Opinión

Frívolos

SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

Arturo Squella ofreció esta semana un ejemplo de manual de la falacia del hombre de paja. Frente a una columna de Javier Couso y Arturo Fontaine, que cuestionaba la reforma constitucional en materia de seguridad, seleccionó un ejemplo: “telefonistas de emergencia”, lo aisló del argumento y lo convirtió en la respuesta de los autores al acuciante problema de seguridad. “¡Telefonistas!”, escribió. Y desde ahí dio el salto: desconexión, frivolidad, indolencia.

Squella, como es fácil observar, no abordó los argumentos de la columna. Respondió a una supuesta condición moral de quienes la formularon. Ellos serían los desconectados, los indolentes, los que no escucharían balazos fuera de sus casas, la élite en Versalles. A contrario sensu, él y los suyos serían los únicos conectados con la realidad, capaces de comprender la angustia de la ciudadanía y, por lo mismo, autorizados a decidir qué preguntas merecen ser discutidas y cuáles pueden descartarse como frivolidades.

La descalificación ya se había extendido, días antes, a otras voces: los críticos habían pasado a ser “opinólogos”, demasiado preocupados de la armonía del ordenamiento jurídico, la Constitución, de los pesos y contrapesos, y demasiado poco de la angustia que vive la gente.

La vieja categoría de la “derechita cobarde” emergió en una nueva versión: los frívolos. Antes eran cobardes quienes negociaban; ahora son frívolos quienes preguntan por los límites y riesgos del poder.

El presidente del Partido Republicano olvida que la frivolidad no consiste únicamente en ignorar un problema grave o restarle importancia. También puede consistir en reducir una discusión constitucional a una burla; utilizar una angustia real para clausurar preguntas legítimas; suponer que, porque la ciudadanía exige seguridad, cualquier instrumento queda exento de escrutinio; o desestimar ciertas objeciones como meras “discusiones de élite”, volviéndolas así irrelevantes.

Esta suerte de matonazgo retórico, mezclado con una buena dosis de soberbia y una peligrosa sensación de infalibilidad, por cierto no exclusivas de Squella, entrañan riesgos políticos bastante más serios que una discusión en X.

El primero es el desorden. Cuando las decisiones quedan reservadas al círculo de quienes supuestamente “entienden” y los demás se enteran sobre la marcha, la descoordinación es inevitable. Y es difícil convencer a la ciudadanía de que se pondrá orden en el país cuando no lo hay en la propia casa.

El segundo es acercarse demasiado al atractor populista. En esa lógica, quienes formulan objeciones comienzan a ser percibidos como un obstáculo. Y desde ahí hay un trecho demasiado corto hasta considerar que quien discrepa ya no está planteando un argumento: está estorbando.

El tercero, es el desprecio por la política. Las próximas elecciones están lejos, pero llegarán. Primero alcaldes y gobernadores, luego legislativas y presidenciales. Y nadie sabe con qué mezcla de cansancio, frustración o mala gana llegará a ellas un sector cuyos partidos no conforman una coalición y en el que algunos parecen confundir gobernar con imponerse.

Tal vez preocuparse por esto también parezca una frivolidad. Pero un proyecto político exitoso no es solo el que maximiza su rendimiento durante cuatro años, sino el que consigue que una parte importante de lo construido sobreviva a su gobierno y que su sector quede en condiciones de continuarlo.

Por María José Naudon, abogada.

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