#PorqueSabemosCuidar



Por Elena Serrano, abogada

Dicen que las mujeres descubrieron el fuego. En la época de los cazadores recolectores, lejos allá en la prehistoria, supieron de inmediato que este milagro podía transformar las vidas de sus comunidades, alejándolos de frío, permitiéndoles cocer la carne de los animales que traían sus hombres, y quizás también –así lo imagino– acercar a sus hijos para protegerlos de los múltiples peligros y enfermedades que asechaban sus precarias viviendas. Quizás haya sido esa la primera noción de hogar, de un lugar donde juntarse y armar la vida. Y así, junto al fuego, aprendieron a cuidar. Porque sobre todo había que cuidar el fuego.

Fast forward a nosotras, hoy, en plena pandemia, lo que heredamos de entonces se ha transformado en la más valiosa y requerida de todas las sabidurías. El cuidado es el único imperativo de sobrevivencia que hoy no admite discusión. Es materia de estudio de feministas y académicos, observadores y analistas. Lo han llamado “la riqueza invisible de las economías modernas”, porque transcurre en silencio, detrás de puertas cerradas, a cargo de mujeres ricas, pobres, viejas y jóvenes, a quienes nadie les paga, ya que, igual que a nuestras predecesoras en la sociedad de los cazadores recolectores, se estima que nos corresponde ejercerlo por naturaleza y destino.

Entretanto, hemos demostrado que esta particular “especialidad” es indispensable para “la reproducción y reposición de la fuerza de trabajo”. Es lo que hace que los grupos humanos funcionen, que haya un lugar al cual volver: pan, techo y abrigo. Procuramos que los niños crezcan sanos y que los ancianos no se queden solos. Damos apego y nutrimos a nuestros hijos al nacer y cerramos los ojos de los muertos. Las más ricas tenemos apoyo de otras mujeres, las más pobres dejan la espalda, las manos y la sonrisa en la tarea, hasta que un día ellas también cierran los ojos.

Sabemos hoy, pandemia mediante, que la “commodity” del cuidado se transa en los mercados a un alto precio. Vale nada menos que el 22% del producto interno: más que todas las demás actividades económicas tomadas unitariamente. Ello requiere, por justicia elemental, ser remuneradas, pensionadas y tener libre administración de nuestros bienes. Y por sobre todo requiere la incorporación de los hombres a las tareas domésticas. La propuesta –ya aceptada por lo menos en teoría por generaciones más jóvenes– es ser corresponsables en lo privado, y paritarias en lo público.

En estos meses de oscuridad y muerte, hemos mostrado al mundo y a nosotras mismas que nuestro rol de cuidado, tantas veces considerado una “maldición del género”, es nuestra mayor fortaleza y nuestro mayor expertise, la fuente del así llamado “liderazgo femenino”. Significa que somos fuertes y valientes, porque estamos en lo esencial de la vida. Que sabemos gobernar, tomar decisiones, evitar riesgos innecesarios. Que por eso protegemos la democracia, creemos en la ciencia, nos negamos a competir en asuntos triviales, promovemos la diversidad, nos espanta el uso de la fuerza, y sabemos que la empatía y la capacidad de escuchar son también formas de dirigir a otros.

#PorqueSabemosCuidar

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