Columna de Pablo Ortúzar: Gobernar para todos

En Talagante, el Presidente Gabriel Boric y el ministro de Educación, Marco Antonio Ávila, presentaron un plan de promoción de asistencia escolar. Foto: Karin Pozo / Agencia Uno.




En política democrática, cada cual construye a su adversario. Toda acción genera una reacción. Todo recurso utilizado pasa inmediatamente al arsenal del bando contrario. Por lo mismo, los grandes políticos siempre actúan pensando no sólo en la conducción de sus huestes, sino también en la vereda del frente. Se gobierna sabiendo que, eventualmente, gobernará el otro. El sueño de que el opositor desaparezca o se rinda sin más pertenece a mentes mediocres y tiránicas, incapaces de reconocer las limitaciones propias y el genio de la democracia.

Para constatar este hecho basta interrogar a cualquier militante sobre las miserias de su bando. La respuesta siempre será apuntar el dedo hacia el frente. Ellos empezaron, ellos lo hicieron primero, ellos fueron incluso más lejos. Así funciona la cosa. Pero no sólo en sentido negativo: las virtudes de un bando también tienden a obligar al otro. Lo bueno también se copia. La competencia puede ser un fenómeno constructivo, aunque no exento de bajas pasiones.

Por lo mismo, cuando el orden político completo cae en descrédito, ello suele deberse a que la tensión entre bandos opuestos dejó de ser mínimamente virtuosa y se volvió puramente corrupta o destructiva. Eso es exactamente lo que pasó en Chile. Y la pregunta que tenemos hoy por delante es cómo corregir esta situación y tratar de configurar un orden donde la confrontación política entregue resultados en general provechosos para el bien común. Eso, ni más ni menos, es lo que todo ciudadano diligente, del bando que sea, espera de ella.

Reformar nuestro sistema político pasa por lograr cambios en dos niveles: el de las instituciones y el de los actores. El juego y los jugadores. La modificación de las reglas del juego político era el objetivo fundamental de la Convención Constitucional. Sin embargo, cualquiera que tome la propuesta y lea desde el capítulo IV al IX notará el desbarajuste tremendo que lograron. Y es que, tal como explicó uno de los miembros de la Comisión de Sistema Político, nunca alcanzaron acuerdos. Todos se pusieron tan creativos como intransigentes. Y, al final, terminaron presentando -por cumplir- un embutido de piezas disparatadas tan extraño y curioso como un ornitorrinco, pero carente de la capacidad de permanecer vivo.

En este ámbito, de hecho, todos los males de la Convención misma fueron traspasados al texto: “Organizaciones políticas” opacas e indeterminadas, cupos reservados sin representatividad y un desprecio ignorante por la constitución histórica de Chile. En el diseño el poder es desmembrado y atomizado, más que descentralizado. Se hace una repartija o loteo entre los activismos que se sienten acreedores del orden vigente, pero no hay ningún esfuerzo para organizar de manera constructiva la disputa política. Alguien cínico incluso podría pensar que la mentalidad detrás de todo esto, más que detener el saqueo, el abuso y la corrupción, es ampliar la lista de sus beneficiarios. Las nupcias transandinas entre choreo y chorreo.

Por otro lado, en el nivel de los actores, la cosa va igual de mal. El Presidente Gabriel Boric y su entorno han decidido que da lo mismo cómo se imponga el proyecto constitucional, con tal de que se imponga. Y, con ese objetivo, han comenzado a estirar y forzar todos los resortes de la máquina política, partiendo por la Presidencia de la República. Cometen, así, el mismo error de Allende: pensar que se pueden hacer reformas radicales con un apoyo popular real que apenas llega al tercio. Asumirse Presidente sólo de una fracción pequeña del país y pretender que el resto se resigne o se vaya.

Pero mientras Boric campañea entre bonos, ofertones y descalificaciones, los delitos aumentan, las filas revientan los consultorios, la inmigración ilegal continúa sin control y el crimen organizado, con y sin excusa política, extiende su dominio en el norte y sur del país. ¿No imagina el Presidente la resaca de sus propias acciones? ¿Piensa en el tipo de oposición que está construyendo, y que eventualmente lo derrotará? ¿O cree que se instalará para siempre en La Moneda? ¿No entendió, acaso, el mensaje de la primera vuelta presidencial que perdió?

La mejor manera de esquivar el desastre y recuperar la confianza en nuestra democracia es un Rechazo amplio que les quite la pelota a los extremos, un nuevo camino constitucional que cumpla con proveernos de un sistema político virtuoso, y una derrota que obligue al Presidente a gobernar para todos. Un mes de la patria en que gane la patria.

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