Por Jaime BaylyDebí quedarme en Madrid: un relato de Jaime Bayly
Hace más de tres décadas, cuando todavía no era un escritor, cuando soñaba con ser un escritor, me mudé a Madrid con la determinación suicida de gastar todos mis ahorros, un dinero no menor que había amasado gracias a mis apariciones en la televisión, dedicándome exclusivamente a escribir una novela.

Siempre que vuelvo a Madrid, como ahora que regreso con ilusión para presentar mi novela “Los golpistas”, editada por Galaxia Gutenberg, me pregunto por qué no vivo en esa ciudad como escritor a tiempo completo y prefiero residir en una isla de Miami, disfrutando de las bondades del clima, durmiendo hasta la una de la tarde como si estuviera todo el tiempo de vacaciones o ya jubilado, saliendo tercamente en la televisión, sin por eso dejar de escribir ficciones, oficio para el cual he nacido.
Hace más de tres décadas, cuando todavía no era un escritor, cuando soñaba con ser un escritor, me mudé a Madrid con la determinación suicida de gastar todos mis ahorros, un dinero no menor que había amasado gracias a mis apariciones en la televisión, dedicándome exclusivamente a escribir una novela. Pasé un invierno, una primavera y un verano en Madrid, cerca del parque del Retiro, ocupando el cuarto de huéspedes en el apartamento de un amigo, un escritor sabio que era como un padre para mí, quien me dio un consejo: “Hagas lo que hagas, trata de ser tu propio jefe, el dueño de tu tiempo, y no un empleado al que puedan despedir”. Escribiendo la novela en un cuaderno, sentí entonces que yo era mi propio jefe, el jefe de mi tiempo, de la trama, de los personajes y los diálogos, sentí la insolente libertad de jugar a ser un pequeño dios vengativo, recreando el mundo a mi manera. Aquellos meses en Madrid, escribiendo con las vísceras ardiendo, con un fuego incesante en las entrañas, ajustando cuentas con mis enemigos, sentí de un modo poderoso e inequívoco que estaba condenado a ser un escritor. No era una elección. Era un destino trágico, una batalla desigual, una guerra perdida.
Tendría que haberme quedado en Madrid, como me aconsejó mi amigo. Tenía suficiente dinero para escribir un par de años más, sin someterme a los rigores de un trabajo ajeno a mi vocación. Me fallaron los cojones. Pensé: si me quedo en Madrid, voy a dilapidar toda mi plata, ninguna editorial va a publicar mi novela, voy a tener que buscar un trabajo. Mi amigo, dueño de una editorial de textos académicos, se ofreció a contratarme como su asistente. Era un hombre noble, generoso, leal. Sin embargo, yo no tenía los papeles para trabajar en Madrid. Había entrado con una visa de turista cuyo plazo había expirado. Era un indocumentado.
Entretanto, la novela avanzaba como si estuviera diseñando minuciosamente una bomba de relojería. Más que una novela, era una conspiración. Yo quería emboscar a quienes me habían herido: a mis padres homofóbicos, mis curas homofóbicos, mis amantes homofóbicos. No era una novela feliz porque las novelas felices nunca me han interesado. Era triste y amarga, insolente y canalla, como la vida misma. Quería que terminara como suelen acabar nuestras vidas: con desesperada melancolía, sin entender por qué pasó todo lo que pasó.
Tendría que haberme quedado en Madrid. Debí alquilar un apartamento cerca del Retiro, seguir escribiendo como si el futuro fuese una ficción, reventar mis ahorros en el festín libérrimo de ser un escritor a tiempo completo, jugármelo todo por la utopía de ser mi propio jefe. Me fallaron los cojones. Tenía pavor a quedarme sin fondos y verme obligado a buscar un trabajo. No me tenía fe como escritor, pensaba que nadie publicaría aquellos incendios. Y de pronto me llamaron los dueños de un canal de televisión en Miami y me ofrecieron un programa.
Yo no quería vivir en Miami, haciendo televisión. Yo quería vivir en Madrid, como escritor a tiempo completo. Esa es la verdad. Pero tenía miedo a encontrarme sin dinero, a que mi novela fuese ignorada por las editoriales españolas, a terminar sirviendo copas en un bar para ganarme la vida. Y la oferta del canal de Miami era estupenda: un programa de entrevistas que llevaría mi nombre, una generosa compensación económica, una visa de trabajo, un auto nuevo. Pero lo mejor era que los dueños de la televisora me daban absoluta libertad para hacer con el programa lo que me viniera en gana. No fue una decisión sencilla, exenta de dudas. Si era valiente e insobornable, debía quedarme en Madrid, acabar la novela y buscar un editor. Si era cínico y calculador, convenía irme a Miami, hacerme famoso, ganar un buen dinero y continuar escribiendo la novela. Era una batalla entre mis sueños y mis apetencias mundanas, entre mis ideales quijotescos y las cuentas por pagar. Agonicé durante semanas, procurando salvar al escritor, temeroso de que se ahogara en el océano de frivolidades de la televisión. Al final me rendí. Acepté la oferta de Miami. Acallé al escritor para dar voz al periodista de televisión.
No porque el programa en Miami tuviera éxito podría decir que lo tuve yo también. Yo fracasé. Dejé de escribir la novela inacabada. El circo de la televisión me embobó por completo. El torrente de palabras que decía en televisión eran acaso las palabras que dejaba de escribir. Es decir que la fama y la fortuna que me procuraba la televisión eran venenos que adormecían al escritor. Me resigné a pensar que me convertiría en una celebridad, un figurón. Calculé: seré rico, seré famoso, viviré en una mansión, compraré un yate. Luego recordé: pero nunca seré el escritor que quise ser, porque me vendí a la televisión. Me sentí entonces un vendido, un mercenario. El copioso dinero de la televisión había dejado aletargado, en silencio, al escritor. En las noches desveladas, pensaba: debí quedarme en Madrid, no me sirve el dinero si arrastro la tristeza de ser un escritor frustrado.
El escritor se encontraba herido, pero no muerto. Dos años después, habiendo ahorrado un buen dinero, mandé al carajo a la televisión y desaparecí del mapa, obstinado en terminar la novela que inicié en Madrid. Por razones de papeles, y porque perseguía a un amor, no regresé a Madrid. Me refugié en Washington, cerca de la universidad de Georgetown, donde mi novia estudiaba una maestría. Volví a escribir. El escritor salió de un coma profundo, renació, redescubrió su propia voz. Ya no escribía en un cuaderno, ahora lo hacía en una computadora. Pasé dos años más escribiendo la novela vengativa en la que ajusticiaba sin piedad a todos mis enemigos. No tuve que buscar un trabajo, pues vivía de mis ahorros, sin privarme de nada. Ya no tenía miedo. Estaba dispuesto a gastar todo mi dinero en el sueño de publicar contra viento y marea aquella novela. Pensaba: la terminaré, la publicaré y, si me quedo sin plata, volveré a Miami, a la televisión.
Y así fue. La novela que comencé un invierno en Madrid, y dejé inconclusa para vender mi alma en Miami, y reanudé dos años más tarde en Washington, fue publicada por una editorial de Barcelona y, contra todo pronóstico, tuvo éxito, lo que me dejó maravillado. Graduada mi esposa, nacida nuestra hija, publicada la novela, con pocos dólares en el banco, comprendí que debía volver a la televisión de Miami. Regresé manejando un camión, con todos los muebles adentro, y mi esposa al lado, enseñándome francés.
Desde entonces, y han pasado más de tres décadas, vuelvo a Madrid todos los años, idealmente para presentar una novela y firmar libros en la feria del Retiro, y recuerdo con emoción que es allí donde comenzó todo lo bueno, donde me aventé al vacío de ser un escritor, sin saber si se abriría el paracaídas. Pues se abrió y caí parado. Porque he publicado muchas novelas, tal vez demasiadas, primero en Seix Barral, luego en Anagrama, después en Planeta, enseguida en Alfaguara y ahora en Galaxia Gutenberg, donde pienso quedarme, si me aguantan, hasta el final de los tiempos, y todas han salido en España y América, como ahora han lanzado “Los golpistas”.
Por lo visto, sí era posible escribir una novela cada dos o tres años y, sin herir de muerte al escritor, trabajar en la televisión. Pensé que para ser un escritor debía esconderme de la televisión. Estaba equivocado. Ahora pienso que mi experiencia como periodista en las televisiones de América tal vez enriqueció mi voz de escritor. Ahora creo que, gracias a que soy un periodista desde los quince años, soy también un escritor. Por lo demás, el dinero que he ganado en la televisión me ha permitido escribir sin preocuparme tanto por la plata y sus odiosas servidumbres. Ahora que vuelvo a Madrid, tocaré una tarde el timbre del apartamento de mi amigo sabio, quien me alojó hace treinta y cinco años y ya murió, y le diré a su hija: “Si algún día vendes este piso, por favor escríbeme, que sueño con comprarlo, porque es aquí donde comenzó todo lo bueno”.
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