuela, cerco económico, control feroz de las operaciones petroleras, pese a los acuerdos con la empresa Chevron. Y, pese a los acuerdos para la repatriación de migrantes, subió el tono de Trump y sus acusaciones contra Maduro como supuesto narcotraficante, con recompensa incluida contra él y otras figuras del chavismo.
Y llegamos a septiembre del año pasado, y el inicio de los ataques letales contra presuntas “narcolanchas” venezolanas. Culmina 2025. Se esperaba que la gran movilización militar de Estados Unidos en el Caribe trajera consigo alguna acción, tal vez en la zona fronteriza con Colombia.
La Venezuela post Maduro
Pero el 3 de enero, arrancando el año 2026, ocurrió lo que algunos predecían pero muchos no creían: la captura, el secuestro o la detención del Presidente Nicolás Maduro y su esposa, mientras las fuerzas especiales norteamericanas bombardeaban instalaciones militares, aeropuertos, el puerto de La Guaira e incluso la sede del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, con un saldo de unos 100 muertos, según cifras oficiales, entre ellos 32 funcionarios de la seguridad presidencial, de nacionalidad cubana.
Los desafíos de Delcy
Mientras arranca el juicio a Maduro y su esposa, en Caracas la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, trata de consolidarse y ganar tiempo y estabilidad en una transición que puede catalogarse de “intrachavista”. Hoy Venezuela es gobernada por las circunstancias. Los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez son las figuras que controlan el timón del poder, con el apoyo de la Fuerza Armada y del PSUV, el partido de gobierno.

La presidenta interina tiene ante sí el reto de manejar la compleja relación con Trump, quien busca tutelar al país a su antojo. La receta debe incluir cierta dosis de pragmatismo, capacidad de negociación con Estados Unidos desde una postura de debilidad militar, pero no puede dejar por fuera la defensa de la soberanía, porque se enajenaría el apoyo de los factores internos del chavismo, y porque es su obligación como venezolana.
Ha dado pasos en la búsqueda de estabilidad. El más importante es el anuncio de la excarcelación de un buen número de presos políticos, y su disposición al diálogo con sectores opositores y de la economía. Ella insiste en que trabajará por el retorno de Maduro, pero mientras tanto se comporta como presidenta, ante un interlocutor como Trump, que ya confesó su interés en ponerle la mano al petróleo y decidir en qué se gasta el dinero procedente de la venta del crudo.

Tiene el desafío de vencer la inflación y mejorar el ingreso de los trabajadores. Nada da más estabilidad que eso.
Otro importante desafío en esta transición, en este nuevo momento político, es generar un espacio real de diálogo con sectores opositores, con gremios empresariales y sindicales, con los medios de comunicación, que han sido víctimas de una asfixiante censura durante largos años.
Caer en la tentación de querer ganar tiempo con retórica y sin cumplir compromisos adquiridos ya lo vimos en el pasado reciente. Esta vez las condiciones no dan para tanto. La masa no está para bollos, como decimos en Venezuela.
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