Opinión

Kast después del relámpago

Kast propone reemplazar indemnización por años de servicio con cuentas individuales de ahorro que se pagan a todo evento. Foto: Javier Salvo/Aton Chile JAVIER SALVO/ATON CHILE

La foto del momento indica que José Antonio Kast será el próximo Presidente de Chile. La candidatura de Jeannette Jara flota inerte sobre el tercio de apoyo oficialista, con su propio partido intentando hundirla. Evelyn Matthei, por su parte, buscando ser todo para todos, ha terminado sin una línea programática clara, en un descampado. Hoy todo candidato salva muebles, menos Kast.

Sin embargo, un triunfo holgado para el candidato de Republicanos bien puede ser un regalo envenenado. Su diseño de campaña, un “gobierno de emergencia” centrado en pocos temas de consenso, le ha permitido eludir los asuntos “valóricos” y avanzar ligero sobre territorios adversarios y enemigos. Ha sido una exitosa guerra relámpago, pero la pregunta es cómo podrá asegurar esas conquistas y sostener sus líneas de suministro una vez que se instale en La Moneda, si es que el escenario político se mantiene tal como en la última década.

Si todo sigue como ha sido, una victoria amplia haría que la presión desde sus propias filas por una agenda más ambiciosa, que entre en el pantanoso terreno de las disputas “valóricas” (y también identitarias, que no son lo mismo), solo aumente. Ya lo vivió en el segundo proceso constitucional. El vértigo y la tentación de la mayoría circunstancial. Luego tendrá el problema de necesitar a un Chile Vamos con el que las relaciones están muy deterioradas. ¿Cómo evitar que la centroderecha se sume simplemente al “otra cosa es con guitarra”?

Al frente, finalmente, tendrá una oposición parecida a la que enfrentó Sebastián Piñera en su segundo gobierno. Primero, porque si trataron a Piñera como si fuera Pinochet, qué le queda a Kast. El aparato de propaganda académica de la izquierda lleva dos años calentando motores con la cantinela de la “ultraderecha”, que justifica una oposición total. Luego, porque post Jara, al igual que post Guillier, quedarán todas las facciones de izquierda peleadas. Y repetirán la misma receta para limar asperezas: la oposición sacrificial total contra el gobierno. En otras palabras, una marejada interminable de victimizaciones, acusaciones e interpelaciones. Piel de cristal y puño de hierro. Y, por supuesto, solidaridad con todas las “luchas” que se activarán apenas Kast sea saludado por la Guardia de Palacio: profesores, pescadores, indígenas, ambientalistas, estudiantes, trabajadores portuarios, organizaciones de derechos humanos y un largo etcétera de orgánicas plañideras instrumentales que se hacen humo cuando gobierna la izquierda.

Otro amigo del blitzkrieg político, el Presidente Boric, una vez que se vio obligado a abandonar el proyecto de un gobierno izquierdista de transición constitucional vía decretos, optó por un diseño en el cual gobernó apoyado en la mitad de la izquierda y en la mitad de la derecha. Sabiendo que, debido a la fragmentación endémica existente en el sistema político y en el Congreso, era imposible descansar sólo en su base original, se lanzó a los mares de la ambigüedad, la traición ideológica y el cuidemos las peguitas. Militarizó con gusto La Araucanía. Aprobó una batería de leyes que había rechazado con vehemencia como legislador. Salvó a las AFP. Terminó abrazado de socialistas y pepedés. Así se mantuvo a flote.

¿Podría Kast hacer lo mismo? No parece tener el mismo margen de Boric, aunque enfrente problemas similares (y otros más). Su gobierno será una batalla de desgaste desde la primera hora. A su favor tendrá el agotamiento ciudadano con la situación actual, especialmente en el ámbito económico y criminal, pero deberá mostrar resultados rápidos para sostener ese apoyo. Contará, también, con una Contraloría seria y comprometida con la República, a diferencia de Piñera. Y si alguna diferencia pudiera inclinar la balanza a su favor, esa sería una mayoría parlamentaria más o menos operativa, que se demorara, bajo presión, en desmembrarse y dejarlo tirado. Se equivoca, entonces, el candidato de Republicanos al desestimar la relevancia de la lucha por el Congreso. Si gana ampliamente la presidencial, pero no obtiene un triunfo legislativo, tendrá, muy probablemente, cuatro años de pesadilla. Y Boric estará esperando de vuelta la banda tricolor al otro lado.

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