Por Francisco Aravena¿Es blanco o es negro? El recurrente y extenuante debate sobre Michael Jackson
La música e influencia de Michael Jackson es un sol difícil de tapar con un dedo. Pero de la misma manera la postura de quienes asumen que reconocer su genialidad e importancia viene de la mano de desestimar todas las acusaciones y testimonios que al menos contra un hombre adulto que invitaba a los niños a dormir a su cama -por citar el más evidente y comprobado de los hechos de la causa- como si se tratara de meros rumores parece igualmente ridículo.

Se acaba de estrenar Michael, la esperada cinta biográfica sobre la vida de Michael Jackson, y el público parece encantado, o al menos muy interesado en tener una opinión al respecto. En Chile la película sumó 47 mil espectadores en su primer día y se convirtió en el estreno más exitoso para una película biográfica; en Estados Unidos se proyecta una recaudación de 70 a 100 millones de dólares (un récord para una biografía musical). La crítica ya comienza a desmenuzarla -en general, no precisamente con aplausos- y el nombre y la figura del Rey del Pop vuelve a la primera plana. Y con él, la controversia. Esa recurrente y extenuante controversia sobre si se debe separar la obra del artista, o la vida personal de la producción artística, de que si se debe condenar, censurar, “funar”, cancelar, silenciar, omitir, desterrar y tratar de olvidar la música de alguien que fue acusado de acciones tan repudiables como el abuso sexual infantil.

Un eterno deja vu donde las apasionadas posturas vuelven a sus posiciones en la repetición de un ejercicio retórico algo gastado a estas alturas. Para ser claros: Michael Jackson fue muchas veces acusado, nunca condenado. En 1993 llegó a un acuerdo por más de 20 millones de dólares con el denunciante principal de una investigación que de desmoronó sin ese testimonio; un acuerdo en el que no se admitía culpabilidad y que entre otras cosas es la causa de que ni una palabra del caso aparezca en la película Michael. En 2005 sí enfrentó un juicio propiamente tal, donde resultó absuelto. Entre medio y después, reportajes, denuncias, rumores y el demoledor documental Leaving Neverland, estrenado en Sundance en 2019 -con fans levantando pancartas en su defensa en las calles- y luego en HBO. Esa última fue la última pieza -antes de esta película- que levantó la discusión obra-artista, con episodios tan ridículos como la decisión de al menos una radio del dial chileno -anunciada con gran solemnidad- que había tomado la decisión de no tocar nunca más las canciones del artista más influyente del pop mundial de las últimas cuatro décadas.
La música e influencia de Michael Jackson es un sol difícil de tapar con un dedo. Pero de la misma manera la postura de quienes asumen que reconocer su genialidad e importancia viene de la mano de desestimar todas las acusaciones y testimonios que al menos contra un hombre adulto que invitaba a los niños a dormir a su cama -por citar el más evidente y comprobado de los hechos de la causa- como si se tratara de meros rumores parece igualmente ridículo.

¿Por qué asumir que reconocer una cosa no implica comulgar con la otra y viceversa? ¿Por qué personas adultas y racionales se ven arrastradas tan fácilmente a las trincheras infantiles de la fanaticada ciega? ¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro?
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