El guardián entre el centeno, el libro que obsesionó al asesino de Lennon

Publicada en 1951, es la única novela de J. D. Salinger. En rigor, le tomó 10 años escribirla, tanto que los manuscritos acompañaron al autor durante su servicio en la Segunda Guerra Mundial. Mostrando su difícil carácter, se negó a que hubiese publicidad para el libro y rechazó todos los diseños de portada propuestos. ¿Por dónde pasan las claves de esta obra? En Culto nos aventuramos en la historia de un texto fascinante.



Cuando los dos radiopatrullas de la policía de Nueva York llegaron a la entrada del edificio Dakota, aquella noche infausta del lunes 8 de diciembre de 1980, lo primero que vieron los efectivos, junto con el cuerpo desparramado de John Lennon –cubierto con la chaqueta del portero Jay Hastings– y la desconsolada Yoko Ono a su costado, fue al joven Mark David Chapman.

Como cuenta Philip Norman en la biografía que escribió sobre el beatle (John Lennon, Anagrama, 2009), Chapman –un regordete de 25 años– estaba apoyado contra la pared de ladrillos del edificio y en sus manos sostenía un libro, el cual parecía estar leyendo con devoción.

En el suelo, a los pies de Chapman, estaban el LP Double fantasy que el mismísimo John le había firmado un par de horas antes y el revólver calibre 38 con que había llevado a cabo su tarea sangrienta.

Al ser apresado, Chapman conservó el libro. Se trataba de la novela El guardián entre el centeno, y en la guarda del libro se leía un mensaje inquietante que el mismo Mark había escrito: “Esta es mi declaración”.

El libro que Chapman portaba el día que asesinó a John Lennon es un clásico de la literatura de los Estados Unidos, y fue publicado en 1951. Su proceso de escritura había comenzado mucho antes. Diez años atrás, para ser exactos. Por esos días, Jerome David Salinger, un neoyorkino que contaba 22 años, comenzó a escribir una serie de relatos sin ensamblar en un orden determinado.

Escribir era algo que por entonces Salinger tenía como una especie de credo en su vida diaria. Había hecho un curso de escritura en la Universidad de Columbia y publicado una serie de relatos breves en revistas. De hecho, en mayo de ese 1941 consiguió una publicación. Se trataba del relato “The heart of a broken story”, y salió en la revista Esquire. No era la que él deseaba, pero por lo menos era un comienzo.

J.D. Salinger

Pero hay que retroceder un poco más la cinta. En rigor, su primera publicación se había dado el año anterior, en la revista Story. Ahí, en la primavera septentrional de 1940 apareció su cuento “Young folks”, a instancias del editor Whit Burnett, quien fue su profesor en la escuela de literatura de la Universidad de Columbia. Paradójicamente, Salinger había mostrado más interés por la poesía, ahí su maestro era el poeta Charles Hanson Towne.

Salinger trabajaba concienzudamente en las clases de Towne, pero no en las de narrativa que impartía Burnett. Como cuenta Kenneth Slawenski en su libro JD Salinger - Una vida oculta (Galaxia Gutenberg, 2010), “en lugar de aplicarse, como Burnett le recordaría a menudo, pasaba el tiempo sentado en la última fila, mirando por la ventana”.

Pero hubo un hecho que cambió al adusto e indiferente chico. El gusto irrefrenable que Burnett sentía por los relatos breves y que contagiaba a sus alumnos. “Tenía una pasión por el relato breve que impregnaba el aula, y su amor por esta forma artística era en sí mismo el mejor maestro. Cuando daba a conocer a sus alumnos a autores de todos los niveles y estilos, presentaba las historias sin dar opiniones, y enseñaba no sólo la importancia de la buena escritura sino también la reverencia por la buena lectura”, señala Slawenski.

Poco a poco, como los chicos de la Welton Academy contagiándose del entusiasta y poco convencional profesor John Keating en La sociedad de los poetas muertos, a Salinger el bichito por la narrativa corta le entró y no salió más.

Se puso a trabajar en serio y de forma concienzuda. Había encontrado un objetivo en la vida.

No pasó mucho tiempo, y el joven Salinger un día se acercó a Burnett para mostrarle una serie de relatos que había escrito. Este los recibió, y al leerlos quedó impresionado. “Al hojear las páginas, Burnett se quedó asombrado al descubrir el verdadero talento encerrado en el joven indiferente de la última fila. ‘Algunas historias parecían haber surgido de un tirón de su máquina de escribir –recordaba años después, todavía admirado– y muchas de ellas fueron publicadas más tarde’”, escribe Slawenski en su libro.

Con ojo clínico, Burnett le sugirió a su joven discípulo que publicara “Young folks”. Así, Salinger partió entusiasmado a la revista Collier’s, donde fue rechazado. Solo ahí, Burnett decidió darle una mano y publicarlo en la revista donde era editor, la mencionada Story.

Así, Salinger comenzó su carrera como escritor, a la cual pensaba dedicarse por tiempo completo. El inicio fue duro, y pasó ocho meses ofreciendo relatos a diferentes revistas sin resultados, hasta que su cuento “Go see Eddie” apareció en la revista de la Universidad de Columbia.

Sin embargo, su gran sueño era aparecer publicado en la prestigiosa revista The New Yorker, la misma publicación por donde semanalmente pasaban relatos, ensayos y cuentos. Fueron ocho las veces que el prestigioso semanario rechazó sus escritos. Cada una seguida de una terrible frustración.

El primer Holden Caulfield

Pero la porfía y la insistencia de Salinger tuvieron frutos. En octubre de 1941, recibió el mensaje que tanto esperaba. El New Yorker había aceptado publicar su más reciente cuento, se llamaba “Slight rebellion off Madison”. En rigor, era el fragmento de una novela en ciernes y que había adaptado en formato breve. La había escrito en un hotel, el Beekman, donde fue a recluirse un par de semanas tras unas vacaciones en New Jersey.

El relato cuenta la historia de un adolescente de clase alta algo descontento con su vida, quien vuelve a la casa de sus padres para unas vacaciones de Navidad. Lo relevante es que el protagonista es el mordaz y algo egoísta Holden Morrisey Caulfield. Sí. Acá por primera vez apareció el famoso personaje de Salinger. También debutó su novia, Sally Hayes.

Claro que esta versión de Caulfield es algo diferente a lo que se conoció después. En este cuento se narra en tercera persona. “Los lectores de hoy en día tienden a considerar ‘Slight rebellion off Madison’ como un capítulo poco trabajado de El guardián entre el centeno. Aunque la historia contiene personajes y acontecimientos familiares para los lectores de la novela, su tono y espíritu son ajenos a ella”, explica en su libro Kenneth Slawenski.

“El Holden Caulfield de El guardián y el de ‘Slight rebellion’ se mueven por razones distintas, una diferencia que cambia no sólo los personajes sino también el mensaje de la historia –añade Slawenski–. Desde el punto de vista estilístico, ‘Slight rebellion’ es rígida y sus personajes intencionadamente acartonados. Su Holden Caulfield es distante, con una voz en tercera persona que lo mantiene muy lejos del lector. Creado en una época en la que la escritura de Salinger oscilaba entre lo artístico y lo comercial”.

En “Slight rebellion off Madison”, Holden Caulfield pasa a buscar a Sally, la lleva a patinar, y cuando están en eso, comienza a beber y a lanzar una serie de diatribas para las cosas que detesta del mundo: la escuela, el cine, el autobús de Madison Avenue. Embalado, le pide a Sally que huya con él a algún lugar de Nueva Inglaterra. Ella se niega y él termina emborrachándose en un bar.

Para Slawenski, el relato tiene mucho que ver con la vida personal de Salinger, quien vivía con sus padres y estaba tratando de hacer rentable su oficio tras haber pasado por varios rechazos editoriales. “‘Slight rebellion’ fue una confesión, una explicación de la frustración que Salinger experimentaba en aquella época por su propia vida…Mientras Holden Caulfield critica la falsedad de la alta sociedad, su creador frecuenta el Stork Club, lleva una vida de pretensiones y aspira a las mismas cosas que vilipendia en sus escritos”.

Pese a su carácter oscuro, Salinger estaba contento. Por fin saldría en el New Yorker. Ya le habían confirmado que aparecería en el número de diciembre.

Pero las cosas se darían de otra manera.

El hecho que cambió la vida de J.D. Salinger ocurrió el 7 de diciembre de 1941. Muy lejos de su natal Nueva York, más allá del ancho mar. Ese día, la armada y la aviación imperial japonesa bombardearon la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en Hawaii. Al día siguiente, el Presidente Franklin Delano Roosevelt, tras pronunciar su célebre “Discurso de la infamia”, solicitó al Congreso la declaración de guerra al Japón imperial. Esta se tramitó con celeridad y el mismo día ya estaba aprobada.

Una foto del ataque japonés a Pearl Harbor (U.S. Navy via AP, File).

La declaración de guerra hizo que el New Yorker decidiera postergar de forma indefinida la aparición en sus páginas del cuento “Slight rebellion off Madison”. Salinger tomó la noticia con desazón, aunque le pidieron que escribiera otro relato sobre Holden Caulfield. Lo hizo, se llamó “Holden on the bus”, pero esta vez fue rechazado.

Con su publicación en el New Yorker retrasada, y sin mucho dinero, Salinger comenzó a considerar la opción de alistarse en el ejército para ir al frente. Ya lo había intentado en el verano de 1940, cuando Estados Unidos decidió abrir los reclutamientos de cara a mandar apoyo a Francia, que había sido invadida por la Alemania nazi. En aquella vez, fue rechazado debido a una leve afección cardiaca que él desconocía.

El hecho, como no, fue llevado al papel, y Salinger lo puso en el personaje Franklin de su cuento titulado: “Justo antes de la guerra con los esquimales”.

Pero una guerra es una guerra, y de cara al enfrentamiento con el imperio del sol naciente, el ejército decidió suavizar los criterios de admisión. Así, en abril de 1942, Salinger se enroló para ir al frente. A diferencia de la primera vez, cuando solo pretendía irse de la casa paternal, ahora sus motivos eran diferentes. “Su primer intento de alistarse había sido consecuencia del deseo de alejarse de casa y fruto sobre todo de la frustración, mientras que sus sentimientos después de Pearl Harbor eran eminentemente patrióticos”, señala Slawenski en su libro.

Así, el joven J. D. Salinger se encontró con la vida militar. Al principio, se entusiasmó bastante, y dejó de lado la escritura, pero luego comenzó a aburrirse e incluso añorar su hogar, por lo que comenzó a retomar las actividades con su máquina de escribir.

En enero de 1944, el sargento Salinger fue embarcado rumbo a Inglaterra para participar en las acciones bélicas en el frente europeo. Entre los pertrechos, su casco y su fusil, llevaba unos papeles que contenían varios escritos. Entre ellos, los relatos sobre Holden Caulfield que se empezaban a acumular. Estos papeles lo acompañarían por toda la guerra, incluso, en el desembarco de Normandía.

JD Salinger (primero de izquierda a derecha) junto a unos compañeros en servicio en el ejército de Estados Unidos.

“Eso retrasará la publicación, ¿verdad?”

Estamos en 1951. En la mesa, J. D. Salinger estaba incómodo. Junto a su editor en Inglaterra, Jamie Hamilton, se encontraba una de las parejas más famosas del mundo de la actuación: Vivien Leigh –la mismísima Scarelett O’Hara de Lo que el viento se llevó– y sir Laurence Olivier. La presencia de este último era la que desagradaba a Salinger. Ocurre que en medio de las páginas de El guardián entre el centeno, Holden Caulfield despotrica en contra del intérprete, considerándolo una persona “falsa”.

El neoyorkino solo esperaba impaciente que pasaran los minutos hasta que la cena acabase. Una vez en el hotel, en Londres, le aseguró a Hamilton que él no pensaba como Holden y que le transmitiera sus disculpas al actor. Así lo hizo el editor y el artista le mandó una amable carta de respuesta.

Literalmente, Salinger se había arrancado de Nueva York justo antes de que El guardián entre el centeno saliera a las librerías. En la previa, la gente que había podido leerla había quedado fascinada.

Ocurre que tras volver de la guerra, Salinger había logrado colocar una serie de cuentos en el New Yorker. Incluso, en el número del 14 de diciembre 1946, finalmente se había publicado el postergado cuento “Slight rebellion off Madison”. Luego vinieron dos de sus relatos más insignes: “Un día perfecto para el pez plátano” y “Para Esmé, con amor y sordidez”. En ambos, reflejó el trauma que le significó el haber participado en la guerra. Así, para 1949 había logrado por fin un cierto reconocimiento. Tanto es así, que una vez que el New Yorker publicó “Para Esmé…”, el correo de Salinger se llenó de cartas de admiradores.

Pero escribir una novela es otra cosa. Al recibir tamaña muestra de atención, y con el público ávido de leer su próximo cuento, Salinger sacó a relucir su habilidad para hacer lo contrario de lo que se esperaba de él. Decidió no prosperar en relato alguno y dedicarse en firme a ordenar esa serie de relatos sueltos sobre Holden Caulfield que lo habían acompañado a la guerra. En otras palabras, a terminar de una vez El guardián entre el centeno.

Para ello, decidió aislarse y así evitar cualquier tipo de distracción. Algo que terminó siendo habitual en su vida futura. De este modo –según narra Kenneth Slawenski en su citado libro–, junto a su perro, Benny, se recluyó en un refugio en Westport, Connecticut.

Cerca de un año le tomó finalizar la novela. Cuando estuvo terminada, la entregó a la editorial Little, Brown. Un día, mientras Salinger estaba lavando su auto en Westport, apareció exultante el editor John Woodburn, quien le anunció una noticia bomba: tras recibir las galeradas de El guardián entre el centeno, el Club del Libro del Mes lo había elegido como su libro recomendado del verano. Nada mal para un autor que lanzaba su primera novela, y que a la postre, sería la única de su carrera.

Salinger quedó sin palabras ante la noticia. Era una maniobra que ayudaría a la publicidad y prácticamente garantizaba su popularidad ya que el libro llegaría directamente a las casas de los miembros. Sin embargo, según Slawenski, su reacción fue por otro lado: “Supongo que eso retrasará la publicación, ¿verdad?”.

Pero ese no fue el único episodio donde Salinger sacó a relucir su particular (y difícil) personalidad, tan lejana a los códigos de la industria. Cuando estaban viendo las opciones para la portada de la edición de bolsillo, a Salinger le mostraron varias posibilidades. “La empresa contrató a un célebre artista, James Avati, para diseñar la portada del libro. El diseño incluía una ilustración de Holden Caulfield con su sombrero de caza rojo”, cuenta Slawenski. Pero Salinger no quiso saber nada, y la rechazó. Además de rechazar todas las otras ideas. Fue Avati quien se plantó y le dijo al escritor: “Esos tipos saben vender libros. ¿Por qué no les deja hacer su trabajo?”.

A regañadientes, Salinger aceptó la portada. Pero las sorpresas no pararían, ya que pidió a la editorial que no se mandaran copias promocionales a la prensa, que suprimieran su foto de la contratapa por ser “muy grande”, y que al libro no se le hiciera publicidad alguna. El editor John Woodburn, entre impactado y furioso, decidió hacer oídos sordos ante las particulares exigencias.

La tapa y contratapa de la edición de Little brown de El guardián entre el centeno.

¿Por qué Salinger tenía esa actitud de desapego? Para Kenneth Slawenski, se debe a la cercanía que el neoyorkino estaba desarrollando con el budismo zen, que postulaba la supresión del ego. “En esa época Salinger equiparaba la escritura con la meditación, debía evitar la notoriedad personal que le reportaría la publicidad de su libro. La autopromoción –más aún que parecer pedante o ‘no-New Yorker’– hubiera equivalido a un sacrilegio para él”.

“La publicidad habría sido algo así como atribuirse el mérito por la autoría de una plegaria, algo contrario al verdadero propósito de la meditación. Después de ponerse a sí mismo en cada página de su novela, Salinger buscó un grado de anonimato que resultaría imposible de conseguir”, añade Kenneth Slawenski.

“A las nuevas generaciones no les gusta mucho”

En términos simples, El guardián entre el centeno relata en primera persona la historia del mencionado Holden Caulfield. Un adolescente de clase alta que acaba de ser expulsado del exclusivo colegio Pencey por su mal rendimiento académico. No es nada nuevo en él, y tampoco parece importarle mucho.

Caulfield decide regresar a su casa antes de la fecha estipulada, y ahí, como no lo espera nadie, comienza un periplo por la ciudad de Nueva York. En la travesía incluye bares, hoteles, una pista de hielo (nuevamente aparece patinando con Sally Hayes), un particular encuentro con una prostituta, y finalmente con su hermana menor, Phoebe. Caulfield tiene una visión crítica del mundo, y cree que la mayoría de la gente es “falsa”.

¿Qué tiene de atractiva esta historia? “Es una novela simple, directa, que le habla directamente al lector/lectora, pero que esconde algunas cosas bajo esa aparente sencillez”, explica a Culto el escritor y traductor Antonio Díaz Oliva. “Una de las cosas que esconde, y que hace de la novela relevante, es que Holden al final tiene problemas mentales. Está en una institución mental recuperándose”, agrega.

Antonio Díaz Oliva.

Para el autor de La experiencia formativa, la novela funciona por las conexiones que establece con otras obras. “Dialoga con Dickens (yo leí David Copperfield gracias al comienzo de la novela de Salinger; en este sentido es una novela meta-literaria, pero nadie la ve de esa manera). Es parte de cierta tradición de novelas: coming-of-age. Pero le da una vuelta de tuerca. Holden la final no es ‘mejor’ persona. Al contrario. Está dañado”.

Un hecho llamativo es que siendo ya un adulto, 32 años al momento de publicar la novela, Salinger logró crear una voz de adolescente bastante creíble. “Creo que la voz narrativa funciona bien porque es simple y rebelde. O quejica –dice Díaz Oliva–. También se puede leer de una manera equivocada como alguien que odia el mundo. Un misántropo. Por eso Mark Chapman se inspiró con este libro”.

La mayoría de los lectores suelen llegar a esta novela durante la adolescencia, aunque eso es algo que en estos tiempos está cambiando. “En Estados Unidos a las nuevas generaciones no les gusta mucho –cuenta Antonio Díaz Oliva, quien reside en Chicago–porque es lectura obligatoria en el colegio. En cambio, en Chile y América Latina como no es lectura obligatoria (creo) encuentra lectoras y lectores de manera oblicua”.

“Siento que la novela que está reemplazado entre las nuevas generaciones a El guardián entre el centeno es La campana de cristal, de Sylvia Plath, la cual se inspira y creo que expande ciertas cosas de la novela de Salinger”, agrega Díaz.

Una de las claves de esta novela, tal como otros de los cuentos de Salinger, es la tormentosa relación que se define con la infancia y adolescencia. Holden Caulfield es lo que hoy llamaríamos un “niño problema”, pero Díaz Oliva tiene una mirada distinta de eso.

“Quedarse pegado en la infancia es algo dañino. Por eso yo miro con duda esta sociedad que está siendo disneyficada (¿Baby Yoda? Por favor!). Hay que mantener el espíritu juvenil, cierta energía y rebeldía, pero veo mucha gente de mi generación en un estado de peter-panismo –asegura–, y creo que Holden Caufield sufre un poco de eso. Su quiebre mental se relaciona con no querer dejar atrás la infancia”.

Ese tema de la infancia y la postura de Holden de ver a los adultos como “falsos”, es un tópico que de algún modo le “encajó” a Mark Chapman. “Las noticias en los medios de comunicación de que John reaparecía tras su retiro y que había obtenido sustanciosos nuevos emolumentos, transformaron la veneración de fan que Chapman sentía en un odio feroz. Sintió que John, al adquirir grandes casas y ganado seleccionado, había traicionado los ideales de los Beatles y, por consiguiente, le había traicionado a él personalmente”, señala Philip Norman en su biografía de John Lennon.

Claro que también Norman agrega un detalle relevante. “[Chapman] tenía una obsesión paralela con Holden Caufield…acabó creyendo que si acababa con John podría entrar en las páginas del libro transfigurado en Holden”.

“Lennon era un artista adulto. Rabioso. Político. Por eso creo que lo mató –opina Díaz Oliva–. De haber sido fan de los Beatles, Holden también se hubiera enojado con Lennon por no querer reunirlos”.

John Lennon en su último día con vida

Pero retomemos el hilo literario. ¿Es El guardián entre el centeno la mejor obra de Salinger? “No. Sus cuentos son mucho mejores. Nueve cuentos es un clásico que todo aspirante a escritor debe leer y formar y deformar y amar y odiar”, señala categórico Antonio Díaz Oliva.

“Para Esmé, con amor y sordidez” y “Un día perfecto para el pez banana” son, además, cuentos sobre ciertas enfermedades mentales. Algo que hoy (en esta etapa de capitalismo mental) hace eco”.

Curiosamente, no solo Salinger era difícil de carácter, también su familia pareció heredar ese rasgo. Díaz Oliva tiene una anécdota al respecto. “Hace varios años encontré en un foro varios cuentos inéditos de Salinger. Traduje uno para Paniko. Y semanas más tarde me escribieron desde España, desde la editorial que lo traduce y publica, diciendo que la familia de Salinger estaba enojada. No les respondí. No he sido el único en traducir alguno de los varios cuentos inéditos de Salinger. También lo ha hecho Javier Marías”.

En términos narrativos, El guardián entre el centeno también marca un cierto camino. “Es una novela que ofrece un modelo para escritores. Por eso Alberto Fuguet la usó para Mala Onda, Murakami para Tokio Blues, Bret Easton Ellis en Menos que cero, y Sylvia Plath en La campana de cristal”, explica Díaz Oliva.

Al salir publicado, y usando una expresión algo más coloquial, El guardián entre el centeno simplemente la descosió. Entró de golpe en la lista de libros más vendidos del New York Times, se mantuvo por siete meses y alcanzó el número cuatro en agosto.

Salinger se mudó a un departamento en la zona de Sutton Place, de Manhattan. Fiel a su estilo, lo hizo decorar con un estilo sobrio, con pocos muebles. Ya en febrero de 1952, si bien en un primer momento había gozado de la fama, ya comenzaba a estar harto.

En ese mes, en una entrevista al Daily Mirror señaló: “La verdad es que me siento muy aliviado de que la etapa de éxito de El guardián entre el centeno esté terminando. Disfruté de ella un corto período, pero la mayor parte del tiempo me pareció paralizante y desmoralizadora en lo profesional y en lo personal. Confieso que empiezo a estar harto de tropezarme con esa enorme foto de mi cara en el dorso de la sobrecubierta, y espero con impaciencia verla agitándose contra una farola bajo el viento frío y húmedo de Lexington Avenue”.

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