Por Óscar LanderretchePor un clavo
“Por un clavo se pierde una herradura, por una herradura se pierde un caballo, por un caballo se pierde un caballero.” El refrán es español, aunque su origen es disputado. La versión más difundida lo vincula a Felipe I de Castilla, el Hermoso, archiduque de Austria, duque de Borgoña y rey consorte de la desdichada Doña Juana de Trastámara, “la loca”; quien murió en Burgos en septiembre de 1506 a los veintiocho años, días después de un episodio físico que algunos atribuyen a una caída de un caballo con herradura mal fijada por faltarle un clavo y otros a un partido de pelota bajo el calor de ese septiembre burgalés. Hay otras versiones que se reparten por las europas de esos tiempos, pero qué más da, poco importa quién perdió exactamente el caballo o cuál fue el clavo faltante, lo que importa es la lección: que los desastres grandes suelen tener causas pequeñas que se fueron acumulando sin que nadie tuviera el tiempo, la voluntad ni la disciplina de revisarlas y corregirlas.
El fisco chileno llega al shock petrolero de la Guerra de Irán en condiciones desmejoradas. No estamos en “quiebra”, ni están “normalizadas” las cuentas públicas. Ni lo uno ni lo otro. Ya está bueno que dejemos de marear la perdiz. Que no estén en “quiebra” no significa que estén bien y que no estén “normalizadas” no significa que hay que entregarse a la histeria. Se nota demasiado que moros y cristianos están pensando más en cómo agarrarse a puñetes que en la pega que tienen por delante. A fuerza de mal mazo, se quiebra el brazo y no el peñazo.
El escalamiento del conflicto ha empujado los hidrocarburos a rangos que no se veían hace tiempo y a velocidades aceleradas. Hay, por cierto, un historial de shocks petroleros: el embargo árabe de 1973 por la Guerra del Yom Kippur; la Revolución iraní de 1979; la Guerra del Golfo de 1990; el superciclo de los 2000; el COVID de 2020 y la invasión de Ucrania en 2022. Lo que todos esos episodios tienen en común es que revelaron, con brutalidad, la fragilidad de los países que no habían hecho su tarea fiscal en los años buenos.
El MEPCO —Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (2014)— es el último bautizo de un instrumento que ha cambiado más veces de nombre que galán de telenovela. Fue SIPCO —Sistema de Protección ante Variaciones en los Precios de los Combustibles (2011)—, antes FEPC o FEPCO —Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (2005)—, y antes FEPP —Fondo de Estabilización de Precios del Petróleo (1991)—. Cada cambio de sigla vino acompañado del anuncio de que “ahora sí” teníamos un mecanismo robusto e institucional. La realidad es que el instrumento ha sido reformado cada vez que una crisis real lo ha puesto a prueba. El motivo es simple: el seguro no lo proveía la sigla o sus detalles aritméticos, sino la salud fiscal del Estado chileno; sus superávits fiscales de antaño, el acceso a crédito barato en los mercados internacionales que ello generaba y sus ahorros en los fondos soberanos que logró acumular y cuyo nivel combinado fluctuó en el rango 7-10% del PIB en la década previa a la crisis EPPC (estallido, pandemia, procesos constituyentes). No es la realidad de hoy. Los fondos soberanos están en el entorno del 4% y mejor ni hablemos de la caja fiscal. Cambiar la sigla, sus reglas o sus parámetros no cambia esa ecuación.
La lógica detrás del MEPCO es correcta en abstracto: proveer un auto-seguro contra las fluctuaciones del petróleo para el conjunto de una economía crónicamente importadora de hidrocarburos. La razón por la que es un auto-seguro y no un seguro de mercado es que nadie vende coberturas de precio para la factura petrolera total de un país. Se pueden cubrir (parcialmente) posiciones individuales —aerolíneas, empresas de transporte— pero no el consumo agregado de una economía entera. En general es más caro auto-asegurarse que comprar un seguro, pero como dicen “no hay de otra”. El único paraguas posible, entonces, es el que uno mismo construye con anticipación. Y para construirlo, se necesitan ahorros. En economía, a los ahorros reservados para contingencias se les llama, con toda propiedad, “ahorros precautorios”. No son un capricho ideológico. Son el equivalente macroeconómico del fondo de emergencia que cualquier familia responsable debiera tener ante la posibilidad de que surjan compromisos extraordinarios.
Los países se enfrentan a shocks: petroleros, como hoy; pandemias, como ayer; terremotos, como antes; sequías, heladas, colapsos financieros globales y quién sabe qué otras calamidades que nos depara el destino. Así es la vida; como dicen los ingleses: “life is hard, and then you die”. No son predecibles pero sí se puede —y se debe— estar preparado para cuando lleguen. Para eso se invierte en salud fiscal en los años buenos. Chile lo entendió así y lo hizo en los noventas y dosmiles; en los últimos quince años, menos; harto menos. Hoy tenemos un déficit estructural persistente, deuda bruta que ronda el 45% del PIB con tendencia al alza, y fondos soberanos que han financiado gasto corriente en lugar de acumularse como reserva de respuesta.
Las encuestas muestran que una mayoría de los chilenos prefiere que el Estado se endeude para absorber el shock y evitar que el alza llegue al precio del combustible en el surtidor. Se entiende el sentimiento. Pero hay que decirlo con claridad: siempre van a existir causas buenas para los déficit. Siempre. El problema es que llevamos demasiado tiempo haciendo oblaciones en los altares de esas causas sin invertir en los cimientos del templo: la capacidad fiscal para responder cuando las crisis llegan. Presupuestos públicos sistemáticamente deficitarios; la persistente postergación de la revisión de exenciones tributarias injustificadas (y caras); el financiamiento vía deuda de compromisos sociales permanentes sin la contrapartida tributaria que los hiciera sostenibles y un largo etcétera de irresponsabilidades que atraviesan varios gobiernos. Ninguno de esos tres ítems, por sí solo, genera una crisis fiscal. Ninguno es el fin del mundo. Cada uno era un clavo suelto en la herradura.
La política tiene su propia lógica, distinta a la del balance fiscal, y sería ingenuo desconocerlo. Si la crisis se extiende en el tiempo y se profundiza será políticamente inevitable que el gobierno encuentre fórmulas adicionales a las propuestas para amortiguar el golpe al bolsillo —deuda, decreto, ajuste de impuestos específicos, subsidios adicionales, lo que sea—; ningún gobierno del mundo, de izquierda o de derecha, absorbe un shock prolongado de éste tipo sin actuar. Y habrá un costo: la reforma tributaria. Es improbable qué esta desaparezca, pero sí va a gradualizarse, diferirse y posiblemente achicarse y focalizarse en el tiempo. Hay quienes dirán que se puede hacer todo a la vez —absorber el shock y avanzar en la reforma— si se recorta el gasto público con la violencia suficiente. Correcto en teoría. Pero recortar gasto estructural en medio de una crisis de costo de vida, con los índices de aprobación bajo presión y los parlamentarios cada vez más inquietos es, por lo menos, desafiante.
La variable central es cuánto dura este shock y eso nadie lo sabe con certeza. El conflicto en Irán tiene la particularidad de que quienes lo conducen no son precisamente actores conocidos por su vocación de desescalamiento ni por su predictibilidad estratégica. Puede cerrarse en semanas, puede extenderse en meses o más. Si se resuelve rápido o se extiende, igual Chile deberá encontrar un camino de regreso a la disciplina fiscal: recuperar el balance, luego el superávit, luego deuda a la baja, luego alimentar los fondos soberanos para que vuelvan a niveles que den seguridad real. Lo que es más discutible es que el momento de iniciar ese camino sea en el peak de un shock petrolero, con las tendencias inflacionarias y de crecimiento empeorando, el invierno encima, el flete, el boleto de la micro, el gas licuado y la parafina respirandole en la nuca a la Señora Juanita.
Mi pronóstico es que la oportunidad para reconstruir la posición fiscal va a abrirse en el peor momento político. Creo que fue Woody Allen quien dijo alguna vez: “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. El espacio se abrirá más adelante, cuando el conflicto haya amainado y los combustibles hayan vuelto a niveles tolerables (y por sobre todo estables). Esto es, probablemente, cuando nos acerquemos a los ciclos electorales y decaiga el apetito parlamentario por los recortes fiscales. Y ahí es donde sabremos si el compromiso con la disciplina fiscal es real o si fue sólo galantería de luna de miel. Porque la disciplina fiscal, como la herradura bien clavada, no se prueba en el camino llano, sino en la huella pedregosa que sube por la sierra.
O quizás la guerra termine mañana y baste con lo anunciado… vaya uno a saber.
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