Por Paula SantibáñezEl clima prepara el escenario, pero la chispa sigue siendo humana

Este verano, la Región Metropolitana enfrenta una temporada de incendios especialmente compleja, y no es producto de la sorpresa: es el resultado de un escenario que se venía construyendo hace meses. El invierno no fue tan seco como otros, y eso dejó una consecuencia que rara vez se explica con claridad: más vegetación disponible. Pastizales y malezas crecieron sin control en quebradas, laderas y sitios eriazos. Luego llegó una primavera seca que terminó “curando” ese material, transformándolo en combustible fino, continuo y extremadamente fácil de encender. No es azar: es falta de manejo.
En días de altas temperaturas, la vegetación superficial puede alcanzar humedades cercanas al 5% hacia el mediodía. A ese nivel, el pasto seco se comporta como yesca. Mantiene una combustibilidad alta durante largas horas, justo cuando aumenta la exposición en la interfaz urbano-rural. Terrenos abandonados, basurales, bordes de caminos y áreas periurbanas degradadas concentran riesgo, porque se dejan crecer y secar sin ninguna planificación. Por eso la temporada se adelanta casi un mes: el paisaje ya llega “preparado para arder” y seguimos actuando como si fuera una sorpresa anual.
A ese combustible listo se suman condiciones atmosféricas que conocemos, pero no tomamos en serio. Las vaguadas costeras aportan nubosidad, sí, pero también activan brisas que aceleran el frente de fuego. Este año, además, un anticiclón persistente desvía los frentes hacia el sur y prolonga el calor y la sequedad en la zona central. La Niña puede ser breve, pero su combinación con el anticiclón ya elevó peligrosamente el riesgo. No estamos frente a un fenómeno extraordinario: estamos frente a un patrón que se repite y que seguimos subestimando.
El clima, en suma, pone el combustible, las horas críticas y el viento. Pero la chispa casi siempre la aporta la mano humana, por negligencia o intencionalidad. Y ahí está el verdadero punto crítico: seguimos confiando en campañas reactivas, mientras el control del uso del fuego, el manejo de combustibles, las fajas cortafuegos, la fiscalización y las sanciones efectivas llegan tarde o no llegan. Cada temporada repetimos el mismo guion —dolor, pérdidas y promesas— sin asumir que la prevención exige decisión política, coordinación real y responsabilidad ciudadana. Los incendios no son “naturales”: son consecuencia de lo que permitimos que ocurra.
Por Paula Santibáñez, jefa Observatorio Climático Facultad de Ingeniería de la Universidad San Sebastián (USS).
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