Por Álvaro PezoaDespués de la reforma

La megarreforma económica está prácticamente aprobada. Después de meses de discusión política, negociaciones y tensiones parlamentarias, solo resta resolver un aspecto específico de su tramitación. Es un buen momento para detenerse y mirar más allá del debate legislativo.
Sería un error pensar que con la aprobación de la reforma termina el desafío. Aun tratándose de un gran logro, el reto recién comienza.
Las leyes crean condiciones; no producen resultados por sí mismas. El crecimiento económico no surge automáticamente de una norma publicada en el Diario Oficial. Depende, sobre todo, de las decisiones que miles de personas toman cada día: emprender, invertir, contratar trabajadores, innovar y asumir riesgos. Una buena institucionalidad puede favorecer esas decisiones, pero nunca reemplazarlas.
Por eso, el principal valor de esta reforma quizá no resida únicamente en sus medidas específicas, sino en la señal que el país envía acerca de su voluntad de recuperar una senda de crecimiento sostenido. Los mercados leen incentivos, pero también convicciones.
Durante demasiados años Chile ha convivido con un clima de incertidumbre que debilitó la inversión y redujo las expectativas de crecimiento. No se debió a una sola causa, sino a la acumulación de señales equivocadas: alzas impositivas, cambios regulatorios, rigideces laborales, polarización política y una creciente desconfianza respecto del futuro. Los agentes económicos reaccionan frente a las expectativas.
Sin embargo, sería ingenuo creer que la aceptación de la reforma basta, por sí sola, para revertir años de bajo crecimiento. Chile continúa enfrentando desafíos estructurales por resolver. La productividad permanece estancada, la “permisología” aún sigue retrasando inversiones, el Estado requiere una profunda modernización y la seguridad pública continúa siendo una preocupación cotidiana para las familias y las empresas. Todo ello influye en las decisiones económicas.
La promulgación de la reforma tampoco debiera cerrar el debate público. Al contrario, debería elevar su nivel. La pregunta ya no es si el país necesita crecer, sino cómo lograremos sostener ese crecimiento durante la próxima década. Esa tarea exigirá estabilidad institucional, responsabilidad fiscal, probidad pública y privada, apertura al mundo, innovación tecnológica, mejor formación de capital humano y una colaboración mucho más estrecha entre el Estado, las empresas y la sociedad civil.
Chile ha dado un paso importante. Ahora corresponde demostrar que detrás del avance legislativo existe algo aún más valioso: la decisión colectiva de volver a desplegar un país que crezca, genere oportunidades y recupere la confianza en el futuro. Porque las reformas pueden abrir caminos, pero solo una sociedad que vuelve a creer en sí misma es capaz de recorrerlos. Es una prueba que nos interpela a todos.
Por Álvaro Pezoa, Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School, U. de Los Andes
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