Chile envejece, ¿y nuestras ciudades?

Hace algunos días participamos en un seminario organizado por la CChC en Valparaíso, junto al ministro de Vivienda y Urbanismo y la alcaldesa de Viña del Mar. Hablamos de vivienda, planificación urbana y reconstrucción. Pero sobre todos esos temas sobrevolaba una realidad que transformará nuestras urbes más profundamente de lo que imaginamos: Chile envejece, y ese envejecimiento va a cambiar -o lo está haciendo ya- la forma en que vivimos la ciudad.
Valparaíso permite anticipar lo que viene. La región encabeza el índice de envejecimiento a nivel nacional y es hoy el destino de una de cada cinco personas mayores que decide migrar de una ciudad a otra. Más preocupante aún: según cruces de datos de Corporación Ciudades, en el Gran Valparaíso el 88,8% de las personas mayores vive en sectores vulnerables y con menor acceso a servicios y equipamientos urbanos. Precisamente quienes más necesitan una ciudad accesible son quienes tienen menos acceso a ella.
No es un problema exclusivamente porteño. Con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, lo que ocurre hoy en Valparaíso es una ventana al futuro de Chile. Sin embargo, nuestras ciudades parecen avanzar en la dirección contraria, y cuando avanzan en la dirección correcta, no es al ritmo que ellas requieren. Los análisis de Corporación Ciudades muestran que la inversión en vías peatonales realizada durante los últimos diez años en el Gran Valparaíso representa casi la mitad del promedio nacional. La demografía está cambiando más rápido que la ciudad.
Tendremos también que repensar la vivienda, y los modos de acceso a ella. Envejecer no debiera significar necesariamente precariedad, dependencia, abandono forzado de los barrios donde se vivió durante años en busca de otros mejor equipados, ni empeoramiento de la calidad de vida. Necesitamos soluciones habitacionales más flexibles que permitan prolongar la autonomía y mantener las redes sociales y familiares.
Y habrá que mirar la ciudad desde otra escala: veredas seguras, circuitos peatonales que incentiven la actividad física, espacios públicos que favorezcan el encuentro, establecimientos educacionales más intergeneracionales y verdaderos “corazones de barrio”, donde comercio, salud, cultura, recreación y servicios básicos estén a una distancia caminable.
No se trata solamente de hacer ciudades más amables. La forma urbana también puede incidir en nuestra salud. Barrios que favorecen caminar y mantenerse activos pueden contribuir a prevenir enfermedades crónicas; espacios que facilitan el encuentro ayudan a combatir el aislamiento y la soledad; viviendas y barrios adecuados pueden prolongar la independencia de las personas mayores.
Durante décadas planificamos nuestras ciudades pensando en una población que crecía. Ahora tendremos que aprender a planificarlas para una población que envejece. Ese futuro ya comenzó, y la demografía no dará mucho margen a arquitectos, urbanistas y municipios para que los cambios indispensables empiecen a hacerse realidad.
Por Ricardo Abuauad, Decano Campus Creativo UNAB y profesor UC, y Martín Andrade, Director ejecutivo Corporación Ciudades
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