Columna de Rodrigo González: Rubia: El Vía Crucis de Marilyn Monroe

"Rubia no es del todo fallida. Es evidente que el cineasta quiere ir más allá de las convenciones y que un estudio tradicional jamás le habría financiado una película de dos horas y 46 minutos con tantas libertades creativas. Pero cualquier derecho artístico a pisar el acelerador también pide a cambio alguna muestra de afecto hacia sus personajes".



Pobre Marilyn. Cada cierto tiempo alguien desempolva otra vez su historia y sus tragedias, esperando reanimar su vida, pasión y muerte. Y aleatoriamente, casi a la suerte de la tómbola, el resultado puede ser bueno o mediocre, esmerado o desprolijo, cuidadoso o destructivo. Esta película del realizador australiano Andrew Dominik tiene un poco de todo eso y se basa a su vez en una novela de Joyce Carol Oates que sí pertenece al territorio de las creaciones iluminadas por el talento de su autor.

Lo de Dominik no está seguramente a la altura de Blonde, su fuente literaria, aunque tiene las luces y sombras como para hacerla una película con personalidad, distinguible dentro del stock de producción de masas del mundo audiovisual. Traducida en el mercado hispanoparlante como Rubia, la cinta de Netflix acaba de arribar a la plataforma y quienes esperen una biografía de catálogo pueden buscar en otro lado: esto es una ficción a partir de hechos reales, una disgresión tejida sobre lo que realmente sucedió.

La trama se extiende durante toda su vida y se toma un buen tiempo en recrear los años de infancia, una auténtica precuela de los sufrimientos adultos posteriores, con la sombra tóxica de una madre mentalmente perturbada y la amargura de su paso por el orfanato. Luego, cuando ya entendemos que el cineasta no se ahorrará ninguna dosis de sadismo en su recreación, llegamos a la Marilyn que conocemos, soberbiamente interpretada por la actriz cubana Ana de Armas. Es el instrumento ideal para canalizar todos los arranques de crueldad de Andrew Dominik, a quien le sobra destreza visual y le falta un mínimo aceptable de empatía con sus personajes.

Durante sus sucesivas y fallidas relaciones matrimoniales, primero con un as del atletismo y luego con un genio de la dramaturgia (el beisbolista Joe DiMaggio y el escritor Arthur Miller, respectivamente, nunca identificados acá por sus verdaderos nombres), uno no puede dejar de sentir que otra vez, tal como le pasó en vida, hay alguien que está barriendo el piso con la actriz.

En este sentido las repetitivas escenas de los embarazos fallidos de Marilyn rompen el límite de lo tolerable y entran a la categoría del mal gusto y la majadería. Cualquiera podría incluso deducir que Rubia tiene una inesperada y desconocida agenda antiabortista en su interior. Si no es esa la intención de Dominik, el recurso visual es, por lo bajo, bastante torpe.

Afortunadamente el cineasta se rodea de gente con el talento o los recursos necesarios para tapar sus falencias. En primer lugar, Ana de Armas habita su rol como nadie, haciéndonos olvidar que el inglés no es su lengua materna y que su menuda figura está lejos de la imagen clásica de Marilyn Monroe. En segundo lugar, la sensible y delicada banda sonora del músico Nick Cave y su colaborador Warren Ellis son el descanso necesario a los excesos creativos de la imagen. Y en tercer término, las espaldas financieras de la productora de Brad Pitt y de Netflix corren con los gastos de cualquier producción de época que se precie de tal.

Rubia no es del todo fallida. Es evidente que el cineasta quiere ir más allá de las convenciones y que un estudio tradicional jamás le habría financiado una película de dos horas y 46 minutos con tantas libertades creativas. Pero cualquier derecho artístico a pisar el acelerador también pide a cambio alguna muestra de afecto hacia sus personajes. Y en este vía crucis sólo se consigue torturar gratuitamente a alguien que ya tuvo bastante en vida.

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