The Eddy: el bálsamo musical de Netflix para el encierro

Maja (Joanna Kulig), cantante del club de jazz del que es dueño Elliot (André Holland), un pianista retirado.

Jazz, frustración y un retrato actual de París reúne la recién estrenada serie. “La música complica el drama y el drama hace lo mismo con la música”, dice a Culto su creador.


El inicio es vibrante. La cámara entra intempestiva por la puerta que conecta con el bar. Se aproxima al escenario y presenta a un sexteto, para luego girar hacia un público apacible, quedarse con la interpretación de los músicos y regresar a la audiencia solo para llegar hasta el fondo: cigarro en mano, uno de los dueños del club mira con descontento. En medio de la que le parece una noche de baja performance de la banda de jazz, irrumpe un tipo respetado del ambiente local a quien sigue hasta el exterior, aunque no obtiene buenas noticias. Sin cortar nunca en los cinco minutos, la escena termina cuando el hombre reingresa justo con el final de la canción.

Para los amantes de Whiplash, la exuberancia visual y musical del plano secuencia con que abre The Eddy es Damien Chazelle en estado puro. El realizador de esa película y de La la land es el director de los dos primeros episodios de la producción de Netflix, y define buena parte de los atributos que hacen de la serie uno de los mejores shows de los últimos meses. “Realmente él puede tomar el crédito de eso. Queríamos abrazar una narrativa visual transformadora, y Damien tenía una idea muy clara de cómo hacerlo. Obviamente, él es un genio con la creación”, dice a Culto Jack Thorne, el creador y guionista de los ocho episodios de la miniserie recién estrenada.

Compuesta por Glen Ballard (ganador del Grammy por Jagged little pill, de Alanis Morissette) y Randy Kerber, nominado al Oscar por El color púrpura, la música original es interpretada en vivo por el sexteto protagonista, una experiencia que el realizador británico define al teléfono como “realmente gloriosa, tan llena de energía, fue una verdadera oportunidad poder llevarla a las páginas y explorar a los personajes”. Apostando por lo espontáneo, en la agrupación el mismo Kerber es el pianista y la única actriz de profesión es la polaca Joanna Kulig (Cold war).

Incluso en ese inicio, la serie instala los cimientos del drama que vendrá después. The Eddy es un club de jazz de París que se sostiene a duras penas, conducido por Farid (Tahar Rahim) y Elliot (André Holland), un pianista estadounidense que dejó de tocar en vivo y cuyos conflictos van marcando el espesor que gana la trama, como la relación volátil que mantiene con el personaje de Kulig y con su hija adolescente, Julie (Amandla Stenberg), quien llega desde EE.UU. Así lo sintetiza Thorne: “El arco era que la música complicaría el drama, y el drama haría lo mismo con la música”.

Pero además la serie transcurre en la actualidad en París, lejos de las postales más conocidas. Es una cara más humana y salpicada por la discriminación, los crímenes, la segregación y, como siempre, la música. A Thorne, hijo de urbanista y guionista de proyectos tan distintos como la obra Harry Potter and the cursed child (por la que ganó un Tony) y la adaptación televisiva de This is England, le interesaba particularmente el retrato de la ciudad, para “hablar sobre el daño que se ha hecho al estructurarla, y ver el comportamiento alrededor de esta”.

Quizás por todo eso, si bien está protagonizada por un personaje norteamericano y Chazelle sabe mucho de música, la serie es el resultado de varias miradas fuertes. El director de El primer hombre en la Luna se hace cargo de los dos primeros, pero luego le siguen otros cineastas que le imprimen su sello: la francesa Houda Benyamina (Divines, en Netflix), la marroquí Laïla Marrakchi y el estadounidense Alan Poul, también productor del proyecto y uno de los principales responsables de haber convocado a Thorne y Chazelle antes incluso que este ganara el Oscar por La la land. “Creo que los episodios que Damien dirigió son increíbles”, afirma el guionista, para luego indicar que la adición de otros realizadores dio paso a una “mirada que no era el ojo exclusivamente americano, sino el francés. Un ojo que entendía este París”.

El viaje que propone la serie no es fácil, pero una inmersión en su mundo de músicos, dolor y pasión puede resultar hasta catártica, quizás hoy más que nunca. Aunque su creador opte por la modestia. “En The Eddy toda la música cobra vida, pero también es una historia de identidad y cómo nos volvemos más fuertes a ciertas situaciones. No sé qué programa es el adecuado para este momento, pero estoy muy orgulloso de lo que hemos hecho, y espero que la gente lo entienda”, cierra.

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