Cuando Los Prisioneros fueron cinco... y cuando se pintaron como Kiss

Claudio Narea ha empezado desde julio una serie de charlas vía Zoom donde repasa la prehistoria del rock, pero también las raíces musicales de Los Prisioneros, mostrando material poco conocido del trío: desde fotos hasta anécdotas o grabaciones reveladoras para entender parte de su historia. Aquí, lo que exhibe el músico en sus encuentros digitales.



En 1986, en pleno estado de gracia de Los Prisioneros, a Claudio Narea le realizaban una pregunta singular para una figura que tenía en la música su destino más evidente: ¿qué quieres hacer en unos treinta años más?

“Yo siempre contestaba que quería trabajar en radio, comunicar y compartir música”, dice ahora el guitarrista, cuando ese futuro imaginado en el ayer ya es presente y lo tiene en una faena similar a la que anhelaba por esos días. “Hoy hago charlas. Y encuentro que eso es muy parecido a tener un programa de radio, pero con videos y fotos”.

Aunque desde 1995 viene desarrollando conversatorios en distintas instancias acerca de la historia del rock y de su propia carrera, el encierro global lo obligó a intensificar el ejercicio de hablar frente a otros acerca de sus conocimientos y de su vida.

De alguna forma, ya no levanta el micrófono ni se cruza la guitarra para cantarle a multitudes, sino que ahora prende su computador y activa el audio de su estudio casero para dictar charlas vía Zoom ante cerca de 100 personas que están del otro lado dispuestas a escuchar, conversar y preguntar.

Un ciclo de encuentros que partió a fines de julio con la especialidad de la casa: “Historia del rock: orígenes e influencias” se llamó la instancia donde el ex Prisionero dio rienda suelta a su amplio conocimiento acerca de lo que estuvo antes y un poco después del rock and roll, relato que ha desplegado por décadas tanto en su música como en espacios radiales (el recordado Se remata el siglo, en Rock and Pop, es el ejemplo más claro).

“Después del año 87 me empezó a gustar mucho el blues y todo lo que había alrededor de esa historia, sobre todo lo relativo a los esclavos que llegaron de África a Estados Unidos, con su música y sus costumbres. Era gente tratada como animal, que tenían cero derechos, que eran ridiculizados, pero ellos empezaron a hacer un arte que cambió la escena musical total del planeta. Yo escuchó rock ahora y es música negra todo el rato. Me parece increíble que un pueblo analfabeto haya hecho un aporte gigante al mundo”.

“Eran nombres además que no se abordaban en ningún lado. Son aportes que se invisibilizaron. Yo iba a ver discos a Musimundo y el rock estaba separado de lo negro, porque era música blanquita. Hay un racismo permanente en el mundo de la música. Leroy Jones reflexiona sobre esto y cuenta en un libro: ‘dicen que Elvis es el Rey del rock... entonces, ¿quién es James Brown? ¿Dios?’ Elvis fue un gran artista, un icono, todo lo que quieras, pero James Brown es alguien sorprendente. Lo mismo Jackie Wilson o Mahalia Jackson. Me parece sorprendente que se diga que el rock partió en los 50. No, al final el rock and roll es pura apropiación de la cultura negra hecha por los blancos”.

Esos mismos tópicos -con audios, imágenes y videos- serán abordados en sus próximas dos charlas: este martes 8 y jueves 10 de septiembre, a las 19.00 horas, con un valor de $5000 (inscripciones en produccion@nuevasantiago.com).

Heavy y bailable

Pero Narea no sólo advirtió que había una vasta prehistoria que explorar en el género más representativo del siglo XX. También existía una cuna y una infancia igual de polifacética en su propia bitácora de viaje: la hoja de ruta que siguió junto a Los Prisioneros.

De ese modo, el sábado 29 de agosto y el pasado 5 de septiembre realizó dos encuentros bautizados como “Orígenes e influencias musicales de Los Prisioneros: charla interactiva”, donde retrocedió hasta el proceso embrionario que fue formando al grupo más popular del rock chileno, a través de grabaciones que han salido muy poco a la luz y de versiones inéditas que funcionan como eslabones perdidos en el curso creativo del trío.

Una verdadera joya para los fanáticos, un caudal de información inesperada que también supuso un rescate arqueológico para su propio protagonista.

“Tengo mucho material guardado de esos años, mi papá y mi mamá también guardaban harta cosa. En algún momento me pasaron todo eso. Algunas cosas me dejaron impresionado por lo bien que suenan”.

Y las reliquias desempolvadas no sólo incluyen canciones; también hay caricaturas, dibujos e imágenes nunca antes aparecidas en los registros de los sanmiguelinos. Como síntesis, el relato parte hacia 1980 en la era de Los Pseudopillos, el grupo que formó en el Liceo 6 con Jorge González y los hermanos Álvaro y Rodrigo Beltrán; sigue en 1982 con Los Vinchukas, un trío ya reducido a Narea, González y Tapia; y luego da el salto a 1983 ya establecidos como Los Prisioneros.

Aquí, un repaso por lo mejor que ha mostrado el músico en los encuentros dedicados al extinto grupo, los que pretende repetir en las próximas semanas.

La mazorca del olvido y Arturo Prat

Quizás los registros más primitivos de la charla: el casete experimental que grabaron como Los Pseudopillos en el alba de los 80, cuando no sabían tocar ningún instrumento ni tampoco tenían alguno para hacer sonar.

Aunque mucho de ese material ya se conocía en la web a través de fanáticos y del propio Narea, resulta fascinante el ánimo lúdico y adolescente con que enfrentaban la música, con temas como “La mazorca del olvido” y “Arturo Prat”, parte de una cinta grabada desde una radio y que replicó la foto del Let it be de The Beatles. Eso sí, esta vez bajo el apropiado nombre de Let it pillo.

“Éramos un grupo de canciones chistosas, las inventábamos de vuelta al colegio, pero siempre tenían letras originales. No sabíamos tocar nada, lo mirábamos como un juego, teníamos apenas quince años. Éramos muy nerds. Me gustó encontrarme con las canciones de esos inicios”.

Dejen respirar

Un tema crudo y de rudeza casi punk que empieza a ilustrar el vuelco sonoro que encarnaron Los Vinchukas, con sus integrantes ya conscientes del influjo de The Clash y sus múltiples derivados.

“Me sorprendió escuchar este tema, es del Liceo 1. Sé que también anda por ahí dando vueltas, pero yo lo tengo en mejor sonido, las voces de Miguel y Jorge se escuchan muy limpias. Pongo la letra en las charlas para que se entienda lo que cantábamos con Los Vinchukas”.

”Un grupo que promete”

Entre los registros de audio más llamativos está el inicio de un show sucedido en octubre de 1982: cuando Los Vinchukas llegan al Liceo 1 de Niñas y, justo antes de saltar al escenario, la animadora los presenta como “un grupo de jóvenes que se caracteriza por tener un estilo muy personal, ellos posiblemente ocupen el lugar que hoy ocupa nuestro conjunto estable”.

Narea aún guarda esa grabación, captada por la radio de Rodrigo Beltrán. Ahora el cantante dice: “Eso fue muy bueno, porque ella anticipa que nos podía ir bien y que al año siguiente podíamos estar tocando como el grupo más permanente. Un buen presagio”.

Una imagen de un show de Los Vinchukas

Me importas más de lo que piensas

“Un temazo”. De esa forma define Narea lo que podría ser el gran track maldito en la carrera de los sanmiguelinos: una creación de Jorge González de 1983 y que no quiso incluirla en La voz de los 80.

Hasta hoy el guitarrista cree que debió formar parte de algún título de la agrupación. “Nunca le pregunté a Jorge por qué no quiso incluirla. Era para rescatarla y grabarla de nuevo. Pero quedó ahí, en el olvido. Estoy tratando de rescatar ciertas frases para estas charlas”.

Papa Fuentes y la onda disco

Mucho antes de convertirse en celebridades y en auténticos artesanos de la canción, Los Prisioneros también exploraron ritmos diversos. Aunque medio en broma medio en serio. Hacia 1982, concibieron un breve proyecto llamado Papa Fuentes, con Narea, González, Tapia y otros amigos del liceo: Michel Grez, Roque Villagra, Óscar Arenas y Gustavo Fuentes.

Ahí grabaron una canción de pulso disco, bailable, ideal para moverse durante la noche y con un guiño -quizás ahí está su parte más burlona- a “La luna llena” de Miguel “Negro” Piñera y “Márchate ya” de Miguel Bosé.

“Tiene una onda bailable, pero es más hueveo, porque la onda disco era muy mal mirada, era el reggaetón de esa época”, define el músico. La iniciativa, claro está, no tuvo mayor vida.

Claudio Narea junto a amigos de su barrio y del colegio.

Pintados como Kiss

Los Beatles y Kiss son los nombres que más se repiten en el bagaje musical que cargaba la banda en sus inicios. Pero con una diferencia a favor de los estadounidenses: aparecen en la conversación un par de fotos con Los Prisioneros pintados bajo el maquillaje perpetuado por los hombres de Detroit rock city.

Narea se lo toma con humor: sabe que no tenían el mismo estilo de ellos. Unos habían nacido en Nueva York y los otros en San Miguel. Pero, según dice, eso le da un timbre de auténtica chilenidad a unos Kiss de barrio pintarrajeados con lo que tenían a mano.

En la imagen que está más arriba, están en una fiesta de 1980 de la Escuela Consolidada, en Pedro Aguirre Cerda, con Narea con el look estilizado por Paul Stanley.

Cuando Los Prisioneros fueron cinco

Hay un hito absolutamente único en el historial de los sanmiguelinos, que no se repitió ni antes ni después: cuando sobre un escenario fueron cinco integrantes y en un show en que sólo tocaron temas ajenos, ninguno propio. Es una de las anécdotas con que el ex Profeta y Frenético sorprende.

“Pasó el año 83 en una quermés del colegio Santo Cura de Ars en San Miguel. Ya éramos Los Prisioneros, pero no recuerdo por qué nos presentamos cinco a tocar y sólo covers, de los Clash, Devo, los Stranglers y A Flock of Seagulls. Quizás fue porque nos pagaron y por la plata. Jorge fue quien tocó el teclado. Estaba también yo, Miguel, Alvaro Beltrán y otro amigo del lote. Nunca después volvimos a hacer algo así, era muy raro para nosotros”.

Los Prisioneros

La Voz de los 80 versión demo

Otra joyita: una versión demo del mayor himno del trío, de noviembre de 1983 -el álbum salió casi un año después- y mucho más lenta que la que todos conocemos.

¡Yo soy heavy!

Mientras 1988 fue un año decisivo para la historia chilena reciente, para la historia más privada de Los Prisioneros fue una suerte de terreno pantanoso. Desde que el 28 de marzo de esa temporada declararon que votarían No en el plebiscito que se haría en octubre, los militares no permitieron que llevaran a cabo la gira de La Cultura de la Basura en un porcentaje mayoritario de sus fechas.

“Entonces, quedamos con mucho tiempo libre”, rememora Narea. En esos días de ocio, empezaron a confeccionar melodías sin demasiado rigor ni sutileza, como “Yo soy heavy”, un tema gritado con bramido áspero y salvaje por parte de Jorge González, como una parodia a los grupos metaleros de moda que aumentaban los decibeles por sobre cualquier armonía. De hecho, recuerda la testosterona motoquera de bandas españolas como Barón Rojo.

“Parece Don Francisco cantando”, fue otro de los comentarios que surgió en el chat de Zoom cuando empezó a sonar el tema en la charla.

En lo formal, fue una grabación que hicieron sólo González y Narea, como parte de la “banda sonora” para el cortometraje humorístico Lucho, un hombre violento, donde también asomaron otros tracks luego publicados en el compilado Ni por la razón ni por la fuerza.

Pero “Yo soy heavy” -aunque sea en plan de mofa- sitúa a González disparando rock duro en plena etapa de enamoramiento de las máquinas, los teclados y las cajas de ritmo.

“Como no teníamos tanto trabajo en el 88, nos dejaron tiempo libre y nos largábamos a hacer cualquier lesera. La pega de grabar siempre la tomábamos muy en serio; pero si nos dejaban sueltos, salían cosas como éstas. Me gusta mucho, porque demuestra que en 1988 seguíamos teniendo un vínculo con Los Pseudopillos”, remata precisamente un ex Pseudopillo.

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