Si no está roto, no lo arregle

Fachada Banco Central



Por Manuel Agosin, académico FEN, Universidad de Chile

Traducción de un gran dicho estadounidense, “If it ain’t broken, don’t fix it”. En estos días en que la Convención Constitucional deberá pronunciarse al respecto, es bueno recordarlo. Baste un ejemplo: la autonomía del Banco Central. Su institucionalidad no solo no está “rota”; es motivo de gran orgullo para los chilenos. Es una institución admirada dentro y fuera de Chile, que ha hecho un trabajo encomiable en los tantas veces vilipendiados últimos 30 años.

El desempeño de nuestro Banco Central desde el retorno a la democracia ha sido estelar. Recibió una economía con una inflación superior al 25% en 1990 y la fue bajando gradualmente a lo que ha sido la norma de su vida como entidad autónoma, 2-4% anual, con contadas excepciones que siempre tuvieron su origen en crisis internacionales. Desde luego, las políticas fiscales regidas por una regla de balance fiscal cíclicamente ajustado (al menos durante parte del período desde 1990) facilitaron su tarea. Adicionalmente, ha complementado admirablemente a las entidades regulatorias del sistema financiero en lograr una estabilidad financiera poco común entre los países emergentes. Por último, en ocasiones de crisis ha sabido salirse de su libreto para ir en apoyo de empresas que sin él hubiesen quebrado. Esto lo vimos con mucha claridad durante el primer año de la pandemia, durante el cual el Banco Central, a través de la banca comercial, extendió líneas de crédito al sector productivo para impedir la quiebra de empresas solventes.

Imaginémonos por un momento que la nueva Constitución haga al Banco Central dependiente del ministro de Hacienda. Como nuestra experiencia histórica y la de otros países de nuestra región nos recuerdan, sería difícil para un ministro de Hacienda (o un Presidente) resistir la tentación de pedirle un préstamo al Banco Central (que nunca se paga) para financiar los gastos que él o ella consideren indispensables, abriendo así la puerta a una inflación que es la que justamente un Banco Central debe cautelar.

Aunque no parecen haber voces en la Convención que llaman a quitarle la autonomía al Banco Central, sí han surgido algunas que favorecen entregarle nuevas atribuciones, tales como fomentar el desarrollo económico y productivo, promover el empleo y preocuparse de las Pymes. Todas malas ideas. Estos loables objetivos están bien cubiertos por otros organismos del Estado, entre los cuales están los ministerios de Economía y del Trabajo. Agregarle objetivos más allá del control de la inflación y de asegurar la estabilidad financiera interna y externa solo asegura que estos últimos objetivos simplemente no se van a cumplir y van a entrar en conflicto con los nuevos que proponen algunos. En caso de conflictos entre objetivos, ¿cuáles prevalecerán? Estimado lector, creo que Ud. ya sabe la respuesta.

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