Apostar por la ciencia en el nuevo Chile



Por Flavio Salazar, vicerrector de Investigación y Desarrollo Universidad de Chile

La discusión sobre un nuevo pacto social anticipa una mirada más audaz sobre lo que Chile puede y debe ser. La sociedad más solidaria y garante de derechos, que una mayoría de chilenos parece reclamar, exige cambios estructurales en la matriz productiva para un desarrollo sustentable. ¿Pero cómo empezar? ¿qué se puede hacer? Para responder estas preguntas se requiere recuperar la capacidad de plantearse metas estratégicas apoyadas en evidencia científica. Pero, ¿tenemos una masa crítica de científicos capaces de implementar un proyecto nacional que eleve las capacidades del país avanzando hacia una economía del conocimiento?

Chile, comparado con países de niveles de desarrollo parecido, invierte muy poco en ciencia y tecnología; menos del 0,4% del PIB, totalmente insuficiente. Posee muchos menos doctores por habitantes que economías emergentes en Asia y Europa del Este. Aunque, por otra parte, cuenta con una productividad científica destacada internacionalmente y ventajas naturales y geográficas.

Para superar las brechas que frenan un impacto mayor de nuestra ciencia en el desarrollo, lo primero es desterrar la aparente desconfianza de algunos organismos del Estado y por cierto privados con las universidades. Las universidades responden por más del 80% de la investigación del país, forman la mayoría de los recursos humanos avanzados y son parte de la identidad de los propios investigadores. Dado su prestigio y credibilidad, incorporarlas a las discusiones de cara al país, con participación de organizaciones sociales y empresariales, otorga validación ciudadana.

Lo segundo es corregir la precariedad laboral de quienes trabajan en ciencia, particularmente científicos en formación, doctores, profesionales y personal de apoyo de los proyectos, otorgándoles el reconocimiento y los beneficios de seguridad social a los que tienen derecho. Esto incentivará la elección de carreras científicas en los jóvenes, promoviendo una masa crítica sostenible.

Finalmente, es necesario plantearse seriamente grandes proyectos estratégicos nacionales. Aunque una mayoría de actores del sistema de ciencia y tecnología comparte la necesidad de que sea el Estado quien priorice áreas de inversión estratégicas, la duda está en cuáles deben ser y quienes las establecen. Si consideramos nuestras capacidades científicas, las necesidades, ventajas y oportunidades, entonces se pueden destacar varias.

Un desafío estratégico sería transformar a Chile en potencia mundial en la producción de energía verde, un proyecto que apunta alto, y en los que tenemos experiencia, masa crítica y logros reconocidos. Otro es el fortalecimiento de la infraestructura para la recolección, almacenamiento y transporte de datos que, de incluir universidades complejas, impactaría múltiples áreas del desarrollo, incluyendo aspectos astronómicos, medioambientales, de descentralización y soberanía, en donde incluso podrían jugar un papel las FF.AA.

En esta línea, un centro de vacunas, como el propuesto por el rector Vivaldi, no solamente corrige una debilidad estratégica del país, sino que abre un área de desarrollo que involucra muchas disciplinas y sectores productivos y de salud pública.

Lamentablemente, resulta un decepcionante contrasentido el reciente anuncio de recortes presupuestarios significativos en ciencia y tecnología. La inversión pública, contra cíclica en investigación, puede resultar en un círculo virtuoso que incentive la alianza público-privada y beneficie un crecimiento económico de largo plazo, con impacto social y ambiental positivo, cimentando el despegue de Chile hacia un desarrollo integral e inclusivo.

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