Los tiempos cambian: ¿el regreso de la falacia naturalista?



Por Vicente Hargous, coordinador Área Legislativa Comunidad y Justicia

Los tiempos cambian, nos lo dicen cada vez que empieza la trifulca por temas mal llamados “valóricos”. Así como hemos avanzado en tecnología, de la misma manera habría cambiado la moral, y deberíamos reconocer esos cambios. Ayer lo vimos con ocasión del debate en el Senado por el proyecto de ley de filiación de hijos de parejas del mismo sexo (”lesbomaternidad”), y antes se dijo varias veces con ocasión de la sentencia del 2° Juzgado de Familia de Santiago. — ”¡El mundo cambió! ¡Siglo XXI! ¡Tenemos autos y no carretas!”, nos dicen. La sociedad cambió, y esta sentencia sería el hito histórico para reconocer dicho cambio.

Este argumento es muy persuasivo. Es obvio que en nuestra época ha habido un crecimiento enorme del poder de la técnica. Por otro lado, en nuestros tiempos de hecho las personas se están relacionando afectivamente de manera distinta -es innegable que de hecho existen hoy en Chile uniones homosexuales y que algunas crían niños- y que de hecho las leyes positivas en Chile y el mundo han cambiado, pasando a darle reconocimiento público a ciertas estructuras sociales distintas del matrimonio (entre un hombre y una mujer). Nadie pretende negar estos cambios en las leyes positivas ni en la realidad social.

Ahora bien, el punto central de la discusión nunca ha sido sobre lo que de hecho ha cambiado. Por eso, este argumento es falaz. Se trata nada menos que de la famosa falacia naturalista… solo que esta vez (¡paradojas de nuestra época!) la usan precisamente quienes suelen negar la existencia misma de la ley natural. El debate nunca ha tenido como foco un hecho, la pregunta sobre si “los tiempos cambian”, sino sobre una pregunta política, antropológica y ética, una pregunta normativa. La falacia naturalista es lo que se suele criticar con la llamada Ley de Hume, según la cual no puede deducirse una norma a partir de un hecho, es decir, que del ser no se deduce el deber ser. El argumento de los tiempos que cambian cae justamente en eso: de un hecho (sea el cambio de la sociedad, sea el cambio progresivo de las normas positivas que la regulan) se trata de deducir una conclusión normativa moral, que es en este caso el que dos mujeres deben ser llamadas madres respecto de un mismo hijo.

La pregunta es si debe establecerse que dos mujeres pueden ser llamadas madres, si es bueno o no que demos reconocimiento público y protección a una unión que por naturaleza es infecunda (sin perjuicio de que la técnica les permita acceder a tener hijos, como si de un bien de consumo se tratase). Vale decir, la discusión gira en torno a qué es lo mejor. ¿Negaremos el valor de la paternidad en la crianza de los hijos, justamente en la época en que promovemos la corresponsabilidad? Y si fuese una pareja de hombres, ¿negaremos el invaluable aporte de la mujer en el hogar, en estos días en que tanto destacamos ese aporte en la vida política y en el mundo empresarial?

Los cambios sociales son un hecho, pero creer que todo cambio es bueno por sí mismo es, además de ingenuo, un acto de ceguera ideológica que podríamos llegar a pagar muy caro en el futuro.

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