Gabriel Boric, diputado del Movimiento Autonomista: “Los golpes te van haciendo madurar”

Fotos: Mario Téllez

Decidió cambiar el foco. Más que los grandes discursos para cambiar el modelo, hoy quiere visibilizar los problemas de salud mental de los chilenos. Su propia experiencia -tiene un Trastorno Obsesivo Compulsivo- lo conectó con la vulnerabilidad. Esta es su nueva cruzada.


El plantel más rudo del poder siempre advirtió, un poco en broma y un poco en serio, que la política es sin llorar. Ese lema -que se instaló como un mantra en una generación de dirigentes que hoy bordea los 60 años- parece ser una muestra más de que hay una forma de hacer política que va quedando atrás.

“La política también es con llorar”, señala Gabriel Boric en uno de los patios del Congreso apenas comenzamos esta entrevista. Hoy, la palabra vulnerabilidad ocupa un lugar central en su lenguaje político.

Fue en octubre del año pasado que Boric, uno de los íconos del Frente Amplio, posteó en sus redes sociales que se encontraba internado en el Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Chile para tratar un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Estuvo dos semanas internado, fuera de la cancha de juego. Habló de lo que le había pasado y contó que esa condición se la diagnosticaron a los 12 años. Pero el proceso que ese suceso gatilló en él se ha ido develando con los meses.

En febrero cumplió 33 años. Ha bajado varios kilos. Se recortó la espesa barba que lo caracterizaba, juega fútbol rutinariamente y decidió reenfocar su accionar político. Infancia y salud mental son su nueva cruzada.

Los últimos seis meses fueron difíciles y polémicos. Su reunión en París con Ricardo Palma Salamanca y luego su aparición con una polera con la imagen de Jaime Guzmán con una bala en la cabeza marcaron una etapa compleja.

¿Qué cambió en Gabriel Boric? Tus intervenciones, tu relato en redes sociales, te muestran más cercano a la fragilidad que a la rudeza política.

Más que un giro o un cambio, es un proceso de maduración política en función de lo que me ha tocado ver. En Chile hay mucha incertidumbre, una sensación de angustia y fragilidad. Hay millones de chilenos que lo pasan mal. Uno no puede quedarse solo en los grandes discursos. Hay que bajar. Por eso esta decisión de poner énfasis en temas más específicos.

¿Con qué te encontraste en la calle?

Con un peso silencioso. Piensa que cerca del 23% de las licencias que se dan están vinculadas a salud mental. Sin embargo, la tasa de rechazo es altísima. Bueno, eso tiene que ver con el estigma que sufren las enfermedades mentales, porque no se ven. Tú no ves el hueso roto o la mano sangrando, pero la procesión va por dentro.

¿Cuánto de este cambio de énfasis tiene que ver con lo que te pasó a ti?

En política necesitamos mirarnos a los ojos y no hablar solamente desde las grandes abstracciones. Eso lo he aprendido a partir de mi experiencia personal.

¿Y ha sido difícil mostrar fragilidad en un mundo más bien duro, como es la política?

Es que, como decía la Bea Sánchez, la política también es con llorar. No puede ser que existan espacios en que la masculinidad se entienda como una suerte de “superhombre”, de alguien que no tiene temores, que no duda, que está siempre entero. Pero, aclaro, esto no se trata de andar ventilando los problemas personales, sino de asumir que todos vivimos en una sociedad que denuesta la fragilidad.

¿No es riesgoso apostar por la vulnerabilidad en un mundo que no tolera las fisuras?

Sí, es una apuesta riesgosa, pero yo no lo quiero llevar adelante como una cruzada personal. Participar en la Mesa Nacional de la Infancia, priorizar la salud mental como uno de nuestros ejes de trabajo, tiene que ver con impulsar un debate en función de las carencias que hay en nuestra población. He visto muchas personas sufriendo en silencio, porque si hablan, las estigmatizan.

¿Y cómo empalma este nuevo énfasis con el discurso crítico que tiene el Frente Amplio hacia la estructura del modelo?

En que los problemas de salud mental en Chile no son individuales. Son producto del sistema competitivo, individualista que tenemos. Por lo tanto, esta fragilidad hay que abordarla de manera sistémica. El filósofo coreano Byung-Chul Han dice que estamos en la sociedad del rendimiento, donde todo apunta al éxito o al fracaso personal. Cuando alguien es vulnerable o fracasa, termina culpándose a sí mismo y, por lo tanto, se vuelve depresivo y no un revolucionario tratando de cambiar el sistema.

¿Y el Frente Amplio levanta esas banderas? ¿No estarás siendo un llanero solitario?

No quiero ser un llanero solitario. Si lo fuera, estaría garantizada la derrota. Creo que al instalar estos temas logramos hacer visible la fragilidad en que viven millones de ciudadanos. No sirve el puro testimonio. Pero, además, estos temas tan relevantes para la sociedad no han sido bien abordados por la izquierda.

¿La izquierda no ha logrado ser espejo de los problemas reales de las personas?

Uno de los problemas de la izquierda es que generamos demasiados espejos. Como que nos gusta mirarnos a nosotros mismos, pero no vemos lo que está pasando afuera. Tenemos que salir al territorio, hablar con la gente. Porque cuando te pones a trabajar más allá del discurso general, aparecen estos nichos de vulnerabilidad no tocados por el modelo chileno. Ahí hay que trabajar. La gente no vive de promesas escatológicas.

Foto: Mario Téllez

Un tiempo difícil

Decías en un posteo de tu Instagram: “Por la cresta que he aprendido en el último tiempo”. Pasó lo de la internación, lo de la polera con Jaime Guzmán, la reunión con Palma Salamanca. Han sido meses turbulentos que muchos califican como erráticos…

Ha sido un tiempo de gran aprendizaje. Como dice el maestro Bielsa: “En el éxito están el acomodo, el relajo y la mediocridad”. Y es justamente cuando uno se tropieza cuando adquiere mayores competencias para enfrentar el mundo. Y yo, efectivamente, tuve momentos difíciles que te enseñan mucho.

¿Qué te enseñaron?

Es muy difícil explicarlo en una entrevista, porque son procesos superlargos y que todavía no terminan. No es que te levantes una mañana y digas: “Hoy soy una persona completamente diferente respecto del que fui ayer”. Pero yo diría que el tema de la empatía ha sido un elemento fundamental para mí. O sea, ser consciente del dolor del otro, escucharlo, verlo.

Asumirte vulnerable, ¿también fue un aprendizaje o no tanto?

Ese es un aprendizaje permanente. Es maduración… Los golpes te van haciendo madurar, te ayudan a ser más empático, más reflexivo.

Me refiero a si desde el comienzo lo viviste como aprendizaje o te atormentaste un poco…

Nunca hay que perder la voluntad de levantarse.

¿No te gana el tormento, a veces?

No estaríamos haciendo esta entrevista si me hubiese ganado. Pero, insisto, no lo pongamos en mí. Aquí hay millones de personas pasándolo mal.

Pero tu experiencia te empujó a sacar del ropero ese problema.

Evidentemente, tu historia de vida va moldeando el cómo te relacionas con el mundo. Pero no quiero hacer de mi historia una cruzada personal. Tiene que ser un proyecto colectivo. En su minuto me pareció importante -por ser yo un personaje público- transparentar esa enfermedad, pero no quiero ostentar de ella. Muchas veces uno puede entrar en una suerte de victimización y no estoy en eso para nada. O sea, no porque me haya tocado a mí se vuelve más importante. Lo que pasa es que quizás antes no lo veíamos.

Seguramente, eso genera un efecto en otros que ahora se animan a hablar.

Sí. Y lo he conversado con profesionales del área. Me contaban que cuando las hermanas Prieto denunciaron los casos de abuso que habían sufrido, eso permitió que mucha gente que había sufrido lo mismo empezara a hablar. Cuando James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo cuentan su experiencia con el cura Karadima, también permitieron que otros hablaran. Esto tiene un componente de solidaridad importante, no de figuración personal. Por eso no me interesa poner el foco en mí.

El Gabriel Boric que emergió de las marchas estudiantiles era más frontal, más categórico. Te llamaban el niño terrible. ¿Ese niño mutó?

El día en que se me pasen la rebeldía y la necesidad de querer cambiar un mundo injusto, espero que la gente no me elija para estar acá, porque va a significar que me acostumbré a un mundo de privilegios.

¿No es agobiante tener que ser rebelde, revolucionario, siempre?

Ser rebelde y revolucionario no tiene nada que ver con la imagen del revolucionario de los 60. Yo creo que el ser revolucionario tiene que ver con tus convicciones.

Hoy, tus convicciones probablemente chocan con una sociedad que cada día tiene más rabia con los políticos. ¿Difícil hacerse cargo de eso?

“…La rabia simple del hombre silvestre”, decía Silvio en una canción muy bonita, Días y Flores. Y yo creo que esa rabia que está muy extendida hacia la política tenemos que transformarla en acción creativa. Ser capaces de empatizar y estar conscientes del dolor y la soledad que viven muchos en este país. Ahí hay que poner el foco.

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