El riesgo de la autocomplacencia

Antes de celebrar tasas de crecimiento impulsadas por fenómenos estadísticos o efectos coyunturales, es urgente acometer reformas que mejoren la competitividad y eleven la tendencia de crecimiento de largo plazo.


El Banco Central publicó esta semana el Informe de Política Monetaria (IPoM). En los aspectos generales no variaron demasiado las proyecciones de crecimiento para este año y los dos que vienen. El 2018 la economía chilena crecerá entre 3,25% y 4%, mientras el 2019 la expansión económica se ubicará entre 3,25% y 4,25% y en 2020, entre 3% y 4%.

La mejor noticia vino por el lado de la inversión. El IPoM corrigió al alza la variación que experimentaría la formación bruta de capital fijo de 3,6% a 4,5%, que de materializarse sería el mejor desempeño desde 2012 y revertiría cuatro años de caídas consecutivas.

Además, el Banco Central señaló que "los datos conocidos del primer cuatrimestre del 2018 muestran una actividad que creció algo por sobre lo previsto", resaltando el mejor desempeño en algunos sectores puntuales. Aun así, el IPoM advierte que la expansión de la demanda interna se moderará lo que resta del 2018.

Más allá del valioso análisis que realiza periódicamente el IPoM, el principal riesgo que se advierte para la economía chilena es la autocomplacencia, que suele instalarse con más fuerza ante mejores cifras coyunturales. Lo cierto es que las variables económicas estructurales siguen invariables, ya que, por ejemplo, el crecimiento potencial sigue anclado en torno al 3%.

Antes de celebrar tasas de crecimiento impulsadas por fenómenos estadísticos o por expectativas de corto plazo que recién abandonan las zonas de pesimismo, es urgente acometer reformas que mejoren la competitividad y quiebren el letargo estructural económico en el que nos encontramos. De lo contrario, podremos observar algunos años de mejor desempeño económico -el que paulatinamente cerrará la brecha de actividad-, pero que de no mediar ajustes de fondo, solo traerá presiones inflacionarias en el largo plazo.

Se exige, por lo tanto, que las autoridades económicas vayan más allá y que en vez de adoptar una actitud contemplativa frente a los mejores resultados de corto plazo, manifiesten un verdadero sentido de urgencia para efectuar cambios profundos, cuya eventual ausencia podría seguir hipotecando el anhelo de alcanzar el desarrollo económico y social.

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