Por Natalia PiergentiliLa oposición sin preguntas

Algo en el ambiente transmite una sensación de agotamiento prematuro. Como si buena parte de la oposición hubiera asumido que el desenlace ya está dado y que su tarea se limita a esperar. La pregunta inevitable es: ¿esperar qué, exactamente?
Hablar de “la oposición” en singular es, quizás, el primer problema. Lo que existe no es un proyecto en disputa con el gobierno sino una suma de identidades bajo una etiqueta común, sin haber resuelto si interpretan de la misma forma al país. Algunas entienden su rol en clave de confrontación, otras en clave de construcción alternativa. Coexisten, pero sin síntesis.
Cuando tocó gobernar, tampoco hubo coalición en sentido estricto. Hubo coordinación, acuerdos tácticos, una mayoría electoral que no llegó a ser comunidad política. El problema de fondo sigue sin responderse: qué visión de Chile las une más allá del adversario.
Lo que no se resuelve siendo gobierno no desaparece siendo oposición. Se administra, se pospone, se disimula con el ruido de la contingencia. De ahí los movimientos tácticos y la ausencia de estrategia.
Hay además una omisión que pocas veces aparece en voz alta: un análisis serio de la propia experiencia de gobierno. No el inventario de errores coyunturales, sino algo más exigente: qué parte del proyecto no logró traducirse en resultados y qué dice eso sobre las premisas con las que se llegó al poder. Esa conversación sigue pendiente. Y mientras no ocurra, el riesgo es repetirlas.
La ciudadanía, mientras tanto, se reorganiza con lealtades cada vez más frágiles. Interpretar ese movimiento implica riesgos reales: revisar supuestos, aceptar que los clivajes tradicionales perdieron capacidad explicativa, asumir que las prioridades de la gente no esperan los debates internos de los partidos. Quedar atrapado en diagnósticos que ya no ordenan la realidad también tiene costos.
El contexto, paradójicamente, ofrece condiciones favorables. El gobierno enfrenta tensiones internas y expectativas insatisfechas. Pero disponibilidad no es adhesión.
Mientras esa conversación sigue sin darse, algunos referentes participan en cumbres internacionales y dialogan con figuras de otras latitudes. No hay nada objetable en ese intercambio, salvo cuando el reconocimiento externo comienza a sustituir la revisión de las propias premisas. Mirar desde Barcelona puede ser un ejercicio válido. Pero puede ser también una forma de evitar mirar a Independencia, Palena o Tierra Amarilla.
Una oposición que comparte adversario sin compartir una lectura del país tiene poco que ofrecer. Y mientras ese diálogo no ocurra, cada una seguirá esperando, pero no necesariamente lo mismo.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos de Feedback.
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